Música y memoria

En La canción de las ciudades (Seix Barral), Matilde Sánchez recrea su experiencia de viajera así como la historia de los lugares y de las personas que conoció en sus recorridos.
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5 de mayo de 1999  

DESDE la primera novela de Matilde Sánchez, La ingratitud , hasta su nuevo libro, La canción de las ciudades (Seix Barral) , el viaje aparece como una experiencia fundamental. En el prólogo de La canción ..., la autora especifica: "El viaje es la vida en veinticuatro fotogramas por segundo". El movimiento hace al ritmo de la escritura pero también la permanencia en cada sitio permite una crítica sustanciosa de las condiciones históricas del lugar visitado. Matilde Sánchez no sólo ha reunido en este libro sus propias experiencias de ciudades como Amsterdam, Berlín y La Habana, que recorrió, sino que también recrea, a partir de material documental, historias que transcurren en Canelones, Pirovano y Ushuaia. Por eso, La canción... no puede clasificarse estrictamente como libro de crónicas ni de cuentos, y en eso reside buena parte de su singularidad.

-En varios de los relatos aparece la idea de la ciudad como museo.

-Los museos tienen bastante que ver con los viajes porque se hicieron trayendo a un lugar cosas de otros lugares: su contenido es el botín del viajero, del arqueólogo o del naturalista. A su vez, son los sitios donde se conserva un pasado que, si no estuviera contenido entre las paredes del museo, podría hundir bajo su peso al presente o ser destruido. Existe una enfermiza "museificación" de la ciudad. Hay sectores de grandes ciudades que han sido convertidos en museos y la gente los deshabita.

-Esa relación entre ciudades, viajes y museos explica tal vez ciertas imágenes, prácticamente definiciones de su libro, como las de La Habana, "museo sonoro", Berlín, un museo en dos mitades y Auschwitz, el "museo sin imágenes".

-El relato de Auschwitz es el más autobiográfico del libro. Yo hice ese viaje desde Berlín hasta Cracovia con una amiga y tuvimos que pagar todas las butacas para que habilitaran la función de cine con el documental de la liberación de Auschwitz por parte del Ejército Rojo. La imagen del museo sin imágenes pretende describir literalmente lo que yo vi allí. Yo fui a Auschwitz en 1986, es decir, cuando se producían los últimos estertores de la Cortina de hierro que fueron muy duros en Polonia. En ese momento ya Wojtyla era Papa y el fervor católico estaba teñido de política, de resistencia al ateísmo soviético. En Europa Oriental, aunque había una denuncia muy fuerte del nazismo, no existía un culto a la memoria del Holocausto. Literalmente, el lugar estaba vacío. ¡No había nada! No había, por ejemplo, el equivalente de lo que después se armó en el Memorial al Holocausto de Washington que, si bien es impresionante, también tiene cosas absolutamente pueriles, copiadas de Spielberg. El museo que yo vi realmente no tenía imágenes. Sólo estaban las construcciones. Esas paredes eran un documento muy poderoso.

-¿Escribe sus relatos mientras viaja o necesita que pase un tiempo para escribir sobre su experiencia?

-En general, todo lo que he escrito tiene que ver con un viaje: en El Dock hay un viaje, en La ingratitud también. Pero nunca pienso que voy a escribir mientras estoy viajando. Empecé los relatos mucho después de haber viajado e imaginé los lugares donde iba mucho antes de llegar a ellos. Siempre hay una fantasía que precede al viaje y un lazarillo, que puede ser un libro, o un autor o un clima que quedó muy adherido a la resonancia de un lugar. En el caso de Auschwitz, por ejemplo, yo contaba, por un lado, con las canciones patrióticas polacas, que me gustan mucho. Pero mis lazarillos fueron el director Alain Resnais y La guerra de un solo hombre de Cozarinsky. Es en este sentido como aparece la canción. La música es anterior y evoca lo que vendrá. Yo me preparo y tengo la melodía antes de viajar. Hay un libro de Aira que me sugiere entender la canción como un ready-made del lugar. A diferencia del souvenir , que exige que uno se desplace para alcanzarlo, la canción es accesible, permite alojar la fantasía de un lugar.

-En el prólogo del libro se refiere a la distorsión que surge de la mirada del viajero.

-Es que esa fantasía anterior también caricaturiza. En Buenos Aires no se escucha tango por las calles pero, de alguna manera, algo de Buenos Aires está en eso que se escucha en un tango y que el viajero después se lleva consigo. Muchas veces lo que queda es la canción. Es una memoria primitiva, algo que arrulla, un lugar común, pero jamás trivial.

-¿Como lo es el turismo?

-El turismo es la parodia del viaje. Los aeropuertos son grandes aparatos de radiografías de gente, como en la película El vengador del futuro . Se supone que es el ámbito de mayor anonimato y sin embargo, está allí la gran policía del mundo que escanea a todo aquel que transita por esos espacios. La ciudad es todo lo contrario, está hecha de madrigueras. Además, hoy en día es muy difícil viajar con una mirada virgen. Todo se ha visto por televisión. Se viaja para confirmar miradas de otros. Uno reconoce pero no descubre. Y a la vez, esa canción que se escucha es lo que transforma el viaje en una película. El viaje y el cine me resultan afines. Es cierto que hay sitios en los que la mirada está establecida. En la Muralla China hay una silla y un cartel que anuncia: "Desde aquí usted tiene la mejor panorámica para su foto". ¡Uno ni siquiera precisa tomarse el trabajo de buscar desde dónde mirar!

-Pero a la hora de escribir no hay sillita donde sentarse, ¿ o sí?

-Las hay y muchas pero, si uno se sienta en esas sillas, no explora. El género relato de viaje es una sillita. La primera persona muy presente es otra sillita. Yo trato de no hacer nada de todo eso y, cuando siento que está por imponerse una actitud de ese tipo, aparece el uso de la tercera persona para distanciar al personaje.

-¿Cómo se vuelve a un lugar después de haber escrito sobre él?

-Cuando volví a Berlín todo había cambiado. Y yo tenía nostalgia del horror, de esa ciudad que era como una obra teatral de la Guerra Fría en dos actos: Berlín Oriental y Berlín Occidental. Estaba la puesta en escena y todos eran actores, cada uno con su parque automotor, sus acentos, sus canciones. ¿Cómo puedo tener nostalgia de lo que era atroz? Pero así son los viajes, una experiencia que se impone en la memoria y produce una gran melancolía de lo visto por primera vez.

-En ese sentido, ¿lo que se narra ya no existe más?

Y no. Existe en el libro. O finalmente, lo único que existe es la mirada. Se podría exagerar y decir que el objeto nunca existió, que fue alucinatorio.

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