El mito del escritor viajero

Con su libro Patagonia , Bruce Chatwin dio una vuelta de tuerca a la tradición de la literatura de viajes e inició la creación de su propia leyenda. En La Patagonia de Chatwin , Adrián Giménez Hutton (Sudamericana) reconstruye los pasos de ese itinerario, cuando se cumplen diez años de la muerte del escritor inglés.
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13 de enero de 1999  

LA literatura de viajes le dio a Bruce Chatwin una buena coartada para construir el mito de su propia figura de escritor. Pocos géneros son tan propicios para hacer de la propia escritura personaje: la convención indica que la voz que cuenta coincide con la del escritor que firma. Y en ese pacto Chatwin construyó su mito, uno de los puntos más fuertes de su literatura. Es prácticamente imposible que alguien se refiera a algún aspecto de su obra -a su prosa, a su parentesco con Hemingway y la literatura norteamericana, al modo como su escritura produjo una vuelta de tuerca en la manera de abordar el relato de viajes- sin que rápidamente derive hacia el personaje Chatwin. Tal vez, porque el relato que mejor supo contar es el de un escritor inglés que se llamaba Bruce Chatwin.

En Los trazos de la canción , su quinto libro, una conversación con su anfitrión es coartada no sólo para establecer los motivos que llevaron a Chatwin hasta Australia para escribir un libro -un estudio sobre las culturas nómades- sino para contar los inicios como escritor de un hombre obsesionado por el nomadismo. Allí cuenta lo que ha completado en otros textos: una capacidad infalible para determinar el valor de una pieza hizo que, de sus inicios en Sotheby´s a los dieciséis años como personal de maestranza, pasara rápidamente a Director del Departamento de Antigüedades y de Arte Impresionista. Algo del poder de los objetos y de la forma en que éstos pueden condicionar una vida -materia de su magistral novela Utz (1988)- se convirtió en una obsesión que derivó en síntoma: sus ojos comenzaron a fallar. Esas cegueras parciales -cuenta Chatwin que le dijo el oftalmólogo- provenían de mirar demasiados objetos muy de cerca, y sólo podía curarse en un horizonte despojado. Entonces viajó a Sudán, contrató a un hadendowa como guía y, la primera noche que se recostó para dormir en el desierto, las ciudades occidentales le resultaron "tristes y lejanas, y las preocupaciones del mundo del arte increíblemente absurdas".

Al volver dejó una carrera en la que prestigio y dinero nunca le habían sido esquivos. Al de Sotheby´s siguieron una serie de abandonos en los que Chatwin parece haber ejercitado el despojo que practicó en vida y escribió en prosa. Poco tiempo después abandonó su carrera de Arqueología en la Universidad de Edimburgo y, finalmente, también abandonó su trabajo en el Sunday Times Magazine, en donde había empezado escribiendo sobre arte y siguió con una serie de artículos de temas variados. Algunos de ellos fueron publicados más tarde en Qué hago acá , un título que le gustaba a Chatwin porque es lo que se preguntaba Rimbaud en Etiopía (parte del mito Chatwin consistía en definir claramente la línea de escritores con los que quería emparentarse). Entonces sobrevino el viaje a la Patagonia del cual volvería escritor.

En su libro La Patagonia de Chatwin , relato de un viaje tras los pasos del escritor inglés en tierra argentina , que Sudamericana hará llegar a las librerías en los próximos días, Adrián Giménez Hutton hace referencia a aquellos abandonos, consciente de que en esa serie de renuncias y de exilios hay mucho de lo que constituye el primer libro de Chatwin. Giménez Hutton es un gran conocedor de la Patagonia y también un viajero; ha realizado numerosos viajes de exploración y es presidente en la Argentina del Explorers Club, institución que se encarga de fomentar la exploración en el mundo, y a la que pertenecieron Cook, Teddy Roosevelt y Neil Amstrong. La Patagonia de Chatwin , además de ser un libro sólido y documentado -el primero que reconstruye minuciosamente los pasos del escritor inglés en el Sur argentino- es también uno de los celebrables casos en que la literatura de viajes se produce y no sólo se reedita en la Argentina.

