Y la nave va, entre tiburones que acechan

Héctor M. Guyot
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7 de julio de 2018  

Son semanas sin tregua. De pronto la realidad se confabula y aparecen, con sutiles variaciones, algunos elementos de aquel viejo y conocido drama que los argentinos parecemos condenados a repetir como si fuéramos víctimas de una insobornable maldición. A todos nos horroriza el desenlace, pero a veces parece que los actores se someten con secreto deleite a los imperativos del guion. Todo lo que tienen que hacer es lo de siempre, algo que sale muy bien, puesto que son veteranos de las tablas y lo han ensayado una y mil veces: tirar cada cual para su lado, cueste lo que cueste y sin miramientos, pero como si estuvieran sacrificándose en el altar de la patria. Así la tragedia se encarrila en un crescendo previsible hacia el apocalipsis final, en una celebración de la destrucción ofrecida a los dioses sanguinarios del poder y el dinero. La fiesta pagana, como siempre, la pagarán los pobres inocentes. Cinco siglos igual.

En estos días, la tensión escaló en el encuentro entre las organizaciones sociales que dominan la calle y el Gobierno. Ante una respuesta que juzgaron insuficiente, algunos referentes amenazaron con marchar hacia la puerta de los supermercados. Ya sabemos cómo sigue la historia. "Las soluciones que el Gobierno ofrece a la agravada situación social son como ofrecer una aspirina para un escenario de enfermedad terminal", dijo Daniel Menéndez, de Barrios de Pie. Es muy probable que tenga razón. Si la ayuda se multiplicara resultaría un alivio necesario para las familias que empiezan a sufrir el rigor de la crisis, pero no alcanzaría para revertir el curso de los acontecimientos, impulsados con fervor autodestructivo por distintos sectores.

La única posibilidad de salir es ir más allá del diagnóstico y entender qué fue lo que llevó al paciente terminal al borde del abismo, para no repetirlo otra vez. Algo complicado, por los ruidos ideológicos y mediáticos que nos aturden. La cosa sería más fácil si la hipocresía no pudiera ocultarse detrás de palabras arteras y se inscribiera de alguna forma en el rostro del cínico, delatándolo. Así, los discursos en el Congreso de los Moreau, Rossi o Tailhade seguirían siendo un bochorno, pero al menos reportarían algún beneficio. En ese caso, serían también provechosas las palabras de un Bossio y de muchos massistas, y hasta del mismo Pichetto. Es decir, de todos los que se erigen ahora en alternativa racional de un gobierno al que critican y aleccionan, después de haberle suministrado al paciente durante años el veneno que lo ha dejado en su actual estado de postración. Y todo con el único afán de volver, no de curarlo. Pero de eso no se habla. Ni el Gobierno lo hace, congelado en la duda de buscar o no un acuerdo con el peronismo "racional". Sin una autocrítica clara de las responsabilidades en la alienación de la década kirchnerista, que nos ha dejado como estamos, ¿hay razón que valga?

Pero el Gobierno no solo enfrenta tiburones en la política. El mar revuelto del capital está infestado de ellos. Aquí muerden bancos, grandes empresas y fondos de inversión que solo veneran al dios dólar, el sol alrededor del cual gira la economía argentina y a cuyo altar vamos todos los días a rezar. Cada cual con su plegaria. Incluso los que buscan que los pesitos que ahorran no se derritan al calor de la crisis. Ese amor por la moneda extranjera expresa, después de tantos desengaños, la desconfianza que los propios argentinos le tenemos al país y que hoy el Gobierno padece en carne propia. ¿Por qué van a traer dinero los inversores extranjeros si todo el ahorro de aquellos argentinos que han tenido la fortuna de hacer fortuna está a buen resguardo afuera del país? La desigualdad también se explica por eso.

En medio de la tormenta, al Gobierno se lo siente lejos, concentrándose en planillas y números, pero descuidando algunos de los peligros que lo acechan en un mar impiadoso, donde nadie entrega nada porque prevalece la idea enfermiza de que si no mordés primero, te degluten. Y no parece aconsejable que el capitán, ensimismado en el ejercicio cerrado y autosuficiente del poder, se olvide de atender a los pasajeros. Además de los conflictos de interés, al Gobierno le puede costar caro resignar la batalla de la palabra, en la idea de que alcanza con llevar firme el timón y con la buena onda para atravesar la tempestad. Ya ha pagado costos suficientes por eso. Según encuestas recientes, un 70% de los argentinos quiere que le vaya bien. Y cuenta con el apoyo de un 40%. Es un capital más valioso que los fondos frescos que han llegado al rescate. En toda travesía, los pasajeros quieren saber por dónde avanzará la nave y los obstáculos que deberá sortear en el intento de dejar el mal tiempo atrás.

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