Un territorio vasto en representaciones que se refugia en los libros

La naturaleza ocupa un lugar creciente en el mundo editorial; crónicas, ensayos, novelas y poesía ofrecen al lector urbano viajes por paisajes lejanos. En la foto, dos exponentes de esas voces: Gary Snyder (izq.) y Juanele Ortiz (der.)
La naturaleza ocupa un lugar creciente en el mundo editorial; crónicas, ensayos, novelas y poesía ofrecen al lector urbano viajes por paisajes lejanos. En la foto, dos exponentes de esas voces: Gary Snyder (izq.) y Juanele Ortiz (der.)
Carolina Esses
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8 de julio de 2018  

La repercusión de libros como Leñador, de Mike Wilson, novela que propone una viaje a los bosques del Yukón, y El peregrino, de J. A. Baker, que se asoma a la vida de los halcones peregrinos en Inglaterra; la reedición de la obra de Thoreau; la publicación de una nueva biografía de Humboldt; los siempre vigentes diarios de viaje de Darwin y Fitz Roy, además de numerosos ensayos que reflexionan críticamente en torno a la llamada "conciencia verde": la naturaleza ha vuelto a ocupar un lugar de peso dentro del campo editorial. ¿En qué consiste este regreso? ¿A qué bosque se vuelve, hoy, cuando se lee, por ejemplo, Walden y la vida en los bosques? ¿Qué provocan versos que celebran la contemplación de la montaña y el camino como los del norteamericano Gary Snyder?

Para el habitante de la urbe occidental, el tema ha estado ahí siempre: territorio del imperio como en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; bosque urbano en El palacio de la luna, de Paul Auster, refugio o nostalgia por lo que alguna vez imaginamos como salvaje y fértil.

"Para mí se trata de un fenómeno editorial continuo, aunque con oleadas de mayor intensidad", dice Eric Schierloh, escritor y editor de Barba de Abejas. Esta editorial ha publicado traducciones locales de clásicos como Naturaleza, de Ralph Waldo Emerson, libro que dio origen al trascendentalismo norteamericano, y de poemas de Melville y Thoreau, así como de diarios de viaje, entre ellos Caminos secundarios a pueblos lejanos, de Matsuo Basho.

Lo sabían los naturalistas, esa escuela francesa del siglo XIX que creía que la palabra podía dar a conocer el mundo y su especificidad: representar la naturaleza requiere de un gran esfuerzo descriptivo. Aquí es donde se ubica Leñador, de Wilson, un argentino norteamericano que reside en Chile. Wilson invita al lector a adentrarse en el universo natural de los leñadores. Salvador Cristófaro, responsable de la edición local de la novela y editor de Fiordo, menciona el trabajo de Schierloh en el país y señala que, en España, editoriales como Errata Naturae o Turner tienen catálogos que son el sueño hecho realidad de cualquier lector amante de la naturaleza. "Es un fenómeno que sobre todo se dio fuerte en el mercado anglosajón", comenta.

¿Por qué figuras como Thoreau o Emerson interpelan al lector de hoy? "Puede que sea cierta propuesta de una relación prístina y en primera persona con un entorno natural en medio de un mundo hiperindustrial y digitalizado como el actual -arriesga Schierloh- . Hay un afán de escape y de introspección. El trascendentalismo además plantea esa relación en términos de exploración, de encuentro con la naturaleza como productora de símbolos, terreno muy fértil para escribir".

Lo cierto es que la lectura de Thoreau, de quien aquí se reeditó recientemente Una vida sin principios (Godot), ha tomado un carácter iniciático, transformador. Después de leer su obra el mundo no se mira con los mismos ojos. Nunca mejor descripto este efecto que en Hacia rutas salvajes, el libro de Jon Krakauer que recoge la experiencia del viaje de Chris McCandless hacia los bosques de Alaska. A pesar del desafortunado desenlace -McCandless muere solo en un ómnibus abandonado-, el libro plantea un interesante mapa de lecturas que incluye a Thoreau pero también a Jack London y a Tolstoi.

