Macri no quiere echar nafta al fuego

7 de julio de 2018  

Hay una empresa cuyo comportamiento puede revelar en los próximos meses gran parte del rumbo del Gobierno. Es YPF . La petrolera fue en los últimos días motivo de conversación por varias razones. El más visible, el modo en que se desmoronó el valor de su acción, que pasó de algo más de 27 dólares en enero a 13,90 después del despido de Juan José Aranguren del Gobierno. Ese reemplazo en el Ministerio de Energía, que Macri justificó delante de su exministro en un pedido expreso del ala política de Cambiemos, infundió en ese momento perturbación en el mercado: ¿podría la Argentina retomar una senda que parecía haber abandonado con el kirchnerismo, la política de precios administrada?

Es cierto que esas incógnitas no empezaron con la partida de Aranguren, sino antes, en abril, con la última corrida cambiaria, cuando desde el Ministerio de Energía se decidió convocar a las petroleras para atenuar, mediante un acuerdo sectorial, como en los viejos tiempos, parte del traslado de la devaluación a los surtidores. El mercado no perdona: los efectos de esas decisiones, que consistían básicamente en que las petroleras postergaran los aumentos hasta tanto se tranquilizara la situación, se percibieron en los últimos días con una leve pero incipiente escasez en el suministro de algunos combustibles, tal como informó ayer este diario en una nota de Pablo Fernández Blanco. "En algunos puntos del país hay cuotas para la venta de gasoil mayorista: el agro sabe que va a subir y lo está stockeando", dijeron ayer en una petrolera.

Una canción que esta industria ha escuchado infinidad de veces con casi todos los gobiernos y bailó siempre del mismo modo: a mal precio, a nadie le conviene vender. Para evitarlo, el Gobierno decidió dar de baja los acuerdos y encarar un diálogo personalizado con las petroleras. "Precios responsables", es el eslogan con que los funcionarios suelen recibir a los ejecutivos de la industria. Así, los surtidores venden hoy naftas y gasoil calculados a 65 dólares el barril, que cerró ayer en Londres a 76,79. Ese desfase es el motivo de la restricción actual: cuando la economía no ajusta por precio, lo hace por volumen. Por ahora el problema lo tiene YPF, que optó por atenuar los aumentos pese al malestar del resto del sector. Los anunció desde el sábado entre 5 y 8%, mientras Shell, la que eligió el camino menos gradual, los aplicó desde el martes entre 9 y 12%. El resultado también es conocido: al ofrecer el precio más barato, la petrolera estatal recibirá el aluvión de demanda que deje su competidor. Otra vez Shell. Ya no está Guillermo Moreno.

La devaluación trastocó todo. Antes de la corrida cambiaria, los combustibles argentinos eran los más caros en dólares detrás de Uruguay en América Latina; ahora quedaron entre los más bajos de la región.

El Gobierno supone que se trata de un desequilibrio transitorio. JvieIguacel, nuevo ministro de Energía, insistió ayer en conversación con Radio Mitre en que los precios eran libres. La descripción apunta más a lo que vendrá que a lo que pasa realmente: una vez que se estabilice el dólar, algo con que los optimistas empezaron a ilusionarse esta semana, no habrá necesidad de pedirle a ninguna petrolera responsabilidad.

Esta vez no fueron ni Sergio Massa, ni el kirchnerismo, ni los radicales: la crisis amenaza con llevarse puesto el plan maestro del modelo. Gracias a la política energética, Macri venía no solo bajando subsidios y gasto público, sino recibiendo las únicas inversiones privadas genuinas. En el mercado del gas, donde podrían darse inconsistencias similares, existe un rasgo algo más alentador: como consecuencia de las inversiones que se hicieron en Vaca Muerta, hay entre 4 y 7% más de oferta que el año pasado. El Ministerio de Energía pretende capitalizar esa ventaja desde septiembre con un instrumento universal que aquí funcionó con éxito en los 90: abrirá licitaciones para las compras que Cammesa, la administradora del mercado eléctrico mayorista, y las distribuidoras hacen del gas en boca de pozo.

La Casa Rosada espera que esa virtual desregulación -el mercado funciona hoy mediante un acuerdo de precios máximos entre los agentes del sector- incentive la competencia y haga bajar los precios de todo el sistema. Iguacel evitará así el escollo que se llevó puesto a su antecesor: el traslado de la devaluación y el cumplimiento del acuerdo exigían para octubre aumentos del orden del 80% en las tarifas residenciales de octubre.

El ministro sueña con esa Argentina, un país acorde con sus recursos naturales, sustentada principalmente en lo que produce Vaca Muerta. El gas está; falta extraerlo. Para enero, el 15% de la producción del país será suministrado solo por Tecpetrol, empresa del grupo Techint, la que más apostó en ese yacimiento. Esta propuesta, que consiste en que las petroleras vuelvan a competir por volumen, no por precio, y que un frondizista moderno podría llamar "la batalla del gas", parece tan ambiciosa que trasciende la administración de Macri.

Es una buena noticia para cualquier estadista, pero un dilema en tiempos electorales. ¿Cuánto desierto habrá que atravesar hasta llegar a ese oasis?

No es sencilla la tarea de Iguacel. No solo debe demostrar a los inversores que nada ha cambiado, sino a la propia tropa, en especial a la UCR, el principal escollo que tuvo la gestión de Aranguren, que no habrá menos heridos de los que se supone. El ideario radical es relevante no solo porque se trata de un socio importante de Cambiemos, sino porque se parece bastante a la cosmovisión de la clase media: en general son cultores de un capitalismo sin rentabilidad y con propiedad atenuada. No hay que olvidar que los encontronazos entre Aranguren y Cornejo, presidente de la UCR, empezaron en enero por las acciones estatales que el exministro pretendía vender de la transportista eléctrica Transener.

Los propios colaboradores del exministro admiten ahora que tal vez su error fue "no dejarse coordinar demasiado". Y que tal vez lo traicionó su formación en el sector privado: pensó que solo debía rendirle cuentas a su virtual CEO, que era Macri. Ese ejercicio vertical del poder no siempre funciona en la política.

Sorpresas que el Estado les reserva a quienes llegan con un lógica exógena. Miguel Gutiérrez, presidente de YPF, suele decir que trabaja para una administración racional que les reporte beneficios a los accionistas sin provocarle incendios al Gobierno. De esa alquimia, la cuadratura del círculo para una cabeza 100% petrolera, depende la reelección de Macri.