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Sobre ovnis y muertes ficticias

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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30 de junio de 2018  

El 25 de abril de 2007 a eso de las 16 empezó a sonar fuerte un rumor. Diego Maradona había muerto. Lo recuerdo bien porque incluso sonó el teléfono en mi escritorio; eran lectores y amigos que querían saber si la noticia era cierta. Así que, ignorando todo sobre el asunto, me fui hasta Deportes, donde me informaron que Maradona estaba sano y salvo, que acababan de hablar con él.

Otro día en la granja, como se dice. Un rumor, una Redacción que hace su trabajo, y asunto terminado. Pero eso fue antes de las redes sociales. No era la primera vez que ocurría esto con Maradona. LA NACION informaba, ese 25 de abril, que la Gazzetta dello Sport también había sugerido unas semanas atrás que el futbolista había fallecido (en un accidente de auto). Lo desmintieron casi de inmediato.

Avanzamos la película rápidamente 11 años. Maradona vuelve a morir, de acuerdo con un rumor que, esta vez, tenía dos ingredientes nuevos.

Primero, un video que lo mostraba desvanecerse (o algo así; no era claro, ni por asomo) y cierta urgencia en uno de sus asistentes (aunque muy poca en otro individuo, que se servía un bocadillo en medio de la supuesta crisis; raro).

Segundo, las redes sociales, a las que se les achaca la culpa de las noticias falsas, mejor conocidas como fake news, al tiempo que se clama por terminar con el (supuesto) anonimato que, esta vez por culpa de Internet en general, les permite a los operadores, los sociópatas o a los pícaros propagar mentiras.

Me gustaría aclarar algunas cosas, porque este reparto de culpas se basa en varias falacias y porque es, a la larga, peligroso para la libertad de expresión y, paradójicamente, para llegar a la verdad.

Dato clave: la nueva (y ficticia) muerte de Maradona duró más o menos lo mismo que la de 2007. O sea, casi nada. ¿Por qué? Porque la velocidad de los datos en las redes funciona en ambos sentidos. Es fácil difundir fake news, pero es igualmente fácil desmentirlas. Neutrales, las redes no consideran si lo que se transmite es cierto o no. Es más: en ocasiones es el propio afectado el que emite un comunicado en el que se lo ve vivito y coleando. Tres detalles, al respecto.

Número uno: es raro que las noticias falsas involucren a una persona de a pie; no sería noticia. Así que es al revés de como se dice. Las redes sociales simplifican la desmentida.

Número dos: en general, un occiso no tuitea.

Número tres: como periodista uno debe dudar de los rumores, pero también de las desmentidas, porque también podrían ser falsas.

Así es nuestro oficio, aquí en las Redacciones, y como ya dije en otra ocasión, el músculo de la duda necesita mucho esfuerzo y unos cuantos papelones para fortalecerse. Por eso, y en contra de lo que opinan muchos, creo que ésta es una época en la que el periodismo hace tanta falta como cuando nació. Por entonces, faltaba información. Hoy hay mucha, pero hay que estar todo el tiempo separando lo que es rumor de lo que es noticia, lo que viene adulterado de lo que es real, lo que es una verdad a medias de lo que puede probarse. A más fake news, más se pone en evidencia el valor que el periodismo tiene para una sociedad democrática.

Principio de indeterminación

Ahora bien, culpar de este estado de cosas a Internet en general o a las redes sociales en particular es, además de técnicamente incorrecto, falaz. Es algo así como culpar a la imprenta de Gutenberg de las malas novelas.

Internet, en tanto se mantenga neutral ( en el sentido tradicional del término), no es más responsable que la tinta o el papel.

¿Ahora, son las redes sociales sólo autopistas por donde la gente hace circular sus dichos libremente? Sí, no y depende.

No, porque desde el momento en que todos, desde Google hasta Twitter y Facebook, usan mecanismos para priorizar ciertas noticias, basándose, sostienen, en nuestros intereses, entonces en mayor o menor grado están editando. Ya no son solo tinta y papel. O paquetes de datos.

Facebook, típicamente, ha creado una Web dentro de la Web. Escribí sobre esto hace más de un año. Las burbujas informativas de Google son un tema del que se habla desde que el buscador se hizo popular. Pero mientras nos preguntamos si hay que empezar a considerarlos medios de comunicación (más sobre esto enseguida) entra en escena WhatsApp, cuyos grupos constituyen micro redes sociales hechas a la medida de un tema, una actividad, un proyecto, y así. Su capacidad de viralizar cualquier cosa viralizable es inaudita; aquí el proceso en cámara lenta.

Así que podemos pedirle a Google, Facebook e Instagram que empiecen a revisar que lo que la gente publica sea cierto, pero todavía quedaría WhatsApp y, para el caso, cualquier otro servicio de Internet. ¿Acaso vamos a fundar la Oficina de Verificación de la Nueva Internet? Nos quedarían unas lindas siglas, es cierto. Ah, ¿OVNI ya está en uso?

Fuera de broma, lo que no suelen tomar en consideración los que postulan esta forma de censura previa, aparte de los riesgos para las libertades civiles, es la escala. Cada 10 segundos se publican 80.000 tweets.

Va de nuevo: 80.000 tweets cada 10 segundos. Unos 700 millones por día. Chequeame eso, si podés.

Así que desde este punto de vista, contradictorio con el anterior, incluso las redes sociales funcionan en un punto como autopistas. Esto se parece al principio de indeterminación. Grosso modo, y parafraseando, podemos saber lo que dice un tweet particularmente relevante, falso, ofensivo, visionario o disruptivo, pero no podemos fiscalizar todos los tweets. Salvo que se lo dejemos a la inteligencia artificial. Suerte con eso.

