El futuro no llegó. Pero existen nuevas formas de salir a buscarlo

Cómo son las técnicas de planificación que ayudan a reducir la incertidumbre en la vida económica, política y social
Cómo son las técnicas de planificación que ayudan a reducir la incertidumbre en la vida económica, política y social Fuente: LA NACION
Sonia Jalfin
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7 de julio de 2018  

Sybill Trelawney es una de las la profesoras más vapuleadas de toda la saga de Harry Potter. Enfrentada con otros profesores que descreen de sus poderes, Trelawney -Emma Thompson en las películas- es cuestionada por su alumna más sobresaliente, Hermione Granger, y hasta el propio Harry se burla de ella. Su materia es la adivinación y ya en la primera clase advierte que los libros servirán de poco. Predecir el futuro parece una tarea poco seria y rigurosa, incluso para el mundo mágico de Harry Potter.

Sin embargo, las especulaciones sobre el futuro son parte central de la experiencia humana. Basamos nuestra supervivencia como especie en la capacidad de anticiparnos y aplicamos esa habilidad a todos los dominios. El futuro y su predicción son como la avenida en la cual avanzan los debates sobre innovación, aunque con un tránsito de hora pico: existen desde el Instituto para el Futuro Deseado, en Francia, hasta la ONG Future of Fish, sobre el porvenir ictícola. Desde la institución Future of Life, que trabaja en inteligencia artificial y neurobiología, hasta el festival del diario The Wall Street Journal que se llama "Futuro de todo".

Anticipar qué pasará en terrenos tan cambiantes y vertiginosos como el de la robótica o la computación cuántica resulta central para cualquier industria y campo de conocimiento porque se trata de tecnologías multipropósito cuyas aplicaciones pueden influir en casi toda actividad. Lo mismo ocurre con fenómenos naturales, sociales y demográficos.

Por eso son cada vez más frecuentes los ejercicios de pensamiento prospectivo. Se trata de técnicas de reflexión grupal para imaginar múltiples futuros y prever sus implicancias. Son un complemento de la planificación estratégica, que a veces parece el futuro oficial y unívoco que las organizaciones se fabrican.

Si eso es necesario en países donde la tasa de inflación no varió en los últimos 10 años, tal vez sea aún más útil en la Argentina. "La volatilidad macroeconómica y política de nuestro país requiere entender mejor cuáles son las certezas y cuáles los elementos variables, para reducir la incertidumbre sobre el futuro. Sin embargo, los ejercicios de pensamiento prospectivo se utilizan poco fuera del ámbito corporativo", señala Julia Pomares, directora ejecutiva del think tank Cippec.

"Cuando los cambios se aceleran como ahora, la distancia entre pasado y futuro se vuelve borrosa. Como dice el físico Carlo Rovelli, el sentido común indica que sabemos mucho del pasado, mientras que el futuro es desconocido, pero a veces tenemos algunas certezas sobre el futuro y poca información sobre el pasado. Es lo que sucede hoy, cuando podemos estimar elementos del futuro con instrumentos técnicos cada vez más precisos", agrega.

Pomares acaba de participar en Berlín de un ejercicio de pensamiento prospectivo sobre el futuro de la política organizado por la consultora PwC en el marco del T20, la alianza de think tanks globales que produce recomendaciones de política para los líderes del G-20 y que se reunirá en Buenos Aires en septiembre.

"La actividad de Berlín intentó dar un marco al pensamiento sobre el futuro, más que hacer proyecciones específicas sobre un futuro determinado", señala Blair Sheppard, líder global de estrategia y liderazgo de PwC, quien moderó la reunión. Ocupar su rol exige grandes dosis de conocimiento sobre los temas y una enorme flexibilidad para guiar a los participantes -especialista de distintas trayectorias y nacionalidades- entre distintas versiones del futuro.

Los ejercicios de este tipo se conocen en inglés como scenario planning. La traducción es elusiva porque no se habla acá de un equivalente al escenario en español -la tarima fija sobre la que se paran los actores-, sino de la escena misma: el contexto cambiante que da marco a los actores y a la vez es influido por ellos.

Los ejercicios de scenario planning nacieron en el ámbito de la inteligencia militar, en los escritos del militar prusiano Carl von Clausewitz sobre planeamiento estratégico de mediados del siglo XIX. Mucho más cerca en la historia, en los 70, la petrolera Royal Dutch Shell aplicó la idea de escenas futuras a los negocios.

El abecé para construir estas escenas es definir claramente la pregunta que se quiere responder, establecer cuál es la información ya conocida al respecto (las tendencias generales que nadie cuestiona) y luego detectar dos variables que pueden ser determinantes en el futuro, aunque no sean las más evidentes. Las dos variables elegidas, al cruzarse, generan cuatro escenas.

En la reunión de PwC sobre el futuro de la política, por ejemplo, las tendencias incuestionables que se plantearon fueron cinco: el cambio tecnológico, el envejecimiento poblacional, el reacomodamiento del poder económico, el crecimiento de la población urbana y la transformación de recursos naturales y el clima. Y como variables que definen las distintas escenas posibles se habló de mayor o menor concentración de las empresas, y mayor o menor globalización de las decisiones políticas. Así se obtuvieron cuatro situaciones diversas y se pudo imaginar cómo funcionarían esos mundos.

El paso final de estos ejercicios es describir cada mundo futuro en detalle: sus posibilidades, ventajas y desventajas. Incluso se evalúan situaciones que empiezan en un mundo y llegan a otro. Para eso la capacidad del moderador es esencial. "Necesitamos usar analogías y narrativa que permitan visualizar cómo se llegará a cada futuro planteado", señala Sheppard. "A veces las ideas se descartan porque falta imaginación para entender cómo se podrían unir los puntos de partida y de llegada. Las analogías les dan fuerza a ideas que aún no fueron bien defendidas porque son nuevas. Una historia atrapante es difícil de descartar". Algo así habrá pensado J. K. Rowling cuando escribió Harry Potter: la adivinación como ciencia puede ser inverosímil hasta en una escuela de magia, pero la magia de la narrativa puede transportarnos a futuros muy productivos.

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