Lugones, defensor de los judíos

La evolución hacia el fascismo del autor de Lunario sentimental podría hacer suponer que, en el final de su vida, adoptó posiciones antisemitas. Por el contrario, en 1936 escribió el prólogo a Los protocolos de los sabios de Sión: la mentira más grande de la Historia , de Benjamin W. Segel. En esas líneas, el escritor argentino, de cuyo suicidio se cumplen sesenta años, condena la persecución de Israel y precisa cuál debe ser la actitud de un cristiano.
(0)
18 de noviembre de 1998  

ENTRE otros libros que fueron de mi padre he encontrado un delgado volumen editado por la DAIA en 1936: Los protocolos de los sabios de Sión: la mentira más grande de la Historia . Su autor es el periodista berlinés Benjamin W. Segel. El prólogo es, inesperadamente, de Leopoldo Lugones.

El libro de Segel expone las fuentes y resume los avatares de una superchería que conoció una larga, sórdida, sangrienta historia. A partir de un panfleto francés del siglo pasado, del delirio solitario de un monje ruso, de las intrigas urdidas por la policía zarista, se fue forjando un supuesto documento del complot judío para dominar el mundo. En un siglo de existencia, ese fraude conoció traducciones y reediciones, al servicio de regímenes muy variados pero igualmente necesitados de apelar al cuco del antisemitismo. (Iba a pretextar, también, un texto literario admirable, lírico y elegíaco: el relato final de Enciclopedia de muertos , de Danilo Kis).

Es el prólogo de Lugones lo que hoy suscita la curiosidad. Vale la pena exhumarlo en la Argentina de este fin de siglo, tan versada en impunidad para atentados y profanaciones antisemitas. Se trata de un texto de circunstancias, sí, pero que hace desear la publicación de un volumen de "textos cautivos" de su autor, como lo ha habido para Borges. Es, además, un aporte valioso para entender la complejidad del personaje Lugones. De Acción hasta El estado equitativo , el autor se acercó gradualmente, inexorablemente, al fascismo, ideología cuyas raíces socialistas compartía; para una mirada simplificadora, reduccionista, esa trayectoria supondría un acercamiento simultáneo al antisemitismo. Estas páginas ignoradas podrán corregir esa falacia retrospectiva.

Desconozco las circunstancias en que el prólogo fue redactado. El libro lo presenta como escrito a pedido de los editores. Se me ocurre que Alberto Gerchunoff puede haber sido el contacto entre Lugones y la DAIA. La amistad entre ambos escritores había surgido en torno a La Nación : durante la Primera Guerra Mundial habían liderado la campaña para liberar a Roberto Payró, cuyos artículos desde Bruselas denunciaron con tanta crudeza las violencias de la invasión alemana que las autoridades de ocupación lo habían tomado prisionero y trasladado a Berlín. El carácter de mensaje amistoso de estos párrafos, redactados al correr de la pluma, es revelador: los argumentos expuestos no parecen elucubrados para la ocasión sino haber estado presentes en la opinión de Lugones. Al señalar lo grotesco de suponer que una organización secreta ponga por escrito sus designios y su estrategia, anticipa el tono socarrón de un filosemita notorio como Borges. (Recuerdo cómo se burlaba, a fines de la década del 50, de la difunta Alianza Libertadora Nacionalista; cito de memoria: "Qué suerte que la defensa del ser nacional esté en manos de tantos croatas, lituanos y rumanos, con foja de servicios tan nutrida durante la guerra...")

Más importante es la serena declaración final de Lugones, de que por ser católico no podría ser antisemita. Para evaluar justamente esta afirmación, que hoy no parece polémica, es necesario situarla en su contexto. El texto es de 1936, es decir, contemporáneo del inicio de la Guerra Civil Española, que empujó a la mayoría de los católicos argentinos a apoyar a Franco, menos por simpatías fascistas que por escándalo ante el torpe anticlericalismo de los republicanos. En ese mismo año, un filósofo católico como Jacques Maritain, de visita en Buenos Aires, fue considerado como un peligroso subversivo por los representantes más conspicuos de la Iglesia argentina, tanto por su clara oposición a Franco como por estar casado con una judía rusa. Victoria Ocampo le abrió las páginas de Sur y monseñor Franceschi le cerró las de Criterio .

Franceschi, que puso distancias claras con las ideas racistas del nacional socialismo alemán, no vacilaba en propugnar un antisemitismo nacional. (El paganismo, el anticristianismo activo del nazismo en su cuna, eran suficientemente virulentos como para relativizar su utilidad de aliado en la cruzada anticomunista.) En 1935, Franceschi pidió al Congreso que reformara las leyes de inmigración para impedir que la República perdiera su carácter, y en 1938 aplaudió las reformas que limitaban y dificultaban la entrada de refugiados del Tercer Reich, reformas denunciadas como anticonstitucionales por la Liga Argentina de Defensa de los Derechos del Hombre. Las discrepancias de monseñor Franceschi con el nacional socialismo no le impidieron aceptar el subsidio de la embajada alemana para Criterio .

En 1936, también, Tomás Amadeo pronunció en el Jockey Club la conferencia que iba a publicarse con el título Las razas .

