Soja: la cosecha finalizó como la más baja en nueve años

Cosecha de soja
Cosecha de soja Fuente: LA NACION - Crédito: Archivo
Ayelén Gago
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7 de julio de 2018  • 02:40

Golpeada por la sequía, la cosecha de soja finalizó sobre una superficie implantada de 18.000.000 de hectáreas y tuvo una producción total de 36.000.000 toneladas, la más baja de los últimos nueve años (en el ciclo 2008/09 se habían recolectado 32 millones de toneladas).

El rinde medio nacional reflejó la ausencia de precipitaciones durante momentos críticos del ciclo fenológico y se ubicó en 21,4 qq/ha, un 33% inferior a los 31,9 qq/ha registrados durante el ciclo previo.

Distinto fue el panorama sobre el comienzo de la campaña, donde las reservas hídricas del perfil y los pronósticos climáticos a mediano y largo plazo permitían proyectar una producción de 54.000.000 de toneladas. El clima afectó a la oleaginosa desde fines de diciembre a marzo pasado con la escasez de lluvias, provocando una reducción de 18 millones de toneladas sobre el volumen inicialmente proyectado.

La siembra de soja de primera se había iniciado en el centro del área agrícola con una condición de humedad que variaba entre adecuada y óptima, extendiéndose luego hacia el resto del país. En el sur de la provincia de Buenos Aires, los excesos hídricos acumulados durante el invierno retrasaron el inicio de las labores, mientras que en el norte del país las precipitaciones estivales se demoraron hasta bien adentrada la ventana de siembra. Pese a las demoras, se pudo concretar la implantación de las 12,8 millones de hectáreas estimadas.

En contraposición, desde el inicio del ciclo de soja de segunda prácticamente no se produjeron importantes precipitaciones, agravando la condición de los lotes a medida que transcurría la ventana de siembra, dejando fuera de la rotación unas 100.000 hectáreas que inicialmente iban a ser incorporadas sobre el sur bonaerense.

Los lotes sembrados en fechas tempranas en el centro del país alcanzaron la floración (R1) desde finales de diciembre 2017 hasta principios de enero 2018. A esa altura de la campaña, estos cuadros mantenían buenas condiciones gracias a una adecuada humedad en el suelo, en algunas regiones incluso ayudados por la influencia de napas freáticas próximas a la superficie, lo que permitía suponer que se iban a alcanzar buenos rindes.

Distinto fue el caso de la soja de segunda, que al iniciar su ciclo ya registraba un regular estado hídrico, provocando pérdidas en el stand de plantas y un significativo retraso en el desarrollo vegetativo.

Ante las escasas precipitaciones registradas en los meses de verano, el porcentaje de lotes que se encontraban con contenidos de humedad entre regular y sequía se incrementó semana tras semana.

El período crítico del cultivo para la generación de rendimiento, comprendido entre la formación de vainas (R3) y llenado de grano (R5), coincidió con la generalización de la sequía en más del 50% del área agrícola nacional, y con más del 60% de los lotes con condiciones de regulares a malas. Esta situación generó mermas irreversibles en los potenciales de rendimiento, obligando a reducir las estimaciones de producción.

Las desfavorables condiciones ambientales registradas durante la mayor parte del ciclo del cultivo aceleraron su desarrollo permitiendo iniciar la cosecha en forma adelantada y a buen ritmo. A medida que avanzaba la recolección, con la incorporación de lotes tardíos y de segunda, los rindes promedios descendían y mostraban gran heterogeneidad, debido a la ocurrencia errática de lluvias característica de años secos y la influencia de napas en relieves bajos.

Avanzada la cosecha, con la reactivación de lluvias otoñales se registraron los primeros excesos hídricos que afectaron no sólo el rinde, sino también a la calidad del grano en gran parte de los lotes que se encontraban listos para ser cosechados, incrementando hasta más del 80% la cantidad de superficie con una condición de regular a mala.

Al desgrane producido por el efecto mecánico de las lluvias se sumó el manchado y brotado de grano propiciado por la combinación de un ambiente húmedo y temperaturas cálidas. En consecuencia, una gran cantidad de lotes de soja de segunda con bajo potencial de rendimiento fueron abandonados, elevando las pérdidas de área sembrada a un total de 1.200.000 hectáreas.

Impacto económico

Al momento de poner en valor los efectos de la sequía , se observa que las pérdidas no sólo se visualizaron en el eslabón primario. La disminución del área y la producción tuvieron consecuencias negativas a lo largo de toda la cadena de soja, con caída en la molienda, disminución en la venta de algunos insumos, menor provisión de servicios asociados y un retroceso en las exportaciones proyectadas tanto para el grano como para los subproductos.

La molienda de la oleaginosa, tan importante para la generación neta de divisas del país, dado que la harina, el aceite y el biodiesel de soja explican en conjunto el 25% de las exportaciones nacionales, caería a los menores niveles en la última década.

No obstante, el ajuste será menor a la caída en la producción del grano, dado que aumentarán, durante esta campaña 2017/18, las importaciones de poroto de soja, proveniente especialmente de Paraguay y otros vecinos, pero también de Estados Unidos, con el fin de aumentar la oferta y sostener el crushing. También se estima que ingresará al circuito comercial parte de los stocks acumulados en campañas anteriores y disminuirán fuertemente las exportaciones del grano.

Como consecuencia, a partir de las estimaciones del Instituto de Estudios Económicos de la Bolsa de Cereales, el Producto Bruto de la cadena de la soja será un 26% menor en 2018 respecto del nivel que hubiese alcanzado si se cumplían las expectativas vigentes al inicio del ciclo agrícola, pasando de 16.213 millones de dólares en el escenario inicial a 12.010 millones de dólares en el escenario sequía.

En términos de la economía en su conjunto, la disminución de 4200 millones de dólares en el valor agregado de la cadena de la soja representa una caída del 0,6% en el PBI argentino para 2018 estimado por el FMI.

La mayor parte de estas pérdidas se concentran en los productores, que resignarán esta campaña 2600 millones de dólares de valor agregado. Desde el plano fiscal, ingresarían cerca de 1400 millones de dólares menos al estado en concepto de retenciones y demás impuestos que gravan a todos los eslabones de la cadena. Si se evalúa en términos de exportaciones netas, el impacto se estima en 4842 millones de dólares.

La autora es analista del Departamento de Estimaciones Agrícolas de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. Colaboró Virginia Ceccarelli, economista de la entidad

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