Extrañando a Susan Sontag

Pedro B. Rey
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1 de julio de 2018  

Se podría empezar con una pregunta que escucho cíclicamente: ¿por qué ya no hay críticos como los de antes? Pero mejor empezar al revés, con otra mucho más inocente: ¿por qué los críticos de antes, cuando escribían ficción, quedaban condenados de antemano por el peso de su papel público?

Le pasó incluso a Susan Sontag (1933-2004), una de las intelectuales más polifacéticas e influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Sus ensayos y sus artículos ( Contra la interpretación, Bajo el signo de Saturno) eran tan potentes y esclarecedores que su narrativa -a la que la escritura de aquellos les quitó también tiempo- quedó a su lado un poco desdibujada. Injustamente, claro está.

Se había dado a conocer con una novela ( El benefactor, 1963) y en la última etapa de su carrera dedicó años al pulido de dos obras extensas. Soy una excepción: no conozco a muchos lectores a los que de verdad les hayan gustado. Fueron cortésmente celebradas, pero lo que tal vez más desconcertó fue que tanto El amante del volcán (1992) como En América (1999) tenían como horizonte la novela del siglo XIX.

Sontag entendía que lo moderno contiene la tradición, pero en una ensayista tan atenta a su tiempo el aliento nada posmoderno de esos libros tenía algo de herejía: iban deliberadamente a contramano. Algo no muy distinto le había pasado a críticos como su admirado Lionel Trilling con su única novela, A mitad del camino, y al gran Edmund Wilson con los largos relatos de Memorias del condado de Hecate.

Sontag es noticia porque acaban de reunirse en un solo volumen todos sus cuentos. La escritora estadounidense había publicado en 1977 un libro de relatos ( Yo, etcétera). Ahora, bajo el título mucho menos memorable de Declaración (Random House), a aquellas historias se les sumaron otras desperdigadas en diversas revistas. La edición en castellano, a cargo de Aurelio Major, suma otros cuatro, lo cual le da al conjunto un carácter que podemos considerar definitivo.

Que una crítica como Sontag puede ser una gran narradora o su perfil de cuentista tener algo de cronista queda reflejado en "Así vivimos ahora", que publicó en The New Yorker en 1986. El texto, seco, triste, íntimo y polifónico, es contemporáneo de El sida y sus metáforas -uno de sus ensayos más sensibles- y funciona como una descarnada crónica sobre los años más duros y desconcertantes del VIH.

El paso de los años nos habilita considerar a Susan Sontag como escritora sin especificaciones. También como una gran diarista. En los póstumos Renacida. Diarios tempranos, 1947-1946 y La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez pueden leerse no solo las peripecias intelectuales de la juventud y de la adultez, sino también los obstáculos de una mujer curiosa y valiente, dispuesta a abrir muchas de las compuertas que a las de su generación les estaban vedadas.

Y, sin embargo, esa revalorización no opaca siquiera una línea de los ensayos por los que mejor la conocemos. Sontag era -y sigue siendo- una crítica y polemista excepcional, que tanto podía analizar tempranamente el kitsch y el camp, divulgar a Walter Benjamin, Roland Barthes o Antonin Artaud, defender a capa y espada el Berlin Alexanderplatz filmado por Fassbinder o salir -no le escapaba al compromiso- a montar una obra de teatro en la Sarajevo asediada de la guerra balcánica.

¿Por qué ya no hay críticos como los de antes?, era la pregunta del principio. Esos críticos que, como Susan Sontag, exigen, pero que también son claros y accesibles, que funcionan como pararrayos de lo que fue, lo que está siendo y lo que tal vez será. Esos críticos que no están ahí solo para guiar, sino también para que uno se pelee con ellos y contradecirlos. Por cierto, todavía existen. En el mundo anglosajón, de donde salió la autora de Sobre la fotografía, está, por ejemplo, el impecable James Wood. Pero la horizontalidad de esta época, más dada al consumo irrestricto que a los placeres intelectuales y estéticos, lleva a extrañarla -a ella y a otros- como uno de esos íconos que ya no se ven.

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