El fraude, un fantasma recurrente que por ahora no apareció en México

A diferencia de los comicios de 2006, en estas elecciones presidenciales no hubo denuncias
A diferencia de los comicios de 2006, en estas elecciones presidenciales no hubo denuncias Fuente: Reuters
Laura Serra
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1 de julio de 2018  • 22:08

CIUDAD DE MEXICO.- Pocos minutos después de las ocho, Fidel cruzó la puerta de la escuela Carlos González, ubicada en un barrio humilde del municipio de Lerma, en el estado de México . A paso tímido se colocó en la fila y se quitó el sombrero de paja. Su rostro ajado por los años enmarcaba una mirada dócil, aunque recelosa. Había llegado temprano porque debía ir a trabajar, se limitó a explicar. Detrás suyo, una larga hilera de votantes como él aguardaba con impaciencia que las autoridades finalizaran el armado de las casillas para votar. Estaban demorados. Ese día Fidel llegaría tarde a su trabajo.

"Ahorita no importa. Cómo no voy a votar, pues. Si es mi deber", musitó. Como Fidel, millones de mexicanos se volcaron hoy a las urnas para elegir al sucesor del actual presidente Enrique Peña Nieto (PRI). Al mediodía la afluencia había sido masiva, mayor a la esperada, se sorprendían las autoridades del Instituto Nacional Electoral (INE). Y, contrario a los augurios que presagiaban actos de violencia y de fraude, hasta entonces la votación se desarrollaba con relativa calma.

De hecho, la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade) sólo había registrado 74 denuncias y ordenó apenas 6 detenciones. Una irregularidad minúscula si se considera que aquí los votantes suman casi 90 millones y que el fantasma del fraude está instalado en la mayoría de los mejicanos.

No es para menos: hace 30 años, un fraude descarado llevó al priista Carlos Salinas de Gortari a la presidencia. Más recientemente, en las elecciones presidenciales de 2006, el ahora favorito en todas las encuestas a ocupar la "Silla del Aguila", Andrés Manuel López Obrado r, perdió la presidencia por un puñado de votos. Convencido de que fue víctima de un fraude, López Obrador encabezó un "plantón" en el Zócalo de esta ciudad, donde cientos de seguidores se instalaron en carpas para reclamar que se abrieran todas las urnas. Fue en vano: las denuncias de AMLO (así se lo conoce a López Obrador) nunca pudieron ser comprobadas por la Justicia Electoral.

El ahora candidato de la coalición Juntos Haremos Historia busca su revancha y, favorito en todas las encuestas, articuló una fuerte legión de fiscales partidarios en todo el país para prevenir eventuales trampas. Su mayor preocupación estaba puesta en el recuento de los votos, al cierre de los comicios. Sobre todo en aquellas gobernaciones y municipios controlados por el oficialismo.

Este fantasma sempiterno del fraude que acecha en cada elección, sumado a la ola de violencia que azotó la campaña electoral -que cobró más 136 dirigentes políticos asesinados- generaron un clima de tensa expectativa en la ciudadanía mejicana. En la última semana poco más de 900 observadores internacionales provenientes de 60 países -entre los que se encuentra LA NACION- se convocaron en esta capital para seguir de cerca el proceso electoral. El interrogante de los visitantes extranjeros era compartido: ¿podrá un tercer partido, en este caso Morena y su líder López Obrador, echar por tierra décadas de hegemonismo político compartidos por el PRI y por el Partido de Acción Nacional? ¿Se repetirán las denuncias de fraude? O, por primera vez en la historia, ¿México podrá dar paso a una transición tranquila y en paz?

Fortalezas y debilidades

A la hora de recorrer los distintos lugares de votación se pueden comprobar las fortalezas y las debilidades del sistema electoral mexicano. Entre sus ventajas figura, sin duda, la boleta única, un sistema en el que todos los candidatos que compiten por un mismo cargo electivo figuran en una única papeleta. El votante sólo debe marcar aquél de su preferencia. Este sistema evita el robo de boletas, uno de los problemas más recurrentes en la Argentina. En efecto, como en nuestro país cada partido es responsable de imprimir sus boletas y de garantizar que haya suficientes en cada cuarto oscuro, debe contar con una legión de fiscales en las escuelas para evitar que sus adversarios se las roben. Este sistema favorece a los grandes aparatos partidarios en detrimento de los más pequeños y fomenta el fraude; es por ello que la Cámara Nacional Electoral de nuestro país brega por un cambio urgente en la legislación.

Pero no todo aquí es ejemplaridad en materia electoral. El sistema aquí permite casillas especiales donde cualquier ciudadano puede votar, aunque hasta un límite de 750 votantes. Proliferaban las quejas de que éstas no eran suficientes. Otro problema fue el armado de los centros de votación: instalación de las casillas para votar, conteo previo de boletas y confección de las urnas. En casi todas las escuelas observadas hubo demoras de hasta una hora hasta el inicio del proceso de votación. Por lo general los más impacientes deciden marcharse y no votar ya que, pese a que aquí el sufragio es obligatorio, la Justicia Electoral no imparte sanciones.

Igualmente, pese a las incomodidades y las demoras, la afluencia masiva de votantes fue la nota destacada de los comicios de ayer. Si sobre el final nada empaña el conteo de los votos, Méjico podrá celebrar su primera jornada en paz en mucho tiempo.

Una víctima de la violencia

Aunque no hubo denuncias de grandes irregularidades, la violencia sí estuvo presente en la jornada electoral. Una militante de un partido minoritario de izquierda murió durante uno de los primeros incidentes reportados ante las autoridades electorales.

Una integrante del Partido del Trabajo (PT) murió en un hospital tras ser atacada a balazos afuera de su casa poco después del amanecer del domingo en el municipio de Contepec, estado sureño de Michoacán.

La Procuraduría General de Justicia del Estado informó en un comunicado que abrió una investigación con relación al homicidio de Flora Reséndiz, como fue identificada la mujer, en la localidad de Pateo.

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