Basta recorrer las librerías para constatar que gran parte de los ensayos que se publican en relación a la naturaleza están focalizados en la ecología: pensar en términos de una conciencia verde, universal, indiscutible -¿quién en su sano juicio desearía un planeta en el que la contaminación impidiera la vida de hombres y mujeres?- y en la puesta en práctica de determinadas políticas medioambientales.

Desde la llamada antropología de la naturaleza, investigadores como el francés Philipe Descola, el inglés Tim Ingold o el brasileño Eduardo Viveiros de Castro están produciendo importantes aportes. Si de ensayos se trata, vale destacar el aporte de la editorial Cactus, en cuyo catálogo se encuentran libros que piensan la naturaleza desde la filosofía. Allí, además de textos de Bergson y de Guattari, encontramos esa joya que es A ndanzas por los mundos circundantes de los animales y los hombres, del etólogo alemán Jakov von Uexkull (1864-1944), un libro de culto que inspiró al filósofo Giorgio Agamben.

Si hay un género en el que la naturaleza está siempre presente es la poesía. Gog y Magog había publicado en 2008 Todas las palabras para decir roca, un libro que recogía los poemas del norteamericano Gary Snyder , un poeta en el que la naturaleza ocupa un lugar fundamental. El año pasado, la editorial Buenos Aires Poetry incluyó algunos de sus poemas en la antología Poesía Beat. El budista Snyder (el Japhy Ryder de Los vagabundos del Dharma, la novela de Jack Kerouac) construyó toda su literatura alrededor de su vida en los bosques de California. Sus poemas invitan a la introspección y revalorizan la tradición de los pueblos originarios en su relación con la naturaleza: "Nadie ama a la piedra, pero aquí estamos!Los fríos de la noche. Algo que se mueve/ rápido a la luz de la luna/ allí atrás invisibles/ orgullosos ojos fríos/ de un Puma o Coyote/ me observan levantarme y partir".

En la Argentina, la tradición del paisaje que tiene en Juanele Ortiz y el grupo de Santa Fe a sus exponentes más importantes, sigue vigente. En Juanele, la naturaleza y el río adquieren una presencia poderosa. Más cerca de Buenos Aires, el Delta cuenta con decenas de poetas que lo celebran en sus versos, Diana Bellessi entre ellos. Javier Cófreces y Alberto Muñoz le dedicaron a la zona -real y simbólica- su monumental Tigre (Ediciones en Danza).

Alicia Genovese, cuya obra reunida bajo el nombre de La línea del desierto acaba de publicar Gog y Magog, es de aquellas poetas cuya escritura se engarza en la naturaleza. "Estar dentro del paisaje implica desidealizar la mera actitud contemplativa. No es un espacio virtual, sino el de los acontecimientos muchas veces inesperados", dice Genovese. "Ese contacto con el paisaje y la naturaleza obliga a afinar la escucha de los sucesos y las transformaciones, a tratar de prever los cambios de eso vivo que nos rodea, donde no solo somos conciencia, sino también percepción intraducible".

Diego Alfaro Palma, poeta chileno que reside en Buenos Aires, ofrece una serie de talleres que piensan la poesía latinoamericana desde la naturaleza y el paisaje. Sus clases se dividen en "Araucarias y cordillera", donde se aborda la obra de Nicanor y Violeta Parra; "Islas", donde se analiza a Lezama Lima, Fina García Marruz, Enrique Lihn y Virgilio Piñera; "Playas", donde se lee a Antonio Cisneros y Pablo Guevara. Así, en ocho sesiones, recorre una geografía posible, más imaginaria que real.

La ciencia ficción se ha dado a imaginar mundos hipotéticos. En alguno de ellos, la naturaleza es simplemente una ausencia. Quizá estos mundos ya estén en este, el que nos toca vivir. Por lo pronto, en lo cotidiano, así como en los libros, la naturaleza sigue siendo territorio de múltiples representaciones. Y por momentos permanece como un objeto de deseo, un lujo que el habitante de la gran ciudad busca en la literatura.

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