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Embestidas contra la Unión Europea

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30 de junio de 2018  

La unidad de Europa enfrenta por estas horas momentos difíciles. Desde el exterior, Vladimir Putin y Donald Trump coinciden en atacarla, lo que parece un intento ostensiblemente simultáneo dirigido a debilitarla. Desde su propio interior, llegan los embates del populismo xenófobo, peligrosamente empeñado en cuestionar sus valores centrales y en confundir su tradicional rumbo, especialmente desde Polonia y Hungría. Incluso, desde la desorientada Italia, que, lamentablemente, ha vuelto a caer en manos del populismo.

A todo esto se suma la deserción británica, que avanza con inseguridad en dirección a lo que se ha dado en llamar el Brexit, y la preocupante deriva autoritaria del gobierno turco, encabezado desde hace varios años por el presidente Recep Tayyip Erdogan.

Los ataques y las circunstancias apuntados parecen haber dejado en manos de Alemania y Francia la responsabilidad principal de defender la integración europea, concebida hace ya 70 años con el objeto de dejar atrás los años de fricción y las guerras que enfrentaron a estos dos grandes países.

Sin embargo, las fisuras que el mundo muestra son aún mayores. La construcción europea no es la única que aparece amenazada. Algo parecido ocurre también con la Alianza Atlántica, nada menos que la columna vertebral de las naciones que conforman a Occidente, vituperada por Trump con su desconcertante estilo de castigar a sus aliados y acercarse con inexplicable entusiasmo a los peores autócratas del mundo.

En las últimas semanas, Trump también ha maltratado al buen premier canadiense, Justin Trudeau; a la notable canciller alemana, Angela Merkel, y al sensato presidente surcoreano.

Por otra parte, el presidente norteamericano está confiriendo una sorpresiva atención preferencial a dos líderes claramente autoritarios, como son el norcoreano Kim Jong-un y el ruso Putin.

Como corolario de toda esta situación, se acrecienta la cuota de desconcierto respecto de los resultados de la próxima Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que tendrá lugar entre el 11 y el 12 del mes próximo.

Esa incertidumbre se incrementa especialmente a la luz de los inquietantes desencuentros registrados en la reciente reunión del G-7, en Quebec, Canadá, cuando Trump puso sobre la mesa su deseo de reincorporar a la Federación Rusa al diálogo común entre los países de Occidente.

Todo hace pensar que la dilatada investigación que tiene en sus manos el fiscal especial norteamericano Robert Muller podría ser el argumento que ha llevado a los propios líderes de los Estados Unidos y de la Federación Rusa a plantear esta aspiración.

Por todo esto, una prudente acción internacional por parte de Alemania y de Francia en forma conjunta en los principales frentes abiertos resulta esperanzadora pese a que, desde Bavaria, están llegando inoportunas expresiones de disenso que lejos están de ayudar a consolidar la estabilidad que demanda la canciller alemana.

Sin el timón de Europa firmemente en sus manos, la unidad del Viejo Continente podría profundizar las fisuras que ya ha venido registrando en los últimos tiempos a partir del irresponsable populismo austríaco, al que hay que sumar las que también provocan los movimientos neofascistas de la República Checa, Eslovaquia y Polonia.

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