Alta Fidelidad. Diario del oído urbano

McCartney en Carpool
McCartney en Carpool Fuente: Archivo
Fernando García
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30 de junio de 2018  • 19:17

Un audio de whatsapp resume en menos de treinta segundos las consecuencias de una exposición sensible. La voz de mujer entrecortada dice, entre otras cosas, que "Paul debería ser declarado patrimonio universal y James Cordon es el mejor conductor del mundo para siempre". Es nada más que otra de las 15.589.745 (al momento de escribir) personas en todo el mundo que hicieron click en You Tube para ver el segmento del show del comediante inglés James Corden llamado "Carpool" donde Paul Mc Cartney recorre Liverpool en auto y a través de sus emblemáticos hits con The Beatles. "Escribir sobre música es como bailar de arquitectura" es una de las frases más determinantes sobre la imposibilidad de traducir en palabras los que nos pasa en el cuerpo y el alma con las canciones. Acaso por su lapidaria conclusión el autor es apócrifo: algunos se la atribuyen a (Frank) Zappa, otros a (Charles) Mingus, los menos a Elvis Costello y hasta se arriesga Laurie Anderson. Después de ver el video del inagotable Macca (¿el segmento debería rebautizarse "CarPaul"?), que ya se anotó al menos un MOMENTO de 2018, queda claro que los muros de ladrillo de Liverpool están hechos de canciones. "Bailar de arquitectura" no sería tan insensato entonces. La universalidad del testamento beatle volvió el mapa de la ciudad del Merseyside (fundada en 1207) una experiencia global compartida. Es eso lo que provocó una suerte de beatlemanía madura viral. Penny Lane dejó de ser un sitio de la ciudad de Liverpool para habitar un espacio imaginario compartido al que todos (los que fueron conmovidos alguna vez por esa melodía ensoñada de psicodelia dominguera) vuelven con Mc Cartney y Cordon en el video. Las paredes de la ciudad no hablan, cantan.

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¿Qué se oiría si superpusiéramos todas las músicas que se están escuchando en una ciudad al mismo tiempo? ¿Qué nos diría eso del estado de ánimo, el gusto de clase y la distinción, la relación de sus habitantes con el presente y el pasado del lugar? Acaso daría como resultado una reverberancia que resultaría el perfume, la fragancia sónica de Buenos Aires. Billy Bond y La Pesada lo intentaron en 1972 con un collage de música concreta pop llamado "La Mufeta". Como Alberto Greco con el Vivo Ditto (donde declaraba obra de arte a una persona rodeándola en un círculo de tiza), esta composición aspiraba a capturar un instante de la ciudad en el álbum Buenos Aires Blues. Se escuchaban el tintineo de las tazas de café (no había cadenas ni franquicias en 1972) de un bar mezclados con una radio que sintonizaba tangos, ruidos de tránsito y la voz de Javier Martínez entonando una suerte de mantra a cappella. Eso también es bailar de arquitectura. Yuxtaposiciones como esa suceden a cada instante, la ciudad es un collage sonoro working progress. Ahora mismo estoy volviendo los pasos atrás de un viaje en el subte A donde en cuestión de segundos se activaron dos canciones hechas en Buenos Aires con muy poca diferencia de tiempo y un abismo de sentido entre ellas. Cuando el trovador ambulante que tiene rasgos de un Leonard Cohen de mesa de saldos arranca los primeros acordes de "Sobreviviendo" de Víctor Heredia, alguien a mi lado abre en la pantalla del smartphone un videíto que registra el paso de V8 por el festival BARock de 1982. Heredia no necesita introducción; V8 quizás sí. Es una leyenda del heavy metal argentino que proyectó en el tiempo la figura de Ricardo Iorio, entonces un joven renegado de cuero negro, hoy un nacionalista border que promociona su show del 9 de julio con la Casa de Tucumán de fondo. El audio del viaje hace coincidir a la épica "Sobreviviendo" con la nihilista "Destrucción" cuya letra empieza a correr en los subtítulos del videíto. Al tiempo que se lee en el celular (el metal va por dentro, por los auriculares) "Ya no creo en nada/ya no creo en ti/ya no creo en nadie porque nadie cree en mí", los labios de la mujer mayor que viaja enfrente están musitando "Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron/sobreviviendo dije, sobreviviendo" siguiendo la entonación estridente del trovador ambulante que hace de Víctor Heredia. El Ying yang de la música popular de los primeros días del regreso a la Democracia en Argentina suena en un extraño unísono: mashap de himno testimonial pacifista con grito de guerra sublevado contra la estética setentista. Extremos de la canción entre la cultura oficial pos dictadura y la sub cultura del underground. Cuando el trovador ambulante canta "Tengo cierta memoria que me lastima y no puedo olvidarme lo de Hiroshima", los subtítulos en el celular responden "Sé que la decisión del juicio final será la solución/Destrucción". En ese festival BARock que el pasajero observa con curiosidad arqueológica se ve como el público arroja objetos contra el escenario mientras los temerarios V8 tocan "Destrucción". Esa platea aún bajo el paradigma del pos hippismo hubiera tolerado mucho más a Heredia y "Sobreviviendo" que conforme se estableció la democracia terminó adaptada por las hinchadas de fútbol como un canto que celebra sus rituales hedonistas ("tomamos vino de damajuana/y nos fumamos toda la marihuana"), muy lejos de la intención original de su autor, acaso más cerca del imaginario vandálico que proyectaban los V8. No resulta casual que el hit testimonial de Heredia haya sido rescatado por ese fenómeno de convocatoria que es La Beriso: treinta y cinco años después el rock está más cerca de esa cadencia que de los gestos radicales (no en el sentido alfonsinista) del modernismo under.

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Con la democracia se come, se cura y se educa había dicho Alfonsín en su legendario discurso en Ferro. En 2018 aquel mantra sigue siendo una promesa para una parte muy grande del país. El sociólogo Agustín Salvia que dirige el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA dice que Argentina entró al siglo XXI en tres velocidades. Una en sintonía con la globalización; la segunda en estado de vulnerabilidad y la tercera caída del mapa viviendo en condiciones de sub-ciudadanía. ¿A qué suenan esas Argentinas? Encuentro la respuesta mientras escribo en un café chic en Caballito escapando de un corte de luz. Hay una música ambiente que está tan pensada como el mobiliario y la decoración del lugar. Un pop electrónico francés anodino que nos sitúa en la primer velocidad, la del país conectado, que vive al ritmo del primer mundo. Sin embargo, por los intersticios de esta nouveau chanson se cuela un ruido insistente. Hay que parar la oreja para detectar esa cumbia arrastrada que llega desde una radio presumiblemente chiquita en la cocina del local. El audio es precario pero le alcanza para interferir con el sistema de sonido del café. Es la música de las otras Argentinas que se hace oír de cualquier modo. Y esta mezcla inesperada es el sonido de la fragmentación que la democracia no ha podido corregir: no se come, ni se educa ni se cura como se debería. Lo están cantando las paredes, como en Liverpool.

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