Los Sabato. Memorias de la intimidad familiar en primera persona

Mario, hijo del autor de "Sobre héroes y tumbas", presenta "La imposible melancolía" en el que evoca su vida y la de su padre; "él también me enseñó, sin querer, los caminos que no debía transitar".
Mario, hijo del autor de "Sobre héroes y tumbas", presenta "La imposible melancolía" en el que evoca su vida y la de su padre; "él también me enseñó, sin querer, los caminos que no debía transitar".
Silvina Premat
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2 de julio de 2018  

"En Santos Lugares, el sosegado suburbio donde pasé mi infancia, la felicidad solo se me interrumpía cuando trataba de convencer a mis amigos del barrio que mi padre no era un desocupado. Que si deambulaba por las calles de la zona, con el seño fruncido, no era porque estaba holgazaneando, como otros que carecían de ocupación conocida y que no les interesaba tenerla. Que lo hacía porque necesitaba pensar. "¿En qué?", me preguntaban mis amigos. Y esa era una pregunta letal para la que un chico de diez, once años, no tenía respuestas convincentes".

Seis décadas después y quizá buscando aún algunas respuestas para él mismo o para sus nietos, aquel "chico" aceptó la propuesta de una de sus hijas y reunió en un libro los hechos y experiencias que marcaron su vida. "Este es un libro de recuerdos felices", escribe Mario Sabato en uno de los relatos entre los que, de hecho, no figuran historias dolorosas que podrían llenar otro libro que él no escribirá, al menos por ahora. "Solo procuro la gigantesca tarea de olvidarlas", confiesa a LA NACION.

En La imposible melancolía (Waldhuter), el hijo cineasta de Ernesto Sabato y Matilde Kusminsky Richter, revela datos hasta ahora desconocidos sobre su familia y revive situaciones personales compartidas con nombres que trascienden el ámbito privado como Federico Fellini, Manuel Mugica Lainez, Domingo Perón, Sergio Renán y Carlos Mugica, entre otros.

Matilde Kusminsky Richter en la galería de la casa de Santos Lugares "abraza con su sonrisa" a Mario. (Gentileza Flia. Sabato)
Matilde Kusminsky Richter en la galería de la casa de Santos Lugares "abraza con su sonrisa" a Mario. (Gentileza Flia. Sabato)

En cincuenta y ocho textos breves, escritos con lenguaje llano y sentido, de un humor seco y por momento satírico, recupera anécdotas de la filmación de su primer película, El nacimiento de un libro, que rodó a los 18 años y obtuvo el primer premio en el Festival de Cine arte de la Argentina, en 1964, dotado de una suma de dinero que sirvió a los Sabato para pagar una "hipoteca asfixiante" que pesaba sobre la mítica casona de Santos Lugares. El autor lleva al lector a Italia, donde su segundo film, Y que patatín, y que patatán, ganó un premio en Venecia, y pudo conocer personalmente a su admirado Fellini que, dice, ha tenido una gran influencia en sus relatos.

Del director de la Dolce vita, Sabato toma una afirmación que le sirve "de paraguas" para todo el libro y lo pone como advertencia laainicio: "Soy un mentiroso muy sincero". Y lo explica: "Él (Fellini) no creía en la verdad, tal como la toman los cronistas. Creía en la imaginación para llegar a una verdad más profunda", En uno de sus relatos Sabato amplía este concepto y dice que "una cosa es imaginar y otra bien distinta es falsificar" porque "no es lo mismo escribir sobre algo que tal vez haya sucedido que mentir contando lo que se sabe que no pasó".

Mario Sabato (Archivo)
Mario Sabato (Archivo)

De todos modos, admite que son ciertos los hechos fantásticos e increíbles que cuenta, como que una noche su padre asustó a una parejita de novios en la calle amenazándolos con un rifle, que el padre Mugica derribó de una trompada a uno que le hizo un túnel en un partido de fútbol o que un león despistado interrumpió un partido de billar que Mario jugaba con sus amigos en un barcito de Saavedra.

El título del libro evidencia una de las grandes diferencias entre Sabato padre y su hijo. La melancolía que tanto hacia sufrir al autor del oscuro Informe sobre ciegos resulta imposible a su hijo.

