La entrevista, el milagro del encuentro con el otro

De Truman Capote a Oriana Fallaci (foto), de María Esther Gilio a Martín Caparrós, son muchos los ejemplos de periodistas que van más allá de la mera charla y revelan aspectos únicos de sus entrevistados
De Truman Capote a Oriana Fallaci (foto), de María Esther Gilio a Martín Caparrós, son muchos los ejemplos de periodistas que van más allá de la mera charla y revelan aspectos únicos de sus entrevistados Crédito: EFE
Natalia Gelós
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8 de julio de 2018  

En el video, la uruguaya María Esther Gilio cuenta que hubo una frase que nunca puso en una entrevista porque era tan fantástica que no iban a creer que alguien se la hubiera dicho. La autora era una mujer que había entrevistado para una serie de notas en Brasil, durante una gran seca, cuando la gente bajaba de los cerros muerta de hambre en busca de algo para subsistir, a fines de los años 60. Era tanta la hambruna que a veces entraban en grupos de a cuarenta a los supermercados para sacar algo para comer. Entonces, ella le preguntó a esa mujer:

-¿Cómo hacían para sacar comida? ¿Entraban con armas?

Y la mujer respondió:

-No, mía señora. Con armas no. Con hambre.

Gilio guardó esa respuesta como una perla que no se exhibe. En esa misma charla grabada para un medio uruguayo, confiesa que eran esos testimonios los que más disfrutaba, porque esas personas, que no se sabían portadoras de un saber, eran las que enseñaban más de la vida. Gilio, que murió en 2011, es una de las santas patronas de la entrevista en América Latina (autora, entre otros, de Cuando los que escuchan hablan, donde entrevista a psicoanalistas). En Lloverá siempre (Criatura Editora), libro de Liliana Villanueva publicado este año, puede indagarse aún más en la vida de una autora que aseguraba dejar una parte de sí misma en cada entrevista. De reciente aparición también es Todos estos años de gente (Modesto Rimba), donde el argentino Christian Kupchik reúne sus encuentros con escritores notables del siglo XX y abre similares preguntas. ¿Dónde reside la clave de una entrevista? ¿Qué convierte a una simple charla en algo digno de ser releído, comentado, vuelto a ver?

Baile de a dos

"El secreto para el arte de la entrevista, y sí, es un arte, es dejar que la otra persona piense que te está entrevistando. Le contás sobre vos y, lentamente, extendés la red para que te lo cuente todo. Así es como atrapé a Marlon". Quien hablaba de ese acecho de araña era Truman Capote, y se refería a la ya mítica -y polémica- entrevista que le hizo a Marlon Brando y su estrategia: se mostró vulnerable para dejar al otro a la intemperie, no usó grabador, no tomó notas. Cuando las entrevistas se reúnen en un libro, la luz se reubica, el centro es otro. ¿Cómo lograr ese chispazo, ese choque eléctrico que reviva una charla? Es un baile que se baila de a dos y, como en todo encuentro, siempre respira en la nuca la posibilidad del imprevisto.

"Dejo jirones del alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición", escribió la italiana Oriana Fallaci en el prólogo a Entrevista con la historia (El Ateneo), donde se reúnen sus encuentros con personajes destacados de la política del siglo XX como Henry Kissinger, Yasser Arafat y Hailé Selassié. En esos encuentros, Fallaci muestra un respetuoso trato, que a veces se carga de ironía, y se la ve a la espera de que bajen la guardia. En 1982, antes de que terminara la guerra de Malvinas, Fallaci entrevistó a Leopoldo Galtieri. En la charla, la italiana le dijo: "La suya es una dictadura, señor presidente, no lo olvidemos", y se convirtió así en una de las más recordadas (por lo menos en nuestro país). A Gilio le preguntaron en 1983 por el trabajo de Fallaci y dijo: "Son buenas entrevistas. A veces, tiene ciertas muletillas que no me gustan. Por ejemplo cuando entrevistó a Galtieri. Está muy bien la entrevista. Creo que no cambia las respuestas; pero creo que muy a menudo cambia las preguntas. Porque para mí, es imposible que al escuchar algunas de esas preguntas, Galtieri no la haya echado".

