Jazmín Stuart: "Traicioné deseos muy profundos en lo profesional"

Actriz, guionista y directora, el presente la encuentra en un momento profesional en el que, asegura, hace solo lo que le gusta
Actriz, guionista y directora, el presente la encuentra en un momento profesional en el que, asegura, hace solo lo que le gusta Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal/afv
Mariana Perel
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7 de julio de 2018  

A los seis años escribía cuentos. A los doce estudiaba actuación. Se recibió de directora cinematográfica en la Universidad del Cine (FUC) a los 21, momento en que comenzó a actuar en televisión, cine y teatro. Más de veinte años de carrera la ubican hoy donde quiere: "Estoy afianzada como actriz, guionista y directora. Aunque tengo un montonazo para aprender, siento que, con mucho esfuerzo, lo logré". Lleva en su haber tres largometrajes: Desmadre (coescrita y dirigida junto a Pablo Martínez), Pistas para llegar a casa (guion propio y dirección) y Recreo, estrenada el 8 de mayo de este año, donde se anima a coescribir, codirigir (junto a Hernán Guerschuny) y actuar.

Jazmín Stuart siempre supo hacer de sí misma un material sensible para el arte: "De chica escribía diarios íntimos y cuentos compulsivamente, me urgía escapar, desplazarme a otros mundos. Aunque mis padres eran creativos, había algo de la realidad que me resultaba rígido. Además, vivía con la sensación de que el tiempo era inapresable. Supongo que escribía para capturar algo de tiempo".

Fue al cine por primera vez a los cinco años. Cuando se apagaron las luces no pudo contener el llanto. Desconsolada. Sintió alivio cuando la pantalla se iluminó. "Siempre tuve miedo a la oscuridad. Durante la infancia la imaginación es poderosa, la oscuridad es terreno fértil para fantasear cosas fuertes. Supongo que la pantalla me alivió tanto que terminé dedicándome al cine, algo de eso hay. Poder ver es un alivio".

-Escribís guiones, actuás, dirigís. ¿Qué se te juega en cada rol?

-Al actuar se necesitan arrojo y extroversión; te entregás y exponés en cuerpo y alma. Escribir es todo lo contrario: una actividad introspectiva, íntima, de recogimiento. La dirección está en el centro: la mitad de tu cerebro anclado en el guion, conectado con lo que se busca contar; la otra mitad, disponible para comunicar imágenes a un equipo técnico con lenguajes muy diversos. Los tres roles implican un descanso de los otros dos. Un circuito saludable.

-¿Será que tienen algo en común?

-En todos hace falta estar conectado. Si cortás la comunicación con vos mismo, el material se vuelve estéril. Son oficios ligados a lo emocional.

-Alguna vez dijiste que escribís sobre lo conocido, ¿también hay un querer saber?

-Totalmente. Aunque mis películas ronden temas que conozco, como lo femenino, la maternidad, los vínculos de pareja o fraternales, Recreo propone una gran pregunta que, también, me pertenece. Los que rondamos los 40 y construimos familia, oficios, bienes, ¿cómo hacemos para explorar, desde la liviandad, teniendo que sostener una estructura gigantesca? ¿Dónde queda la individualidad, el eterno autodescubrimiento? Son búsquedas adolescentes que reaparecen en esta etapa. La contradicción es inmensa.

-En Recreo interpretás a Lupe, ¿por qué?

-Lupe me llamó mientras la escribía, me convocó desde lo más profundo. Habitarla me posibilitó una catarsis hermosa, porque hay muchas ideas, quizá no biográficas, pero sí producto de la observación del sistema en el que vivimos que, también, son mías.

-Tu personaje asegura que ser adulto implica sentir culpa, ¿coincidís?

-Claro, porque cuando uno crece convive con el impulso de trascender la norma y eso genera culpa. Estamos atrapados en algo del orden versus el impulso.

-¿Qué te da culpa?

-Traicioné deseos muy profundos en lo profesional y eso me da culpa. Empecé a actuar en televisión a los 21 años creyendo que debía entrar al sistema industrial y económico de producción. La culpa es conmigo, porque algo me decía que no era por ahí. Me daba cuenta de que el juego del éxito y el fracaso no responde al verdadero éxito, a eso que te llena el alma y te hace sentir libre y creativo. Pero seguí igual. También era consciente de que estaba aprendiendo una metodología de trabajo, y me sirvió.

-¿Seguir el deseo propio tuvo un costo?

-Sí, claro. Ser actriz y directora es difícil, es casi como ser una doble agente. Tanto los actores como los productores te miran con desconfianza. Por un lado, a los productores les cuesta creer que un actor esté preparado para dirigir; por el otro, a los actores les cuesta ser dirigidos por un par. Después se dan cuenta de que, en realidad, es un beneficio saber estar de los dos lados. Al principio costó, pero ya no tanto.

-¿Por qué trabajar con amigos?

- Suma un montón: conocés las herramientas del otro, y viceversa. La comunicación es fluida. Además, en el set de filmación quedás muy expuesto: te entregás, vas a lo profundo, soltás, te dejás ir. Eso solo pasa cuando las personas confían unas en otras.

-Acabás de terminar dos guiones propios: La bestia y El cuerpo; estás abocada a escribir el guion de una miniserie por encargo de una gran productora que por contrato no podés nombrar. ¿Cuándo dejás la página en blanco?

-Cuando estoy con Manu, mi hijo, porque me arrastra a su universo; me dejo llevar y eso me relaja. O cuando bailo: si no me concentro en el movimiento, la postura y la fuerza, me caigo. No queda otra que bajar al cuerpo. Pura realidad física. La mente descansa.

-Has dicho alguna vez que el cine propone un viaje maravilloso. ¿Próximo destino?

-Sé que quiero hacer películas, pero en este momento empiezo a identificar elementos que se repiten en mi universo narrativo y aparece la necesidad de romper mi propio lenguaje. La curiosidad por salir y explorar otras aguas. No solo me refiero a qué contar, sino cómo. Admiro cuando un cineasta pega el salto y rompe su propia gramática. Estoy con ese desconcierto, no por rebeldía, sino para ser capaz de sintetizar en imagen y sonido. Darme cuenta de cómo puedo contar más con menos, algo así.

- ¿Cómo es tu registro del paso del tiempo?

-La sensación es que todo va cada vez más rápido, aunque sé que esa velocidad es ficticia, porque siempre estamos en el pasado o en el futuro, entonces el presente se comprime. A veces logro expandir el presente y siento que el verdadero tiempo es ese. Lo veo claramente cuando trabajo, en ese momento estoy ahí, con el presente expandido.

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