El cambio cultural tendrá que esperar

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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30 de junio de 2018  

Dicen quienes lo frecuentan que, a diferencia de lo que se advierte en el ánimo de muchos de sus colaboradores, Mauricio Macri no parece nervioso. Que se levanta de las reuniones nocturnas para irse a comer y a dormir hasta el día siguiente como si nada pasara. Al contrario, agregan, todavía está convencido de que será reelecto.

Deben ser anticuerpos que genera el cargo. Los menemistas recuerdan que el 3 de diciembre de 1990, después del mediodía, mientras unos 50 carapintadas que respondían a las órdenes de Mohamed Alí Seineldín mantenían tomados desde la madrugada el Edificio Libertador, el Regimiento I de Infantería, la fábrica de tanques Tamse y el Batallón 601, Menem pasó por la puerta de uno de los salones de la Casa Rosada y saludó a José Luis Manzano, que estaba reunido: "¿Todo bien, chango?", dijo, y se fue a dormir la siesta. Más cerca en el tiempo, Cristina Kirchner no vio en vivo y en directo el voto negativo de Julio Cobos en la crisis agropecuaria de 2008: sus colaboradores de entonces recuerdan que se levantó a la mañana siguiente, temprano, con la resolución 125 ya rechazada y su marido, Néstor, elucubrando que tal vez debían abandonar el gobierno.

Es difícil imaginar qué significa una crisis desde esa posición en la que estallan con tanta frecuencia. Macri pasó, dicen sus confidentes, momentos anímicos bastante más críticos que esta tormenta económica, que parece a simple vista la peor y más indomable desde que llegó a la Casa Rosada. En febrero del año pasado, por ejemplo, apenas estallado el conflicto del Correo que involucra a su familia y con niveles de popularidad en baja, estuvo a punto de desistir de una gira presidencial a España. Lo convencieron y al final viajó. Aquel fue un mal momento que se extendió a todo Cambiemos, duró por lo menos tres meses y terminó el 1° de abril de 2017, cuando manifestantes oficialistas salieron espontáneamente a las calles para respaldar al Gobierno en la Plaza de Mayo.

El problema de esta corrida cambiaria es que se sustenta en hechos más tangibles y abarcadores. La modificación del contexto internacional que empezó con el alza en las tasas de la Reserva Federal y sigue con la guerra comercial entre China y Estados Unidos encareció el financiamiento para todo el mundo emergente, pero desnudó aquí una verdad con que la Argentina se cruza de tanto en tanto: su economía no genera los dólares suficientes para sustentar su enorme déficit de cuenta corriente. En otras palabras: esta es una nación más pobre de lo que cree.

La escalada del dólar, que ayer cerró a 29,57 pesos, no solo aporta inquietud en la plaza, sino que sacude la estantería del plan económico entero desde su base, porque vuelve inviables contratos sobre los que se proyectaban inversiones y empleo. El acuerdo por el precio de los combustibles, por ejemplo, fue firmado con un dólar a 25 pesos y, entre sus condiciones, decía que las petroleras podían aplicar desde la semana próxima un aumento del 3% en los surtidores. La devaluación trastocó todo, advierten en las empresas, donde se quejan de que ese 3% es ahora insignificante en relación con el acumulado que no trasladan desde mayo y que estiman en un 30%. Deberán volverlo a discutir con el Gobierno.

Esta preocupación es común a todos los sectores. Empresarios de la obra pública encabezados por Gustavo Weiss, presidente de la Cámara de la Construcción, le transmitieron esta semana todas sus penurias al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, que solo pudo garantizarles un horizonte acotado: se van a pagar las obras previstas para el lapso comprendido en entre julio y diciembre de este año. Frigerio no pudo en cambio prometer soluciones en otro de los reclamos, que son los atrasos generales en los pagos, que se duplicaron (de 60 a 120 días) desde mayo hasta hoy. La construcción percibe siempre primera que ningún otro sector una recesión. Gerardo Martínez, secretario general de la Uocra, dijo esta semana que esperaba que el cimbronazo afectara al menos unos 40.000 puestos de trabajo.

Weiss y sus pares fueron ayer a visitar a un viejo conocido, Dante Sica, nuevo ministro de la Producción. Como creen que la fórmula polinómica que el Estado les aplica para redeterminar los precios de los trabajos no es suficiente cuando los insumos suben de manera abrupta, quieren saber si esa cartera puede interceder en aquellos casos que definen como "abusivos".

Son términos conocidos en la jerga económica argentina. Los gobiernos recurren a ellos cada vez que intentan lidiar con alguna inconsistencia estructural. Este regreso a la interacción personalizada con cada actor del sistema es, además de una capitulación en el ideario de Pro o la confirmación de que no se ha hecho lo suficiente desde diciembre de 2015, la novedad más importante de la era Cambiemos en la relación entre el Gobierno y las empresas. Casi un homenaje a Franco Macri.

Parecen ya estar asimilándolo los productores, los transportistas y los distribuidores de gas, que deberán ponerse de acuerdo en ceder cada uno una parte si no quieren que vuele por los aires la revisión tarifaria integral, que se firmó a fines del año pasado con un tipo de cambio ya irrisorio.

Será una discusión interesante. Debe conciliar intereses de actores tan disímiles como YPF, Paolo Rocca, Eurnekian, las familias Bulgheroni y Miguens, y hasta el amigo presidencial Nicolás Caputo. "Aranguren te podía gustar o no, pero por lo menos tenía un plan", protestaron ayer en uno de estos grupos.

Que esta industria extrañe a un funcionario que hasta hace pocas semanas se ubicaba entre los más antipáticos e inflexibles del gabinete habla de la magnitud de la incertidumbre. Aranguren era el abanderado del eslogan oficial: "Haciendo lo que hay que hacer", en un país con hábitos que no se condicen con su PBI: facturas energéticas insignificantes, todavía bastante por debajo de lo que se paga en Uruguay y en Chile, y viajes baratos al exterior. Es probable que lo que Macri prometía al principio de su gestión como "cambio cultural" le lleve entonces, si lo consigue, algún tiempo más que el previsto. Nada excesivamente traumático para alguien que apuesta a seguir gobernando varios años. En ese sentido, el cambio en el Ministerio de Energía permite vislumbrar, si no un programa, al menos el objetivo: Javier Iguacel, hombre respetado en la industria porque viene de Pluspetrol, tiene la difícil y peligrosa misión de adecuar las urgencias económicas y energéticas a las partidarias. Un clásico argentino.

Los petroleros siguen el ensayo con una dosis de resignación: admiten que resultaría inviable subir las tarifas de gas en octubre en la magnitud requerida, un 80%. Para Macri, Iguacel es Aranguren con reelección.

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