El lugar como escenario

El libro que Chatwin escribió a partir de ese periplo patagónico -que se extendió entre la tercera semana de diciembre de 1974 y la primera de abril de 1975, según precisa Giménez Hutton- es un relato que transcurre en distintos puntos de la Argentina y de Chile, en el que se van intercalando observaciones y relatos acerca del lugar y de la gente que lo habita. En castellano, el título fue Patagonia y el de la edición inglesa, In Patagonia , fue versión corregida del propuesto por Chatwin: At the End: a Journey to Patagonia . Con ese libro comienza la construcción del mito: las anécdotas de su infancia lo muestran como un niño acostumbrado a las itinerancias, miembro de una familia en la que no faltan los personajes que se han internado en las regiones más alejadas del globo, un chico acostumbrado a creer que la huida a un lugar distinto es siempre alguna garantía de salvación. Y además, ese libro propone una forma de abordar la literatura de viajes que fue estilo propio: el lugar visto no como una realidad de la que dar testimonio sino como escenario de la historia que se quiere contar. Un recorte que quedaba más claro en la versión original: la preposición de In Patagonia supone una visión personal que Patagonia convierte en (falsa) promesa de totalidad. En su viaje al Sur, Chatwin no se preocupó por lograr un retrato del lugar que se ajustara a las estadísticas. Eligió ese terreno porque ahí podía hablar de temas que a él le interesaban como escritor: el desierto, el exilio, el refugio de los fugitivos, los relatos de viajeros y expedicionarios, la literatura inglesa. Y también, la itinerancia y su trasfondo utópico. Un pedacito de piel guardado en una vitrina -el de un brontosaurio que su abuela había recibido como regalo de un primo expedicionario- había despertado en él el amor por la Patagonia. Al final de su viaje, cuando Chatwin descubre que aquel brontosaurio de su infancia no era más que una bestia legendaria, concluye que aun así, él seguía siendo "un hombre que va y viene por la Tierra en busca de un trozo de brontosaurio perdido".

En su paso por Puerto Madryn, Chatwin sólo hace mención de la calle Saint-Exupéry, una cortada de tierra ubicada en los confines de la ciudad. Giménez Hutton agrega que la señalización oficial fue reemplazada por un cartel de lata pintado a mano que reza "sexupery", y a partir de ese dato, supone que Chatwin debe haber visto el nombre de la calle en un plano de la ciudad. Suposición que indica la clara captación de un estilo: a Chatwin le interesaba menos comprobar por su propia experiencia cuáles eran las calles más importantes de la ciudad y la información que de ahí podía derivarse, que encontrar en algún lado los trazos de otro escritor obsesionado por la Patagonia que, como él, hubiera hecho del viaje literatura. Su libro no es testimonio de todo lo que un lugar puede ser, su libro cuenta el cuento que él quiere contar. Estrategia narrativa que no lo ha salvado de las iras y desdenes, más bien los ha convocado. El libro de Giménez Hutton es, además de un relato de viajes que se sostiene por sí mismo, una forma de recuperar esos ecos de lecturas. En su paso por los lugares que Chatwin visitó veinte años antes, va captando dichos de hijos, nueras, vecinos y nietos indignados por imprecisiones y tergiversaciones de sus historias personales y familiares. No siempre es grato ser parte de una estrategia narrativa, pero en definitiva de eso está hecha tanta literatura.

Sin embargo, el verdadero traspié de Chatwin no está en su recorte de lo visto, en los retratos de personajes -la mayor parte de ellos con nombres cambiados-, sino en su incursión en la historia: demasiadas aseveraciones e hipótesis a partir de datos muy escasos. Giménez Hutton, que en los temas anteriores apela a sutiles estrategias de salvataje en favor de Chatwin, no se deja influir en este terreno por el idilio, por la inevitable atracción que se produce entre el escritor y su personaje en "libros-tras-los pasos-de". Su libro dedica un capítulo entero a analizar las imprecisiones en que Chatwin incurre al tratar el tema de las huelgas patagónicas de la década del veinte y da voz a Osvaldo Bayer, autor de La Patagonia rebelde , la más completa investigación que se ha escrito al respecto. Entre los motivos que Bayer tiene para denunciar a Chatwin figuran los robos intelectuales y otros que, no por menos promocionados, son menos frecuentes entre intelectuales: el robo de ejemplares que comprobó después de la visita del escritor inglés a su casa porteña.

Lo mismo que le ocurrió a Patagonia , el primero de sus nueve libros, le ocurrió a Chatwin: su mito supo generar la misma serie de amores y de odios. En su libro Los escritores de los escritores (El Ateneo), Luis Chitarroni incluyó un texto de otro escritor viajero que además fue amigo de Chatwin: Paul Theroux. Que Chatwin tenía la costumbre de desaparecer abruptamente por meses y de aparecer de la misma manera, que hablaba mucho y que mentía son algunos de los recuerdos de un Theroux que parece estar acostumbrado a pelear con los amigos. En un ensayo de funciones obituarias que irritó a muchos admiradores de Chatwin, Theroux intercaló un párrafo final que lo habrá absuelto de muchas maldiciones y que tal vez resuene a muchos lectores chatwinescos hoy, diez años después de que el escritor inglés muriera de Sida a los cuarenta y ocho años: "Su muerte fue igual, igualmente súbita, como si hubiera vuelto a marcharse de viaje. Estábamos habituados a sus desapariciones... Parece extraño, pero no tan atípico en él, que se haya ido por tanto tiempo".

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