"Mi padre me enseñó muchas cosas, todas muy importantes. Pero además de señalarme caminos, me enseñó, sin querer, los que no tenía que transitar. Viví muy cerca sus tristezas y depresiones como para intentar imitarlas. Puede ser, como él decía, que de esas tristezas nacieron sus obras. Y agregaba que las creaciones más trascendentes surgen del dolor. Si fuera así, sin duda que yo pretendería la intrascendencia", comparte Mario. Para él, la melancolía "recuerda con tristeza lo que se vivió y ya no se vivirá. Tiene algo de resentimiento que lastima al que la tiene y entristece a los demás. Elijo la nostalgia que vivo como un sentimiento dulce y agradecido y que recomiendo a todos los que han vivido tanto, para que sonrían en vez de llorar. La nostalgia, mi nostalgia, recuerda con agradecimiento los hechos hermosos que hemos vivido, que son los únicos que merecen recordarse. Por eso, me tengo prohibida la melancolía, que me es imposible, gracias a Dios".

Cinco curiosidades

  • 1. La casa de Santos Lugares. Había pertenecido a Federico Valle, un pionero del cine argentino quien permaneció viviendo en la parte de atrás de la casa y a quien Mario adoptó como abuelo postizo, aún cuando Valle nunca lo hubiese sabido. En el fondo había un espacio totalmente vidriado que don Ernesto usaba para escribir y, luego, para pintar. Allí, Mario tuvo la inspiración de dedicarse al cine y, paradójicamente, supo muchos años más tarde que también había funcionado como estudio para las filmaciones de Valle.
  • 2. Otros Sabato. A lo largo de su vida Mario se topó con dos grandes sorpresas vinculadas con su apellido. Ernesto tenía un tío de cuya existencia supo cuando el escritor ya era adulto, en 1963. Su padre, Francisco Sabato, había trabajado con ese tío de quien se distanció y dio por muerto, o mejor, por inexistente. Cuando Mario tenía diez años se encontró en la pileta con otro niño que dijo apellidarse Sabato; luego, Ernesto lo desmintió: "No puede ser". Años más tarde supieron la historia del tío de quien ese chico pudo haber sido familiar. La segunda gran conmoción fue algo que Mario supo tiempo después del fallecimiento de su padre.Una familia Sabato, originaria de Olavarría, había sospechado durante años que eran descendientes de una primera unión que el padre de Ernesto habría tenido en Italia antes de emigrar a la Argentina. La confusión llevó a uno de los supuestos hijos del abuelo de Mario a buscar a aquel que creía su padre e intentar asesinarlo para vengar el dolor que había ocasionado a su madre y hermanos. Hasta ahora Mario no había hablado públicamente de ambas historias . "Si lo hago ahora es porque son relatos interesantes y divertidos, a pesar de las tragedias que esconden", confiesa.
  • 3. Videntes y adivinos. Durante un tiempo, eran frecuentes los encuentros de Ernesto y su esposa, en el sótano de la casa, con videntes, adivinos y manos santas. Para entonces, según Mario, su padre "ya no se reía de los remotos cuentos de aparecidos, que lo aterrorizaron cuando era un chico que se criba en el campo. Había vuelto a creer en la sabiduría de los viejos rurales que enseñan a respetar lo que no se conoce. Y lo único que recuperaba de su paso por la ciencia era el prudente ejercicio de la duda".
  • 4. Cura sanador. El famoso padre José Mario Pantaleo era un "amigo de la casa" de la familia Sábato. Mario dice de él que "tenía un bien ganado olor a santidad, que "sus milagros, evidentes e irrefutables, superaban toda duda científica"; no bajaba al sótano, como lo hacían los adivinos y manosantas, "y jamás ganó un centavo con sus curaciones. "No legitimaba a los atorrantes que comercializaban su falsos poderes, que abusaban de la recuperada candidez campesina de mi padre, convenciéndolo, tan fácilmente, de la santidad e sus propósitos".
  • 5. Perón blindado. El 1° de mayo de 1974 cuando Juan Domingo Perón, trató de "imberbes" a quienes habían sido su "juventud maravillosa", Mario Sabato, estuvo en la Casa Rosada filmando el discurso del Presidente. Había sido contratado por la Secretaría de Información Pública por su condición de "no peronista". Pero esas cintas nunca se difundieron. La cámara que tomó a Perón no había logrado ponerlo en foco por efecto -lo supieron después- de un vidrio blindado que lo protegía. Dados los acontecimientos durante ese 1 de mayo, el cineasta decidió no entregar tampoco las históricas imágenes captadas en la plaza con otras cámaras. "Más importante que la historia era resguardar la vida de los que aparecían en ellas. Esas imágenes, en manos de la Triple A, hubieran terminado en decenas de asesinatos", recuerda. Se deshizo de las latas del negativo entregándoselas a un desconocido. "El no supo quién era yo, y yo me encargué de no saber quién era él. No creo que las haya guardado. A él también esas películas le quemaban las manos".

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