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En la piel de un escritor

LA MUJER DEL MAESTRO Por Guillermo Martínez (Planeta)-159 páginas-($ 19)
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11 de noviembre de 1998  

NACIDO en Bahía Blanca, en 1962, Guillermo Martínez es, además de escritor, doctor en Ciencias Matemáticas. Luego de un volumen de cuentos premiado por el Fondo Nacional de las Artes, entró por la puerta grande a la novela con Acerca de Roderer (1992), que se inscribió por derecho propio en la notable tradición literaria del mito fáustico.

"Un buen libro... casi cualquiera puede hacerlo... lo difícil... es el segundo", le dice el maestro al joven protagonista, que acaba de publicar su primera novela. Y La mujer del maestro es, entre otras cosas, la puesta en relato de ese problema: cómo escribir lo que se está escribiendo, mientras, simultáneamente, se piensa en escribir otra novela que traslade a nuestra época un antiguo mito. Como antes el de Fausto, ahora el de Prometeo.

El título es un evidente homenaje a Henry James, autor mencionado y muy presente en ambas novelas de Martínez. Y si bien la trama de este relato no sigue de cerca La lección del maestro, de James, hay paralelismos: el mundillo social de los literatos, los consejos del escritor mayor al joven promisorio, una mujer entre ambos.

De las varias y saludables continuidades que podrían señalarse en esta novela con respecto a la primera del mismo autor, una es la prueba de que, a la hora de escoger, no se queda en desafíos pequeños. Porque no es poca cosa ponerse en la piel de un escritor maduro cuando se está en medio del camino de la vida y en el tercer libro, por más que en el segundo se haya alcanzado ya una sorprendente madurez. Martínez, exento de mayores autocomplacencias (tal como se advierte en la frase citada al principio de esta reseña), sobrelleva con dignidad el desafío que se impone. Y lo hace aun en el punto de mayor riesgo: dar voz al maestro, sin grandes revelaciones e incluso (y si la intención de esto es crítica, no se ve claramente) con cierto desliz hacia un lugar común casi tan antiguo como la literatura, lo que podría llamarse el " déjà dit ": la idea de que en materia literaria ya está todo dicho. (cuentan que Esquilo, cuyo Prometeo encadenado se cita en La mujer ..., dijo que él se alimentaba de las migajas de Homero).

También como en Roderer , Martínez se muestra capaz de crear y sostener una intriga sin caer en un malentendido muy común en nuestros días: el de confundir intriga con su versión más obvia, el policial. Lo cual no quita que, al promediar el relato, la tensión decaiga un poco y que, sobre el final, se recupere con ayuda de algún recurso afín al policial y una suma de coincidencias no del todo verosímil. Pero el robo del "fuego sagrado" del maestro tal vez sea, finalmente, la apuesta prometeica.

Pese a la odiosidad de las comparaciones, quienes hayan celebrado la primera novela de Martínez quizá sientan que la segunda no alcanza igual altura. Si es así, deberá atribuirse más a los méritos de la primera que a los deméritos de esta segunda, que acaso con el tiempo resulte ser el descanso entre dos tramos de una escalera ascendente.

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