Lógicamente, OVNI podría dedicarse a controlar solamente los rumores relevantes. Que es justamente lo que hacemos en los diarios, radios y canales de TV, y de una forma mucho menos burocrática. Levantamos un teléfono y llamamos a las fuentes. Fin de la historia. Hace cuatro siglos que sabemos lidiar con este asunto. Pero hay algo más.

Delitos de la voz

Ya tenemos el y el no. Ahora, ¿es un delito difundir una noticia falsa? Ahí está el depende. Si gritás "¡Fuego!" en un cine y no hay ningún incendio, bueno, vas a tener un problemita. A menos que puedas probar fehacientemente que creíste que sí lo había y si no mueren varias personas en la estampida. Como me decía estos días Sergio Mohadeb -que tiene un blog fantástico donde baja a tierra cientos de cuestiones legales cotidianas-, lo que cuenta es la intención. Si difundís una noticia con el objetivo de causar daño, es delito.

Lo mismo ocurre si declarás que llevás una bomba en un avión (la tengas o no, es un delito).

Los periodistas a veces publicamos algo que no es cierto, y está mal, fallamos en algún procedimiento. Pero si no hay real malicia, no constituye delito.

¿Podría penarse una broma de mal gusto en Facebook? Para la legislación de algunos países, como Inglaterra, sí. Y es delirante; algo así como establecer qué es bello por ley.

Dicho más fácil, no hay nada que legislar. Las leyes existentes alcanzan y sobran para establecer los límites de la libertad de expresión, que son bien pocos y bien claros: calumnia, injuria, incitación a la violencia, discurso del odio, ese tipo de cosas. Salvo en casos muy específicos, las fake news son sólo ruido de línea, el costo de que ahora el poder de broadcasting está en manos de 3900 millones de personas (y eso es algo bueno, desde mi punto de vista).

Hay dos formas de eliminar el ruido de línea. Una es apagar Internet, y ya no podemos hacerlo. La economía mundial depende de que la Red esté encendida.

La otra es seleccionar con un poco más de cuidado a quién le damos crédito. El audio que un desconocido manda por WhatsApp no constituye, para un periodista, ni la más mínima prueba. Ni la menor. No importa que nos lo haya enviado una persona en la que confiamos mucho, porque la ingeniería social detrás de las fake news está diseñada precisamente para que los más honrados crean (y difundan). En una Redacción, sólo hablar por teléfono con un familiar directo de una persona que se supone fallecida constituye un principio de prueba. O un comunicado oficial. O ir al sepelio. Como digo siempre, el manual de procedimientos del periodismo es muy fácil de entender, aunque muy difícil de poner en práctica. Eso es todo.

Por ese motivo, la veloz y lubricada viralización constituye una prueba más bien de que lo que se propala es falso.

Pero todavía quedan al menos tres problemas para complicar el panorama. Uno es que los rumores llaman la atención. En general, son mucho más atractivos que las noticias verdaderas. Quiero decir, no podríamos hacer un diario diciendo todos los días qué celebridades no han fallecido hoy.

El otro es que no todo lo que se lee en Twitter es falso. Varias veces ha servido para difundir operaciones que, supuestamente, tenían que mantenerse encubiertas. Pero cuidado, son la más absoluta excepción.

Y, en tercer lugar, siempre es muy tentador tener una supuesta primicia (esto lo decía el otro día Rolando Barbano, en la radio, y es exactamente así).

En total, cerremos OVNI y seamos más cautos con lo que replicamos. Todo el tema del control de lo que se dice en la Red se llama censura previa. Para lo demás, ya tenemos delitos claramente tipificados. Y un periodismo de muy alta calidad, en la Argentina.

Hola, ¿quién habla?

Todavía resta el asunto del anonimato. Como con la neutralidad, el anonimato online desafía nuestra intuición. Por un lado, lograr cierto grado de anonimato en Internet es bastante difícil. No es imposible, pero requiere bastante conocimiento, disciplina y esfuerzo. Siempre fue así. No es nada nuevo.

Así que esto de identificar quién dice qué en Twitter o Facebook, por un lado, es redundante. Ya nos tienen bien identificados. Segundo, incluso si reforzáramos hasta niveles criminales la vigilancia estatal, los que quieran burlar esos controles lo podrían hacer. Ah, y una pregunta: ¿debería ser estatal esa clase de control? No lo sé. Los defensores de terminar con el anonimato online nunca lo aclaran. ¿O la idea es que cada tweet vaya acompañado de nuestro DNI? Ya no suena tan bien, ¿no?

En todo caso, sí, claro, el anonimato es realmente nocivo cuando le sirve al malandra. Pero pretender que es malo por sí es como sugerir que volvamos a comer con las manos, porque los cubiertos son potencialmente peligrosos en manos de un asesino. Lo mismo que los martillos, las llaves inglesas, los bates de béisbol y, créase o no, el agua.

El anonimato le salva la vida a muchas personas cada día en la Red. Si hoy sabemos de la vigilancia masiva e indiscriminada que ejercían (y posiblemente siguen ejerciendo) las agencias de inteligencia de Estados Unidos e Inglaterra (y varias otras naciones) es porque Edward Snowden pudo enviar documentación de forma anónima a los periodistas de The Guardian. Disidentes de regímenes autoritarios; víctimas de trata; testigos de casos de narcotráfico, mafias varias y corruptos de toda estatura; y, por supuesto, periodistas de investigación, muchas personas dependen esta pequeña dosis de anonimato que (con esfuerzo y conocimiento) se puede lograr en la Red. Así que habría que tener un poco más de cautela antes de pretender una Red sin anonimato.

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