El resultado lógico a tanta improvisación

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
El adiós argentino en Kazán
El adiós argentino en Kazán Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco
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30 de junio de 2018  • 15:25

El final, por doloroso que sea, no puede calificarse de inesperado. Argentina se va de Rusia con las mismas incertidumbres y los mismos defectos con que llegó. Ninguno de los déficits que se vislumbraban antes tuvieron solución, ninguna de las virtudes reconocidas dejaron de decir presente.

El partido de la despedida no fue más que una metáfora, un resumen apretado de un proceso -el que comenzó en la final de Maracaná- plagado de inconvenientes e incoherencias, de errores de planificación y de dudas.

Argentina se plantó ante Francia intentando desarrollar una idea apenas ensayada, la de dejar flotar a Messi como falso 9 para incomodar a los centrales rivales y establecer un circuito de pases con Banega y Enzo Pérez. No funcionó, como suele suceder con aquellas cosas que se improvisan. Para hacerlo, hubiera necesitado que cualquiera de ellos se instalara por detrás de los volantes rivales, pero esto nunca sucedió, y a los franceses les resultó relativamente sencillo encerrar y aislar al 10, y con eso ahogar buena parte de las opciones de llegada.

Podrá decirse que aun así Argentina logró marcar tres veces. Pero en el fútbol, ya sea por aciertos individuales o desaciertos del adversario, es mucho más sencillo hacer un gol que jugar bien, y el equipo no lo hizo desde el punto de vista ofensivo. Demasiado parsimonioso en el movimiento de la pelota, sin ruptura de líneas, pendiente de detalles más que de una elaboración idónea. En definitiva, lo esperable cuando no existe una estructura definida de funcionamiento.

Francia, además, desnudó los desajustes defensivos que ya habían aparecido en el primer tiempo contra Islandia y en el encuentro ante los croatas. Mbappé fue incontrolable y en ningún momento Argentina supo cómo achicarle los espacios para atenuar los efectos de su relampagueante velocidad. A partir de ella, la descoordinación entre centrales y laterales se hizo evidente. Y tampoco Armani fue en este caso un escollo para la voracidad del juvenil galo.

El carácter, el acierto puntual de Di María, el oportunismo de Mercado, sostuvieron a Argentina en el partido. Demasiado poco para alimentar más sueños. Se acabó el Mundial y nadie puede sentirse sorprendido. Ahora empieza otra época. Distinta, insondable. Todos los interrogantes siguen en pie.

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