También puede ocurrir que el entrevistado sea arisco. A Miguel Briante le pasó con Juan Rulfo en 1968, en una entrevista para la revista Confirmado: "La verdad, Juan Rulfo rehúye las preguntas sobre su obra -escribió Briante-. Como si quisiera taparla, como si no le importara. Parece capaz de hablar horas y horas, vigilando el grabador de reojo, sorteándolo. Cuando enfrenta el micrófono, no hay manera de hacerle preguntas directas; se entiende que ya no caben preguntas sobre estructura o lenguaje, sobre técnica literaria. Los lugares y los hombres son la carne de Rulfo, su armazón; de eso puede hablar horas, soltarse por ese rumbo con la palabra justa, campesina, y el gesto irónico, el adjetivo casi mortal. Se le puede preguntar, por ejemplo: ?¿El día que mataron a su padre -Rulfo tenía seis años- fue la primera vez que usted vio la violencia de cerca?'. Y ahí está Juan Rulfo, el narrador". En breve, la editorial Mil Botellas publicará un libro que rescata esas entrevistas del autor de Kincón y allí se podrá ver la manera en la que usaba "el humor, la distancia cuando lo requiere y la fluidez cuando él lo pretende", adelanta el editor Ramón Tarruella.

Por su parte, Martín Caparrós, que entrevistó a personalidades tan distantes entre sí como Videla, Cortázar, Bioy, Kapuscinski, Fuentes, Mercedes Sosa o el Indio Solari, comenta: "Una entrevista es una charla artificial entre dos personas que no se conocen y que tienen intereses muy específicos -uno quiere difundir sus actos o sus ideas, el otro cobrar un dinero y/o mejorar en su trabajo-, y creo que debe ser contada con todos los recursos posibles: debe contarse la situación, lo que el autor sabe sobre el entrevistado, otras cosas que dijo. Creo, en síntesis, que debe ser contada como cualquier otro asunto, con todos los recursos de una buena crónica".

Lograr el momento

Bowie, cigarrillo en boca, trata de ayudarle a arreglar el grabador que, endiablado, dejó de funcionar. Algo, después de eso, se desata. C ómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento, de Fernando García (Malpaso) reúne dieciséis imperdibles entrevistas a rock stars. En el prólogo, el mexicano Juan Villoro señala que entrevistar a estrellas de rock se ubica entre las tareas más apasionantes e ingratas del periodismo. Una estrella fugaz a la que hay que perseguir para arrancar de ellas algo más que monosílabos. Hay algo épico, y a la vez reivindicativo.

García muestra "la cocina" de la entrevista: el miedo a que el grabador se pare sin aviso, la llamada a la noche, las corridas. "La idea es apostar a ella como género periodístico narrativo -explica-. No son crónicas, son entrevistas. Y el behind the scene, la contextualización, son parte de eso. Traté de mostrar la distancia que hay entre estos tipos y los periodistas latinoamericanos. Es como intentar cazar un animal raro" ¿Y en medio de esa vorágine, cuándo el periodista se va sabiendo que salvó el día? "Es algo que se adquiere -dice-. En el momento de la entrevista hay un click, es una energía, decís "ya está" y apagás el grabador".

Christian Kupchik ha apoyado su grabador sobre mesas de cafés, de livings lujosos, de habitaciones de hotel durante más de treinta años. Una vez entrevistó a Tom Waits en Estocolmo y la charla fue contra la corriente con el músico hastiado del desfile de periodistas hasta que se detuvo en las zapatillas del entrevistador y le dijo: " Man, I love your shoes". Esas zapatillas fueron el portal para que algo se aflojara y la charla fluyera. "Son tipos hartos de dar entrevistas, con un sistema de respuestas rápidas, poco comprometidas. Se preparan como personajes. La idea es buscar el punto de interés, sacarlos de esa rutina, encontrar esos nudos clave que te hacen entender mejor la perspectiva del personaje", dice Kupchik. En Todos estos años de gente muestra de qué manera aborda a Siri Hustvedt (saludándola en noruego, en Buenos Aires), a John Updike. "Hay que estar libre de prejuicio y abierto a lo que te proponen las circunstancias. A veces se dan cosas por azar. Yo no esperaba que António Lobo Antunes se pusiera hablar de la muerte de su ex mujer y cómo se quedó asistiéndola."

En el prólogo a su libro, Kupchik habla de un diálogo entre Susan Sontag y Borges, que incluye al final. Ese intercambio, dice, lo resume todo: es "ver al otro a través de la niebla". Y concluye: "Es probable que no siempre tengamos una visión acabada de los contornos reales de quien habla, pero con seguridad sus palabras nos alcanzarán para moldear sobre un vidrio esmerilado el esbozo de otra manera de ser en el mundo". Quizá se trate de eso; de intentar un atisbo de ese rincón que se ilumina, más allá de las sombras.

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