El "ahorro" en educación, una constante

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Crédito: Shutterstock
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28 de junio de 2018  • 20:45

Pocas veces trabajé para el Estado y en esas pocas ocasiones, como docente en escuelas públicas y en colonias de vacaciones, tuve experiencias ingratas. Una vez que ingresamos con una compañera de estudios en la función pública para dar clases como maestros suplentes en zonas que (quizás con cierto desatino por parte de las autoridades) habían sido llamadas "de emergencia", solo nos comunicaron que debíamos presentarnos a la mañana en una escuela de González Catán. Si para los funcionarios la emergencia estaba situada a pocos kilómetros de la sede del Ministerio de Educación de la Nación, no queríamos saber lo que podían pensar de los poblados patagónicos y los caseríos de los Andes que tanto nos habían gustado en viajes que habíamos hecho juntos o por separado. Los jóvenes viajábamos para formar el carácter.

Tomábamos el tren de la Línea Belgrano de lunes a viernes y, como en un cuento de Álvaro Yunque, veíamos desde el vagón cómo se despertaba la vida en los barrios. Viajábamos, como había dicho uno de los amigos con los que compartíamos el alquiler de nuestra casa en Pompeya, en dirección contraria a la que tomaban otros trabajadores, que iban desde La Matanza hacia la capital, en la misma línea de ferrocarril. Esos vagones iban repletos, pero los pasajeros que viajaban sentados dormían con el mentón contra el pecho.

En las escuelas nos recibieron con amabilidad, nos hicieron firmar papeles y a la media mañana, en la sala de profesores, otros maestros (suplentes como nosotros) nos anticiparon que cobraríamos recién a los tres meses de trabajo. "Si no surgía algún inconveniente", nos dijeron. La razón de esa demora estaba en una especie de enigma de la burocracia estatal que, al parecer durante años, nadie se había atrevido a descifrar. O a nadie le importaba.

Cuando llegó el verano de ese primer año de enseñanza, ya habíamos empezado a cobrar por nuestras lecciones de castellano, matemática, historia y buenos modales, que aprendíamos en simultáneo con los chicos de seis, siete y ocho años. Una compañera titular nos informó que el Instituto de Sanidad Escolar organizaba colonias de veraneo en Alta Gracia, Monte Hermoso y Sierra de la Ventana y que necesitaban docentes jóvenes como nosotros. Fuimos a anotarnos para trabajar durante el verano. La espiral inflacionaria de los últimos años de la década de 1980 se parecía a una criatura voraz a la que había que alimentar con billetes de cifras extraordinarias.

De inmediato nos "tomaron", como se dice todavía hoy cuando se cuenta un episodio de compromiso laboral, y viajamos, otra vez en tren, desde Retiro hasta la ciudad de Córdoba. Como el viaje era largo, tuvimos tiempo de conocer a los directores de la colonia de verano y a otros compañeros. Trabajaríamos con dos contingentes de chicos de provincias del norte (Jujuy y Salta) desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Advertidos de que nunca teníamos que perder de vista el aspecto educativo del asunto, imaginamos con mi compañera de equipo actividades recreativas que dejaran alguna enseñanza. Podríamos enseñarles a cantar temas de La Máquina de Hacer Pájaros, a hacer collages con hojas de árboles y a escribir un cuento de fantasmas en grupo. Algunas actividades de esas funcionaron bien, incluso a metros de cascadas y arroyos que corrían al lado de las cabañas.

Pasó el mes de enero y los dos contingentes de chicos ya habían regresado a sus localidades. Habíamos memorizado una cantidad enorme de nombres propios, de parentescos, de edades y de niveles de escolaridad. Habíamos aprendido juegos y el sentido de algunas costumbres que desconocíamos. También los habíamos acompañado a distintos controles médicos. En esos momentos, se iluminaba una acepción de la palabra "colonia" en la que no habíamos pensado antes.

Esperamos hasta los primeros días de marzo para cobrar pero, como eso no ocurría, fuimos en grupo hasta las oficinas de la directora a cargo de la institución, que se sorprendió de nuestra presencia. Primero dio un discurso, en el que aludió a las características que los "verdaderos" docentes debían tener (entre ellas no figuraba de ninguna manera reclamar el pago del sueldo), a los graves problemas que atravesaba el país y a la responsabilidad en momentos difíciles. En síntesis: con suerte nos pagarían en julio y no debíamos soñar con que volveríamos a ser contratados mientras ella dirigiera la institución. Con el tiempo (y con la aplicación de la ley de educación sancionada en los años 90, que delegó en las provincias responsabilidades y costos), esos útiles programas de recreación se desactivaron, como sucede hoy con algunos planes. Todo en nombre de los ahorros que el Estado debe hacer y que, en efecto, viene haciendo desde hace más de treinta años sin resultados demasiado notables.

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