El mismo año apareció El judío , del padre Menvielle. Nuestro Chesterton criollo, el padre Castellani, incluye entre los males que el liberalismo infligió a la Argentina la importación del problema judío. Poco antes, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) agradeció, como director de la Biblioteca Nacional, la donación por la embajada alemana de una colección de volúmenes de propaganda nacional socialista. La embajada, a su vez, adquirió cuarenta mil ejemplares de la trilogía antisemita de Martínez Zuviría ( Oro , El Kahal , y 606 ) para distribuirlos en toda América Hispana.

Se dirá:hechos marginales, figuras pintorescas, sin influencia en la vida pública argentina. Sin embargo, en 1943 iba a aparecer La acción del pueblo judío en la Argentina , del antropólogo Santiago M. Peralta, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que pretende aportar fundamentos "científicos" a los argumentos "teológicos" del padre Menvielle. El autor recomienda excluir al judío por "inasimilable". En 1946, convertido en autoridad máxima de la Dirección de Migraciones, el doctor Peralta logró la creación de una Oficina Etnográfica para discriminar, según principios raciales, qué permisos de inmigración otorgar. En su breviario posterior, La acción del pueblo árabe en la Argentina , propiciaba acoger en gran número a inmigrantes árabes, cuyas raíces raciales les permitirían asimilarse al país gracias a la prolongada permanencia en Andalucía, cuna de conquistadores y colonizadores... Aun al margen del intento de sembrar discordia entre ambas colectividades, el texto revela una indiferencia perfecta sobre el hecho histórico de que fue precisamente en la Andalucía anterior a la caída de Granada donde cristianos, árabes y judíos habían convivido en un diálogo de culturas cuyo esplendor iba a destruir la Reconquista y a sepultar la Inquisición. Para terminar con el doctor Peralta, consigno que Perón, siempre sensible a la dirección del viento, lo despidió en junio de 1947, cuando empezaba a distanciarse de los apoyos nacionalistas que había necesitado dos años antes.

Que en 1936 Lugones haya firmado este prólogo al que ningún compromiso lo obligaba es algo que lo honra. Dos años más tarde iba a suicidarse, delicadeza de la que hoy parecen incapaces tantos intelectuales que han justificado violencias y censuras por lealtad a ese ídolo hegeliano, oportunista y amnésico: la Historia.

Supercherías

Antes de entregar a la imprenta la traducción castellana de Los Protocolos de los sabios de Sión: la mentira más grande de la historia, le fue sometida a Lugones una copia de esa versión. Luego de leerla, el escritor envió al traductor las siguientes líneas:

ME pide usted una opinión sobre el mérito de la obra de Benjamin Wolf Segel relativa a la apocrifidad de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión , en las ediciones corrientes de estos últimos, y se la doy gustoso porque creo cumplir con ello un deber de escritor honrado que nunca debe eludirse cuando se trata de supercherías dañosas. Consentir una falsedad, no sólo complica en ella la conciencia, sino que afecta la dignidad intelectual bajo el concepto de un verdadero atentado. Quien se deja engañar a sabiendas, miente con mayor cobardía aún, porque ni siquiera se compromete.

Viniendo ahora al asunto mismo, creo que la prueba objetiva y lógica abunda hasta con exceso en la obra susodicha: con lo cual presta ella un servicio público digno de ayuda y difusión tan vasta como se pueda, y como desde luego lo merece todo cuanto tienda a desautorizar la propaganda antisemita, desde que la persecución del judío, puramente por serlo, no sólo constituye delito de lesa humanidad, sino incitación a la guerra civil cuando se trata de compatriotas. La Nación Argentina se ha formado bajo el concepto de que es argentino todo el que nace en su suelo, sin distinción de creencia ni de raza; y cuanto tienda a negarlo, niega a la nación misma, con deprimente y peligrosa adopción de doctrinas y prejuicios extranjeros que no tardarían en volverse contra ella.

Pero más interesante que la obra destinada a esclarecer la superchería de los Protocolos , paréceme que resulta con este fin la lectura crítica de los mismos. Basta, en efecto, un mediano criterio, lo cual presume desde luego la indispensable despreocupación, para comprender que se trata de un panfleto tan maligno como imbécil.

Todo él procura, en efecto, darnos la impresión de tres cosas fundamentales para la verosimilitud del plan que revelaría:la eficacia inteligente, sin lo cual no sería temible, la refinada perversidad y el poderío de sus autores sobre la propaganda del mundo entero.

Pero la estupidez del plan en su propia letra, no menos que la torpeza de enunciar al detalle y por escrito la preparación de semejantes crímenes -cuando las sociedades secretas de todos los tiempos procedieron y proceden de boca a oído en punto a ejecución, precisamente para no dejar rastros- excluyen de suyo los dos primeros supuestos.

En cuanto al tercero, el de la omnipotencia, ¿cómo es que los judíos del mundo, inclusive cuando han participado del poder como en la Alemania republicana, no han podido contener e interrumpir las copiosas y públicas ediciones del libelo que les causa tanto daño? Ysi ni aún esto han podido -¿qué temeríamos entonces?...

Pero basta; y permita Dios, el Dios de los cristianos, a fe mía, que ayude yo a desvanecer tan criminales propósitos. En su santo nombre, por cierto, condena la Iglesia la persecución de Israel; y a diferencia de los católicos antisemitas, me basta humildemente con ser TAN papista como el papa.

Saludo a usted afectuosamente.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?