Manguel deja la Biblioteca: la cultura pierde un gestor y recupera un intelectual

Confirmó ayer que abandona su cargo por problemas de salud; asume la vicedirectora y aseguran que no habrá despidos
Confirmó ayer que abandona su cargo por problemas de salud; asume la vicedirectora y aseguran que no habrá despidos Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Gómez
Pablo Gianera
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4 de julio de 2018  

Para quienes habían hablado con Alberto Manguel en el último tiempo, la decisión de dejar su cargo de director de la Biblioteca Nacional no fue en absoluto una sorpresa. Ya había contado que tenía problemas de salud y que su oncólogo le había recomendado "bajar el ritmo". Pero no era solamente el oncólogo, sino también la familia. "Si te morís en la Biblioteca, te mato", contó hace un tiempo Manguel que le dijo uno de sus hijos, y ayer, en la charla de prensa en la que anunció su alejamiento desde el mes que viene, volvió a repetirla.

Hubo además alguna broma, por supuesto. En la conferencia sirvieron nada más que agua, y Manguel aludió a su frase de que en la Biblioteca no había plata ni "para comprar un grano de café". Pablo Avelluto , el ministro de Cultura, le siguió el juego y dijo que había pensado en traer justamente granos de café. También bromearon sobre el Mundial. Manguel dijo que no miraron los partidos juntos "porque Pablo no sabe nada del falso 9". Una manera elegante de disimular las diferencias. Pero son las bromas que se hacen para no ceder al énfasis de la tristeza. La justificación de la tristeza era evidente: aquel que logró dirigir la Biblioteca Nacional en el fuego cruzado de la política y la convirtió en algo mucho mejor de lo que era -en algo distinto- debe resignar el cargo por la enfermedad.

No resulta naíf insistir en esa palabra ("enfermedad"), porque esa palabra implica decisiones.

Hubo rumores de "ajuste" de personal, claro. Pero Manguel lo dijo sin rodeos: "Mi decisión es exclusivamente médica. No va a cambiar nada. No se despedirá a nadie y los proyectos en curso seguirán y crecerán". Avelluto lo confirmó: "No hay ninguna intención de producir cesantías masivas. Seguirá la idea de la redistribución de las tareas".

Del mismo modo, seguirán todos los programas en curso (incluido el Centro de Estudios Internacionales Jorge Luis Borges en la antigua sede de la calle México) y se confirmó también la visita de Salman Rushdie, en noviembre.

Al margen de la comidilla sindical, Manguel estaba tan conmovido como Elsa Barber ("estoy en shock", dijo), la vicedirectora, que asumirá ahora el cargo [ver aparte], y de una manera que no es interina. "En principio, no buscamos un nuevo director", dijo Avelluto. Será la primera mujer en dirigir la Biblioteca. Además de agradecerle a Barber, Manguel habló de todos los empleados de la Biblioteca. "Son personas que están en los rincones más secretos de la Biblioteca, haciendo un trabajo extraordinario, que no se ha reconocido. Sin esa gente, no hubiésemos logrado nada. Entonces, me siento un poco menos culpable de dejar la Biblioteca al saber que ellos quedan aquí".

La ejecución del presupuesto, según Avelluto, es normal. "Son 649 millones de pesos, contra los 400 millones que teníamos cuando llegamos, en 2015". "Un tercio de lo que tiene la Biblioteca del Congreso", intervino Manguel. Avelluto asintió, no sin resignación. "Le hemos pedido a Alberto que siga vinculado a este proyecto -siguió el ministro-. Es como asesor ad honorem, para ayudarnos a llevar este proceso a buen puerto. Todos los indicadores de la Biblioteca mejoraron: número de visitas, número de digitalización de documentos, número de ítems entrados, donaciones".

"Mi única función fue administrar el trabajo de quien están en la Biblioteca", contó Manguel. Dijo también: "La experiencia en la Biblioteca fue la más extraordinaria de mi vida".

La honestidad de Manguel fue de tiempo completo. Así como se quejó del presupuesto (la metáfora, no tan metafórica, de los granos de café, que no había), deploró además la futbolización del stand de la Filbo de Bogotá y la adjetivó de "populista".

Pero para un intelectual como Manguel estas son solamente anécdotas. Quedaría por discutir qué pasa en esta época (que no es ya la de Borges) cuando un intelectual asume una función pública. Manguel está enfermo, eso no se discute, y a la vez puso en suspenso su faena de escritor para resolver dilemas administrativos y aun burocráticos, como el costo de las lamparitas, las estrategia para comprar la biblioteca de Adolfo Bioy Casares o cómo hacer entrar legalmente al país un ejemplar que la Biblioteca Nacional debería tener en su catálogo (y el catálogo fue una de las prioridades de su dirección). Los intelectuales y la gestión no se llevan bien.

La tristeza puede transmutarse en alegría. Es cierto: perdimos a quien mejor podía gestionar la Biblioteca. A cambio, los lectores recuperaron a un intelectual. Manguel estaba cansado, y para quien escribe aquello que lo cansa es no escribir. Como sea, quedó una herencia. Para decirlo con un título de Borges, "Utopía de un hombre que está cansado"; a él le cabrían incluso las líneas finales del relato, con la sola sustitución de la calle México por la calle Agüero. "En mi escritorio de la calle Agüero guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta".

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