Las probadoras: las catadoras del dictador

Muy buenos trabajos interpretativos con la batuta de Rubens Correa
Muy buenos trabajos interpretativos con la batuta de Rubens Correa Crédito: Prensa
Verónica Dema
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7 de julio de 2018  

Muy buena / Libro: Pedro Gundesen / Intérpretes: Alejandra Hollender, Romina Moretto y Fidel Vitale / Música: Mariano Cossa / Vestuario: Daira Gentile / Escenografía: Natalia Byrne, Aureliano Gentile / Iluminación: Leandra Rodríguez / Producción general: Cooperativa "Las probadoras" / Producción ejecutiva: Melania Barreiros / Dirección: Rubens Correa / Sala: Teatro del Pueblo, Av. Pres. Roque Sáenz Peña 943 / Funciones: Sábados, 21 / Duración: 60 minutos.

Cuando los espectadores entran a la sala, dos mujeres están en el centro de la escena. Margot (protagonizada por Romina Moretto) y Nora (Alejandra Hollender) son dos hermanas encerradas en una especie de cubo imaginario, que es una cámara Gesell. Desde afuera un joven de uniforme (Fidel Vitale, en la piel de Murat) las mira. Da la sensación de que ellas estuvieran algo extraviadas, sin referencias temporales claras. Ellas son Las probadoras, tal es el título de la obra de Pedro Gundesen que dirige Rubens Correa en el Teatro del Pueblo. Ellas son las que esperan a que les pasen platos con comida para probar por precaución: hay que cuidar que no envenenen al líder.

La obra explora el universo femenino y nació de dos disparadores: el testimonio de Margot Wölk, una de las quince jóvenes mujeres que trabajaban como "catadoras" de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, y un tratado del siglo XX llamado "La técnica de la seducción, de Doris Langley Moore", que constituye el núcleo de la conversación entre las hermanas y que refleja el pensamiento patriarcal socialmente instalado durante siglos.

En Las probadoras, tanto Margot como Nora están atravesadas y definidas por varios de aquellos conceptos. Pese a tener distintas personalidades, ambas se cuestionan ser atractivas o no en términos de lo determinado por el hombre, les cuesta ejercer su libertad para gozar de sus cuerpos, no se atreven a pensar en su realización personal. La revolución feminista de estas horas, que pone en cuestión valores aceptados como verdades, vuelve a la obra reveladora del cambio de época.

El trabajo de las actrices contribuye a potenciar la propuesta artística. Ellas se entienden en el escenario y logran transmitir una hermandad, una historia común y sus incomprensiones mutuas que, sin embargo, a partir de esta experiencia extrema en un subsuelo gris de hormigón parecieran diluirse en parte y dejar ver algo del amor que se tienen.

En ese espacio que comparten, cada partícula del escaso aire que las contiene está atravesada por el poder. El poder de los rebeldes sobre el dictador, el poder del líder sobre sus soldados, el poder de una hermana sobre la otra, el poder de un padre sobre su hijo, el poder de un guardia adolescente sobre las hermanas.

La inclusión del hijo de uno de los tenientes del régimen agrega el eslabón vulnerable en esta cadena de poder. Aún es demasiado joven para completar su adoctrinamiento; a pesar de ser un fascista en potencia, todavía escucha sus propias pulsiones. Esa vulnerabilidad es la única rotura en el sistema. Esa filtración es lo que nos permite seguir teniendo esperanza. El diseño del sonido acompaña esta mirada: mientras que durante toda la puesta se oyen chicharras ensordecedoras que se imponen como castigo, al final aparece la música, una suave melodía en piano.

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