Hablar de la muerte con los chicos

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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30 de junio de 2018  • 16:03

Pese a lo que nos gustaría creer, la muerte forma parte de la vida. Harold Kushner, en el libro Cuando la gente bien sufre nos dice: "aunque todos los seres vivos están destinados a morir algún día sólo los seres humanos tenemos ese conocimiento". Es decir: tenemos conciencia de que va a ocurrir. Y más adelante agrega: "saber que nuestro tiempo es limitado da valor a las cosas que hacemos".

Lo intuimos, o lo sabemos, pero ¡como nos cuesta aceptarlo, y más todavía, hablar del tema con nuestros chicos! El problema es que, aunque lo evitemos, el tema los alcanza igual pero los encuentra indefensos, sin recursos, y nos vemos obligados a explicarles la "teoría" y a aplicarla en ese mismo momento a una persona cercana y querida para ellos, sin haber tenido tiempo para metabolizar esa información.

A partir de los cuatro años los chicos se interesan por el tema de la muerte, forma parte de esa etapa evolutiva. Ellos preguntan, no siempre con palabras claras, por eso podemos esquivar el tema, decirles "vamos a preguntarle a papá" y no hacerlo, o distraerlos, son chiquitos y es sencillo no responder. Y muy rápido ellos se dan cuenta de que sus preguntas incomodan y simplemente dejan de hacerlas.

La vida nos ofrece variadas oportunidades para hablarlo con ellos y a menudo las desperdiciamos. En el afán de que no sufran no les contamos que al perro lo atropelló un auto, les decimos que va a volver, ¡hasta que dejan de preguntar! O se los decimos pero vamos corriendo a buscar otro cachorro sin dar tiempo al necesario proceso de duelo. Pasamos rápido las escenas de los dibujitos animados en las que se muere el padre de Simba, o la familia de Nemo, y si nuestros hijos preguntan los distraemos con una respuesta que los confunde más: "¿te parece?," o "¡no sé!" con nuestra mejor cara de tontos. Hacemos lo mismo cuando preguntan sobre algo que vieron en el noticiero o escucharon en la radio.

La vida diaria nos ofrecen también temas para ayudarlos a entender y procesar otras pérdidas, tanto grandes como pequeñas de modo que estén un poco más preparados cuando, inevitablemente, sufran ellos alguna pérdida pequeña o grande. A veces se trata de una ilusión, de un amigo o de un objeto querido, como ocurre cuando el mejor amigo se cambia de colegio, la prima se va a vivir a otro país, la adorada muñeca se pierde en el zoológico, el canario se vuela, la pelota del mundial se rompe. o de una persona, cuando fallece un ser querido ya sea por ellos o por alguno de sus amigos.

A la hora de explicarle a nuestros chicos la muerte de una persona cercana a menudo hablamos de trascendencia, quizás para trascender su desaparición física, de todos modos es muy consolador: lo que esa persona nos enseñó o ayudó, lo que hizo en su paso por la vida, lo que ayudó a otros, o mejoró el mundo, los árboles que plantó, los libros que escribió, los hijos que tuvo, la herencia que nos dejó, y no hablo de lo material sino de su sabiduría y experiencia compartida. Los no creyentes explican que "sigue presente" en el recuerdo, en el amor que le tuvimos y que nos tuvo, en sus enseñanzas, en la forma en que esa persona hizo de algún rincón de este mundo un lugar mejor. Los creyentes agregan que "nos cuida desde el cielo".

Elizabeth Kübler Ross se ocupó durante muchos años de la muerte y los niños, y nos dejó una imagen muy linda para explicar la desaparición física. La compara con la transformación de la oruga en mariposa: la oruga se encapulla y durante un tiempo permanece allí, cuando la mariposa está lista para salir rompe el capullo y vuela al cielo. El capullo representa a nuestro cuerpo, esa envoltura que tenemos durante un tiempo hasta que ya no funciona (y por eso el cuerpo va a descansar a la tierra) mientras el alma o el espíritu transformado levanta vuelo, ya no podemos verlo, pero eso no necesariamente significa que no está.

Reaprendamos y enseñemos a nuestros chicos aquello que nuestros abuelos sabían, porque hasta no hace tantos años la gente fallecía en su casa rodeada de toda la familia y no en terapia intensiva, lo sabían también porque estaban muy cerca de la naturaleza y veían nacer y morir también a plantas y animales.

Hablemos de la muerte esperable, la que ocurre en la vejez, al final de un ciclo de vida cumplido, preparándolos para la pérdida de una bisabuela (triste pero natural), sabiendo que quizás en algún momento nos toque hablar de una más complicada, como una muerte por accidente o enfermedad, con un ciclo de vida no cumplido, mucho más difícil de explicar, es que a nosotros también nos cuesta entenderla....

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