Geopolítica del Mundial: Brasil y México, dos siameses desparejos

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
Neymar y Chicharito, las principales figuras
Neymar y Chicharito, las principales figuras Fuente: Archivo
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1 de julio de 2018  • 23:00

Brasil y México nunca ganaron un Mundial en casa, y eso que organizaron dos cada uno. Tienen más en común: ambos le marcaron un gol histórico a Alemania. Brasil lo hizo en 2014; México, en 2018. Pero ahí terminan las coincidencias: Brasil levantó cinco copas como visitante; México, ninguna. Brasil tuvo a Pelé; México, a Codesal. El duelo de hoy enfrenta al mayor país lusófono con el mayor país hispanoparlante, pero no será la lengua más hablada la que defina el resultado. Una pena.

Los gigantes latinoamericanos están divididos por la geografía y por la historia. El norteamericano México es hijo de la ruptura: una guerra, iniciada en 1810, dio lugar a la independencia. Justo un siglo más tarde, la revolución de 1910 alumbró la modernidad. La democracia llegó recién en el 2000, cuando el paradójico Partido Revolucionario Institucional aceptó que los muertos dejasen de votar en masa.

El sudamericano Brasil es hijo de la conciliación. Le tocó ser el único estado de América Latina cuya independencia no fue producto de la guerra sino de la rebeldía filial. "Yo me quedo", gritó el príncipe Pedro al rey João, que debió volverse a Lisboa dejando a su vástago como emperador de la colonia. Entre 1808 y 1821, la corte portuguesa se había refugiado en Río de Janeiro huyendo de Napoleón. Cuando la corte retornó a Europa, Brasil se transformó en imperio hasta 1889, cuando un golpe incruento instauró la república y envió a Pedro II al exilio.

México también fue un imperio, pero duró menos y terminó peor que el brasileño. Maximiliano I, impuesto por Napoleón III de Francia, rigió entre 1864 y 1867. Entonces, ratificando las malas pulgas nacionales, lo fusilaron. Los mexicanos son temibles en los penales.

La caída de los dos imperios reconoce causas múltiples. Entre ellas no se cuenta la imaginación de sus verdugos: ambos países decidieron llamarse igual. Sí: aún hoy, el nombre oficial de México es Estados Unidos Mexicanos, y Brasil se denominó Estados Unidos do Brasil hasta 1967. Las similitudes con el Tío Sam no deberían sorprendernos. Uno de los cuatro nombres oficiales de la Argentina sigue siendo Provincias Unidas del Río de la Plata: de las cuatro federaciones presidencialistas que existen en el mundo, la nuestra es la única que nunca se llamó Estados Unidos. Si nuestros clubes de fútbol tienen nombres en inglés, el mérito es de Inglaterra.

Los populismos también unen a los gigantes. Lázaro Cárdenas gobernó México en la década de 1930; Getúlio Vargas condujo a Brasil en la misma década y en las dos siguientes. Cualquier parecido con Perón es América Latina. Las dotes futbolísticas se distribuyeron con menos homogeneidad, más generosas en el sur.

Religión y política se cruzan en ambos países. Al ser derrocado por una revolución anticlerical, exclamó Porfirio Díaz: "pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos". El primer problema hoy está superado: el presidente electo ganó con el apoyo de las sectas evangélicas. Al segundo problema no hay muro que lo resuelva: los países están condenados a sus vecinos.

En religión, Brasil se parece más a Estados Unidos: tiene a Dios hasta en los billetes. In God we trust, reza el dólar; Deus seja louvado, ora el real. En México prefieren honrar a los muertos, un rito ancestral. Hoy se encomendarán a distintos dioses: unos a Neymar, los otros a Chicharito.

Brasil y México se enfrentaron cuatro veces en mundiales. Brasil ganó tres pero la última, en 2014, fue empate. Los hispanoparlantes aspiran a que 2018 siga siendo el mundial de las sorpresas.

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