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Fragmentos de humor y erudición

DIARIO DE UN MISOGINO Por Pablo Ingberg (Sudamericana)-196 páginas-($ 14)
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12 de mayo de 1999  

ESTE libro de Pablo Ingberg (1960), sumamente interesante, muestra una erudición que no todos alcanzan a esa edad. El Diario de un misógino acumula ironías, juegos de palabras, boutades y hasta exabruptos relacionados no sólo con la misoginia sino también -y muy especialmente- con el lenguaje y la literatura. Me recuerda mucho La tumba sin sosiego , de Ciryl Connolly, por su tono y por sus climas, ya que no por el tema de la aversión a la mujer.

Aversión que, al menos en el caso del narrador en primerísima persona del libro que tratamos, nada tiene que ver con la homosexualidad, como claramente nos explica de modo reiterado.

Probablemente, quienes se asomen a estas páginas en busca de una novela saldrán defraudados o decepcionados. Es mejor una lectura "libre" y -como le hubiera gustado a Macedonio Fernández y quizá también al Cortázar de Rayuela - "salteada". Porque las anotaciones con fecha (que van desde el 14 de mayo de 1989 al 23 de septiembre de 1993) son sabrosas por sí mismas, aunque sólo apetecibles para quienes se sientan cómplices de ese narrador, llamado P. Dante. Que haya amigos y mujeres varias veces citados, que haya un gato llamado Catulo también mencionado repetidamente, no convierte a los bombones en mousse de chocolate, o a los fragmentos literarios en novela.

Ingberg demuestra una cultura superior y un refinamiento exquisito. El humor, que quizá intente como defensa para disimular conocimientos, no es bastante para ocultarlos ni sirve para acercar a quienes no los comparten. El libro está lleno de "guiños" a esos cómplices que mencionaba más arriba, a los que son capaces de asociar de inmediato y automáticamente -son sólo unos pocos ejemplos- Sofía con Sabiduría, Bustrobufón con bustrófedon, Commedia con Vita . También conviene que el lector sepa francés e inglés, ya que frases y citas en esos idiomas no siempre están traducidas. Afortunadamente, Ingberg no cerró demasiado el espectro de su público, pues evitó otras frases en griego y en sánscrito, lenguas que conoce.

Pese a estas dificultades, sería muy saludable que ciertas feministas leyeran, con una sonrisa si quieren o si pueden, los agudos comentarios del autor sobre el género de ciertas palabras y las consecuencias que podría producir la idea de "feminizar" el idioma. Aquí, en la exacerbación del disparate, Ingberg hace observaciones memorables. Y es justo reconocer que en algunos textos brevísimos alcanza la dimensión de la alta poesía, lo que no impide que en otros se quede dentro de límites aforísticos.

El Diario de un misógino es un "raro"dentro de la joven literatura argentina, y por eso mismo -entre otras cosas- constituye un espécimen valioso.

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