Por favor, que alguien lea esta columna

Carlos M. Reymundo Roberts
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30 de junio de 2018  

Tener que publicar una columna el día en que la selección se juega la vida ante Francia es de una crueldad manifiesta. Las perspectivas de que alguien la lea son francamente remotas. Si ya me cuesta que estos abordajes filosóficos y sociológicos de la actualidad argentina sean tenidos en cuenta un sábado común, imagínense hoy. Antes del partido la gente toma mate nerviosa, reza rosarios, invoca al Gauchito Gil, repasa las cábalas y ve esos infumables programas de TV en que les piden vaticinios a hinchas que llegan embanderados a la cancha. De sesudos análisis políticos no quiere saber nada. Después del partido, si ganamos, ¿quién va a empañar la fiesta recordando la cotización del dólar, la recesión y la malaria que se nos viene? Y si perdemos, el bajón será tan grande que apenas quedarán fuerzas para seguir viviendo. "De no creer", lo tengo asumido, no es consuelo para nadie.

Es decir: estoy en la lona. Pensé algunas cosas que me permitieran salir de este atrape. Una es creer que no solo escribo para mis contemporáneos, sino para la posteridad; ¡me leerán los historiadores del mañana! Incluso puedo llegar a ser de interés en las misiones diplomáticas con sede en Buenos Aires. No funcionó: ni yo mismo me lo trago; mi posteridad se cuenta en horas. Y en las embajadas también están viendo el Mundial. Otra cosa que pensé es que las plataformas digitales perpetúan los textos y los multiplican. Tampoco andó: hoy perpetuarán todo lo que tenga que ver con la pelota, no esta fina costura. El populismo ha llegado para quedarse. Finalmente me decidí. Nada de reflejar la realidad prolija y puntillosamente, con el apego sacrosanto a los hechos que caracteriza a este espacio. ¡Voy a hacer ficción! Soy un novelista frustrado, y por fin tengo la oportunidad de dar rienda suelta a mi imaginación.

Ahí vamos.

La huelga general del lunes fue el ejercicio de un derecho consagrado en nuestra Constitución; cero intencionalidad política. Los Moyano no fueron sus impulsores en la sombra, y de hecho no estaban de acuerdo con una medida tan severa. A los líderes de la CGT les preocupaba además el costo económico, estimado por Dujovne en casi 30.000 millones de pesos. Ofrecieron incluso una solución salomónica: si había 15.000 para ellos, ponían a todos a laburar.

También los obispos que alentaron este tercer paro contra Macri quedaron -y lo hicieron quedar al mismísimo papa Francisco- en una posición incómoda, porque a la Iglesia se la vincula más con el diálogo y la concordia que con un país paralizado. Pobres obispos, los difamadores de siempre ya los están subiendo al "club del helicóptero". Vade retro, Satanás. La mutación de monseñor Ojea, del perfil bajo como obispo en San Isidro a activista político en la jefatura del Episcopado, es del todo sobrenatural.

El lunes, el sindicalista ferroviario Pollo Sobrero convocó, durante el acto del kirchnerismo y agrupaciones de izquierda, a seguir el plan de lucha "hasta que caiga el Gobierno". Cuando no habían pasado cinco minutos empezaron a llover condenas a esa expresión destituyente. La primera, de Cristina Kirchner: "Repudio las palabras de Sobrero por timoratas y pusilánimes. Es un pollito mojado. Un machirulo".

La Casa Rosada tomó nota del tremendo éxito que tuvo la protesta, cayó en la cuenta de que la situación económica y social es muy grave -los cierres, los rajes y las suspensiones serán noticia todos los días- y decidió dejar de lado el acuerdo con el FMI, que solo conlleva ajuste, pobreza y hambre. Prefiere pedirle plata a Maduro.

Por suerte, en medio de esa jornada de brazos caídos, Juan Carlos Schmid, uno de los tres jefes de la CGT, llevó claridad al explicar los motivos de la medida de fuerza: "Paramos para seguir trabajando". Digamos, un descansito para volver con más bríos.

Otra clave para entender los movimientos del peronismo está en el discurso que dio Aníbal Fernández días atrás en un acto partidario en Lomas de Zamora. Acto importante, nutrido, bullicioso, con las presencias estelares de Alberto Rodríguez Saá, Hugo y Pablo Moyano, Capitanich, D'Elía y Mariotto, entre otros representantes del ala intelectual del PJ. Sostuvo allí Aníbal, sin dejar nunca de lado un tono académico y reflexivo, que estamos en presencia de un gobierno de "chorros improvisados". "Una mugre". Es una obligación de todo peronista, dijo, "darles por los dientes a estos turros que se encaramaron en el poder para robarse todo". Una ovación cerró sus palabras, e incluso algunos entonaron: "¡Morsa, querido, a los corruptos, castigo!".

Esta semana nos tocó festejar el agónico triunfo sobre Nigeria, pero también sufrimos la nueva derrota del peso frente al dólar, un partido que ya creíamos terminado. Los inversores no son como los nigerianos, que nos perdonaron la vida. A Macri no le alcanzó todavía con cambiar de arquero en el Banco Central. ¿Mi consejo al Presidente? Haga la "gran Sampaoli". Déjese ayudar, admita los errores, escuche al equipo.

Afortunadamente, lo peor ya pasó, la estanflación está lejos, el segundo semestre será espectacular. No nos para nadie. ¡Volveremos de Rusia con la Copa!

Cómo me gusta la ficción. Mucho más que la realidad.

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