Un día de invierno, sentada sobre un viejo árbol caído

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: Ilustración: Kalil Llamazares
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8 de julio de 2018  

No era un arma, era un cuchillo mediano de filetear pescados. La hoja, en la que se leía Dehillerin-Paris, de tanto afilado estaba muy fina. Con mango de madera negro, tenía un estuche de cuero gastado y lo llevaba en el bolsillo de su saco, arropado entre sus dedos. El saco tampoco era de ella, también se lo había regalado su padre. Era un blazer añoso; un hermoso tweed escocés camello negro que de tanto uso abrazaba los trazos de la vida de quienes lo llevaban, los de su padre y ahora también los de ella.

En invierno, como ese día, ella se lo abotonaba hasta arriba levantando el cuello y cerrando ese ultimo botón escondido debajo de la solapa que le daba abrigo al pecho. Parecía imposible, pero era cierto que en medio siglo él nunca perdiera un botón; ellos tenían un arraigo de noble hechura, y cada vez que los abotonaba parecían conocer los espacios del ojal con hidalguía, certeza y comodidad, como las echaderas de las liebres o como la cabeza de su amante, que a la siesta se dormía sobre su mano.

Antes de salir se había mirado al espejo y se sintió protegida por aquella lana tejida que abarcaba el apresto de tanta tradición. Mientras caminaba por el bosque ella pensaba que la vida le había enseñado eso; conocer y apreciar los pequeños gestos de los objetos; la pátina de su colección de bronces, los ladrillos de su casa carcomidos por el tiempo o las manchas de los espejos biselados que parecían haber dormido siempre como silenciosos testigos del comedor de su casa. La correa de cuero de su bolso, que llevaba cruzado en el pecho, colgando sobre su espalda, contenía sus tesoros para el mediodía.

Frecuentemente salía sola a caminar por horas en el bosque que conocía con detalle, del ir y venir desde que era una niña. Vio que un viejo y enorme árbol había caído de raíz y se acercó a mirarlo, su tronco magnánimo había destrozado todo lo que había encontrado a su paso. Lo midió con pasos y contó sesenta y ocho metros de extensión. Seguramente cientos de años habían formado aquel tronco que en la base tenía varios metros de diámetro.

Decidió que era un buen lugar para almorzar, el árbol había dejado un abra en el cielo y entraban algunos rayos de sol. Con cuidado juntó astillitas secas y palitos para encender el fuego y desempacó su bolso, que como siempre contenía su rara cacerola rectangular y dentro de ella todo lo necesario para cocinar, una pequeña botella de vino tinto, una servilleta y una copa.

Caminó con la cacerola hasta el arroyo a buscar agua y con dos troncos mojados, que usó como apoyo, la puso sobre el fuego a hervir para hacer sus verduras. Sentada sobre el enorme viejo árbol cortó sobre su rodilla, con la ayuda del cuchillo, las legumbres que fue echando dentro de la cacerola, incluidas tres papas pequeñas que puso enteras. Poco le importaban las verduras, pero sí los dos huevos celestes de gallinas colloncas que haría al final pasados por agua.

Caminó hasta el pozo que había dejado el árbol al caer y como le había enseñado Franco, el jardinero italiano de su niñez, abrazó el espacio que había dejado el árbol. Él le decía que aquellos espacios habitados por los troncos por siglos contenían salud y sabiduría, y que al rodearlos con los brazos por varios minutos se recogía su aura, haciendo nuestra su gentileza y comprensión.

Cocinó sus huevos y se dispuso a comer sus verduras con una rodaja de pan de campo embebida en aceite de oliva y ajo con orégano.

El vino la llevó a recostarse con un libro de poesías de Idea Vilariño. La tarde se olvidó del día y ella también. Los dos al sueño de una siesta.

Al despertarse, la poesía estaba aún con ella: "Ya no. No me abrazarás nunca como esa noche, nunca. No volveré a tocarte, no te veré morir".

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