Suscriptor digital

Mítico Gombrowicz

(0)
28 de abril de 1999  

COMO Witold Gombrowicz vivió veinticinco años en Buenos Aires, un diario francés que le consagró un largo artículo me pidió, hace cierto tiempo, algunos recuerdos sobre la estadía del autor polaco en nuestro país. Mis recuerdos personales se reducen a un almuerzo en la Embajada de Francia, en la época del embajador Armand du Chayla (creo que en 1960), al que estaban invitados Gombrowicz, Jean-Paul Belmondo, su esposa y Serge Lifar.

Gombrowicz era tal cual se lo ve en las fotografías: delgado, de mediana estatura, pelo entrecano peinado con raya al medio. Vestía un traje de franela gris y un aura aristocrática emanaba de su persona. Era bastante silencioso. Yo era entonces una periodista principiante, más bien tímida, y a pesar de que sabía de la importancia de Gombrowicz como escritor, no me atreví a conversar con él.

Para complacer al diario francés, acudí a los recuerdos de quienes habían conocido a Gombrowicz en Buenos Aire. El grupo de Sur no había hecho nada para acercarse a él, y él tampoco lo había intentado. Borges, en particular, no simpatizó con el autor polaco, quien, por su parte, hizo públicas estas reflexiones sobre el autor de El Aleph : "El y yo estábamos en posiciones opuestas. Borges estaba inmerso en la literatura; y yo, en la vida. Soy un hombre eminentemente antiliterario. Justamente por eso un acercamiento entre Borges y yo habría sido fructífero. Nos encontramos una o dos veces, nada más. Su inteligencia no me deslumbró. Sólo después de leer sus obras, sus cuentos, tuve que reconocer una rara perspicacia del alma y del espíritu".

Un escritor cubano refugiado en la Argentina, Humberto Rodríguez Tomeu, había conocido mucho a Gombrowicz y me habló de su vida aquí. Hizo referencia a un grupo de jóvenes intelectuales que habían entablado una relación amistosa con el autor polaco, entre ellos, el cubano Virgilio Piñera, Jorge Di Paola, Mariano Betelú, Néstor Tirri y Miguel Grinberg. Los domingos por la tarde, solían reunirse en la confitería Rex de la calle Corrientes, encuentros que Gombrowicz interrumpió más de una vez para ir a jugar con grandes maestros del ajedrez como Alekhine, Frydman y Capablanca, que habían venido a Buenos Aires a participar en un campeonato internacional de ese deporte.

El grupo de jóvenes emprendió con Gombrowicz la traducción al castellano de Ferdydurke . Fue difícil hallar un editor, pero finalmente lo encontraron. El libro pasó totalmente inadvertido: sólo Adolfo de Obieta lo comentó en Papeles de Buenos Aires. También El matrimonio fue publicado en español en Buenos Aires gracias a una amiga rica, Cecilia de Benedetti.

Néstor Tirri me comentó: "Nos atraía su personalidad, su conversación brillante, sus paradojas, su ironía, su actitud agresiva. Soportábamos y nos gustaba su crítica penetrante, sin piedad, pero al mismo tiempo afectuosa".

La situación económica de Gombrowicz en Buenos Aires era muy difícil. Solía vivir en el cuarto de un conventillo y hasta pasó hambre. Un día en que no tenía comida se encontró en la calle Corrientes con un indigente, se lo comentó y éste le dijo:"No se preocupe, tengo la solución. Tengo un cadáver y habrá suficiente para los dos". Tomaron un tranvía que los llevó hasta la casa de un obrero, en las afueras de Buenos Aires. Entraron. En uno de los cuartos estaban velando a un muerto. La gente lloraba y rezaba. Después de haber dicho alguna plegaria, los dos amigos se dirigieron hacia uno de los cuartos donde había una mesa puesta con vino, cerveza, sándwiches y otros manjares preparados para aliviar la pena de los deudos. Comieron y bebieron silenciosamente y se fueron bien alimentados. El mendigo le contó a Gombrowicz que iba a menudo a esos barrios porque solía haber "cadáveres". El sacristán de la zona le informaba dónde había un velatorio.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?