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El amor a los vencidos

Pertenece a la estirpe de los autores que comienzan a escribir tardíamente. Tan sólo con dos novelas, Diálogos en los patios rojos y Si hubiéramos vivido aquí , se ganó el respeto de sus colegas y la estima de los lectores alertas. En sus historias de inmigrantes se mezclan de un modo conmovedor los pueblos y los idiomas.
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17 de febrero de 1999  

LOS antiguos situaban en los cuarenta años la madurez de un artista. En el siglo XX, las listas de generaciones literarias se diseñaron por fechas de nacimiento y primeras publicaciones, usualmente a una edad de veintitantos. Qué decir de Roberto Raschella, que nació en 1930 y en 1998 publicó su segunda novela, Si hubiéramos vivido aquí (Losada). También su primera novela, Diálogos en los patios rojos , es bastante reciente, de 1994. ¿Vocación tardía?

-De algún modo sí. Hasta pasados los treinta años, me dediqué al cine y también a la política. En 1964 abandoné las dos cosas. Viajé a Italia, al pueblo de mis antepasados, y al volver empecé a escribir la que fue mi segunda novela. La época anterior y posterior al viaje va a ser la base de mi tercera novela.

El caso de Raschella es peculiar además en otro sentido: sin la publicidad y distribución de editoriales grandes, las dos novelas tuvieron reconocimiento de colegas y de la crítica.

-Antes había publicado dos libros de poesía.

-En el 78 y 88, y hay un tercero por salir. Malditos los gallos , el del 78, fue el primer libro que terminé. Lo empecé al interrumpir la redacción de la novela que me proponía. En 1967, empecé la otra, Diálogos... , que avanzó lentamente, y simultáneamente con Si hubiéramos... Pronto me resultó evidente que el libro de poesía y las dos novelas tenían un hilo común: la historia de una familia, en parte la mía propia, abierta a otra historia, la de todo un pueblo, en el sur de Italia, y seguramente abierta también a una condición, la de los hombres que se ven obligados a emigrar por razones no sólo sociológicas o económicas, es decir, movidos por una inquietud de desengaño continuo. Yo soy hijo de uno de esos hombres.

-¿Cuándo llegaron sus padres a la Argentina?

-Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929. En un viaje anterior, mi padre se había iniciado en el oficio de sastre, con un maestro legendario, Cirillo, un italiano que murió de la "mala enfermedad". Yo nací en el mes de la revolución del 30. Después llegaron años duros para la familia, nos mudábamos constantemente, siempre a casas con buena luz natural. Era común entonces ver a un sastre trabajando detrás de una ventana.

-¿Qué lengua se hablaba en su casa?

-Iban siempre paisanos emigrados, y ante la mesa de trabajo se hablaba, en dialecto calabrés, de las fiestas del santo del pueblo, de las comidas, de tantas familias con sus apodos, a veces ofensivos. Quizás en esas tardes larguísimas del verano empecé a descubrir la belleza de un idioma que no era el que aprendía en la escuela. Esa fue mi verdadera lengua materna. No recuerdo que mis padres hablaran nada parecido al cocoliche, y hasta diría que habían adquirido una perfecta noción del castellano, que hablaban con fluidez, pero mechando términos del dialecto y del italiano. Mi padre tenía una gran capacidad de persuasión en lo político, como una estrategia del discurso, y una memoria asombrosa. A mí me deslumbraba verlo convencer a los demás, que al final decían: "Tiene razón, Nicodemo". Mi madre, en cambio, inventaba palabras constantemente y tenía un gran sentido del humor. Una vez se peleó con mi padre, acusándolo de descuidado, y le escribió con una tiza de sastre sobre la almohadilla de planchar: Albergo [hotel] la pulga , una mez-cla de italiano y castellano que daba cabida a las dos lenguas con su propio peso.

-En sus libros se ve esa marca. ¿Fue algo buscado o surgió naturalmente?

-Un poco las dos cosas. Además, a toda esa exquisita experiencia familiar se agregaron mi interés por la cultura italiana y las enseñanzas de mi trabajo de traductor, con puntas de especial dedicación a Pasolini o Svevo, y a Giovanni Verga, que me dictó el amor al mundo de los vencidos. Trabajé muy lentamente todos mis textos, sin apuro por publicar, y eso me permitió tomar conciencia de una búsqueda respecto de la lengua. Traté de no perder de vista algo fundamental: no hay arte posible sin cierta espontaneidad, pero tampoco sin cierta claridad sobre lo que se persigue. Y ese objetivo nunca se redujo a un intento puramente lingüístico: detrás está la afirmación de un mundo de valores y sentimientos ligados a la experiencia familiar, donde aparecen en toda su intensidad el amor, la dignidad y, por qué no, también la muerte.

-La escena familiar primaria está sobre todo en su primera novela, que transcurre en el Buenos Aires de los inmigrantes. La segunda, en cambio, relata una estadía en el pueblito calabrés. ¿Qué relación tiene con aquel viaje suyo a Italia?

-Hay algo de autobiográfico y otro tanto de invención. El narrador, que en parte soy yo, se pregunta en un momento cuál es su verdadera tierra. Ese es el núcleo central, que queda sin respuesta clara, porque las búsquedas, en todos los aspectos de la vida, suelen ser una mezcla de deseo, destrucción, claridad y también de inconsciencia. Dentro de esa indeterminación, el hallazgo de una lengua puede ser fundamental, porque puede ser el hallazgo de un origen cierto. Esa es la esencia del viaje, tanto en la narración como en mi propia vida.

-¿Ve en sus libros huellas de su actividad en el cine y en la política?

-Más que huellas. Y sea por decisión inicial, por convicción o por la íntima continuidad de un modo de pensar, en mi escritura los intereses del cine y de la política están presentes. El cine, en mi intento de acumular imágenes y en el registro de lo oral, que para mí curiosamente era un problema en los guiones. El diálogo naturalista, como decía Chejov, alguien que entra y dice buen día, se me hacía difícil. Lo político está en la afirmación de lo que me gustaría llamar una resistencia a los modelos de vida dictados, y en cierta defensa de la vida callada, casi retirada, diría. Dejar que a veces hable el silencio. Y hoy ya hablamos bastante, ¿no?

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