La caída de los Dioses

Messi fue sólo una sombra de su mejor versión en Rusia Fuente: LA NACION Crédito: Aníbal Greco
1 de julio de 2018  • 23:00

MOSCÚ.- En el canal Russia 1 los conductores aparecen con bigotes que homenajean al DT Stanislav Cherchesov. Otros lucen camisetas de Antem Dzyuba, goleador ante España. Moscú estalla en bocinazos. ¿Qué importa si el Mundial se quedó sin Leo Messi y Cristiano Ronaldo , sin Alemania y sin España , si aquí está la selección rusa que ya está entre los ocho mejores del mundo? "Moscú mía, país mío, el más amado de todos, eres ardiente, eres poderoso, eres por siempre invencible". Se cantaba en años soviéticos cuando los abuelos de nuestros vecinos del barrio Tagansky no creían en Dios, pero sí en el comunismo. Rusia 2018 dibujó murales a Messi y Ronaldo. Pero ambos sobreviven hoy apenas en los comerciales de TV que veo en el entretiempo de Rusia-España. Ahora son tiempos de Cherchesov. Dios bigotón.

"A los rusos no nos basta con vivir y punto: tenemos que vivir para algo. Leed a los clásicos rusos y lo veréis". Lo dice uno de los tantos testimonios de la Premio Nobel Svetlana Aleksievich en "El fin del 'Homo Sovieticus'". Mi favorito fue siempre Fiodor Dostoievsky, salvado a último momento de una condena a muerte y enviado a Siberia. A un pozo que, según escribió, lo ayudó a profundizar su búsqueda de Dios. Crimen y castigo. "Resolver el problema del hombre es resolver el problema de Dios". "Dios es redondo" se llama un gran libro del escritor mexicano Juan Villoro. ¿Y qué pasa cuando el Dios de la pelota nos abandona?

Hace tiempo que Messi nos avisa que él no quiere o no puede ser Maradona. Que no quiere ofrendarnos su vida, como por momentos parece querer seguir haciéndolo Diego aún desde los palcos de Rusia 2018. ¿Hace falta recordar hoy los titulares que anunciaban amor eterno y definitivo después de los tres goles de Leo a Ecuador en Quito? Algo volvió a suceder. Pocas veces lo vimos tan ausente, como queriendo irse del Mundial , mientras en su propio país le avisaban que lo espiaban hasta dentro de su habitación de la concentración y un abogado amenazaba con mandarlo a la cárcel desde un estudio de TV. El mismo canal que después, exigía "argentinidad" porque había que ganarle a Nigeria. La selección liquidó el Mundial en apenas cuatro partidos, con cuatro esquemas y cuatro formaciones distintas. Y Messi, vinculado con el puro juego más que ningún otro de los grandes cracks en la historia del fútbol mundial, vivió su tormento ruso, como el Dimitri Karazamov de Dostoievsky, acusado injustamente del asesinato de su padre, pero que igual va también a Siberia para purificarse y expiar los pecados de otros hombres.

¿Y el proyecto? ¿No habíamos iniciado acaso una nueva era, contrato hasta 2022, reforma de juveniles incluida? ¿Tanto fue el desgaste de un DT que experimentó hasta el minuto final y arruinó prestigio? ¿El de la selección empeñada en despedirse, como fuere, con los "históricos", pero acaso también porque el recambio jamás gritó su arribo? No está mal preservar al fútbol como espacio emocional y creativo, y acaso primitivo, en estos tiempos que se pretenden modernos, lógicos, trasparentes y siempre mensurables. Pero si el Dios no puede emocionar, porque se demuestra humano, se precisa un juego colectivo que casi nunca apareció. ¿Cuántas jugadas bellas, aparte de entrega, nos deja la Argentina de Rusia? ¿Hay algo más que el gol de Messi a Nigeria? El Mundial terminó para la Argentina. Y no solo para la selección. Empezó con la clasificación en Quito con un dólar a 17 pesos, con el arribo a Rusia a 25 y la despedida a casi 30. Vuelve el rico a su riqueza y vuelve el pobre a su pobreza. Escéptico, Shatov, otro personaje de Dostoievsky, dice que cree en Rusia. "¿Pero en Dios? ¿En Dios?", insiste su interlocutor. "Yo -responde Shatov dubitativo- yo creeré en Dios".