Populista: el denominador político en expansión que califica a líderes antagónicos

El término, con connotaciones negativas, es cada vez más usado para catalogar a dirigentes de diversos espectros; demagogia y autoritarismo, entre sus rasgos
El término, con connotaciones negativas, es cada vez más usado para catalogar a dirigentes de diversos espectros; demagogia y autoritarismo, entre sus rasgos Fuente: LA NACION
Luisa Corradini
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8 de julio de 2018  

PARÍS.- ¿Cuál es el denominador común entre dirigentes tan diferentes como Vladimir Putin , Donald Trump , Recep Tayyip Erdogan , Sebastian Kurz, Viktor Orban, Jaroslaw Kaczynski, Giuseppe Conte, Milos Zeman, Andrei Babis, Nicolás Maduro , Marine Le Pen , Jean-Luc Mélenchon o -desde el domingo pasado- el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador ? ¿Son todos "populistas"? ¿O acaso "populista" se ha convertido en un comodín peyorativo?

"Omnipresente en los análisis de especialistas como en los medios de comunicación, el término es tan difícil de definir que suele ser utilizado, en efecto, para calificar realidades radicalmente diferentes", afirma el politólogo francés Philippe Raynaud.

Desde hace algunas décadas, "populismo" entró en el vocabulario político cotidiano, con connotaciones generalmente negativas. Llamar "populista" a un dirigente significa descalificarlo, situándolo fuera de la esfera política respetable y haciendo pesar sobre él la doble sospecha de demagogia y autoritarismo.

"Populista sería quien, en nombre de una pretendida homogeneidad del pueblo, se apoya en el resentimiento popular contra las elites y/o contra los extranjeros reales o supuestos para promover mediante el autoritarismo una política de exclusión", precisa Raynaud. Sin embargo, no siempre fue así. Por esa razón, cuando se habla de populismo es necesario recordar que se usa un término que tiene su propia genealogía.

El populismo nació en Rusia, en el siglo XIX. Lo acuñaron los llamados narodniks, un grupo de intelectuales de la clase media opuestos al zarismo, influenciados por el socialismo y preocupados por la suerte del campesinado.

El segundo populismo vio la luz en varios países de América Latina en los años 40. Entre ellos, el peronismo representa para los especialistas el "ejemplo perfecto del populismo que llega al poder".

Hoy, el mundo estaría viviendo la tercera edad del populismo. Europa es, desde hace dos décadas, escenario del surgimiento de fuerzas políticas calificadas de populistas: en Gran Bretaña con el éxito de los partidarios del Brexit; en Italia con el triunfo del Movimiento 5 Estrellas y de la Liga; en Austria con la ultraderecha, que gobierna en coalición con los conservadores del primer ministro Sebastian Kurz; en Holanda con el avance del xenófobo y antiinmigración Partido por la Libertad (PVV), o en Alemania con la entrada al Parlamento de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), en octubre pasado. La Hungría del primer ministro ultranacionalista Viktor Orban y la Polonia del partido Derecho y Justicia (PiS) comparten la misma retórica antiinmigración y antieuropea. Y en Francia, los dirigentes de los extremos -a la derecha Le Pen y a izquierda Mélenchon- no ocultan su voluntad de restablecer un lazo directo con el pueblo para sustraerlo del poder controlado por corruptas elites.

La mayoría de esos dirigentes -aunque no todos- tienen en común una crítica radical de la democracia liberal y la afirmación desacomplejada de la primacía de la defensa nacional y la soberanía, en desmedro de las instituciones, los valores y los desafíos europeos como bloque. Pero el fenómeno no se limita a Europa, sino que reviste un carácter mundial.

"El éxito de Trump en Estados Unidos se debió a una campaña marcada por la transgresión y la provocación, cuyas promesas llevaban los signos clásicos del populismo: devolver la palabra al pueblo y 'hacer la limpieza en Washington de una vez por todas'. Pero también con mucho nacionalismo y proteccionismo", señala Gilles Andreani en un estudio sobre La ola populista global.

Incluso la Rusia de Putin y la Turquía de Erdogan, dos históricas potencias cuyos intereses geoestratégicos suelen enfrentarlas, también convergen en una suerte de populismo de Estado, particularmente acentuado en Turquía, después de la tentativa de golpe de Estado de julio de 2016.

Asia registra el aumento simultáneo del nacionalismo y del populismo, alentados por las reivindicaciones territoriales y las rivalidades políticas en el sudeste y el nordeste de la región. La India fue probablemente el país que precedió las mismas evoluciones en Europa con la llegada al poder del hombre fuerte del nacionalismo hindú, Narendra Modi. En Filipinas, Rodrigo Duterte -candidato declarado de "la gente de abajo", vencedor de las elecciones presidenciales de mayo de 2016- trajo consigo una represión salvaje del tráfico de droga, que se tradujo en centenares de ejecuciones sumarias.

En cuanto a América Latina, las diferencias políticas son grandes entre dirigentes calificados de populistas, desde Juan Domingo Perón hasta Hugo Chávez, pasando por Carlos Menem, Alberto Fujimori, Nicolás Maduro o Cristina Kirchner.

Pero ¿qué es exactamente el populismo? La dificultad radica en que, según los autores, su definición nunca es la misma. Optando por una definición contemporánea, se podría decir que un populismo "químicamente puro" sería un pensamiento político que reposa a la vez en la visión de un pueblo que se enfrenta, unido, a las elites y promueve el nacionalismo.

Según esa definición, el modelo populista describe a la vez un orden social y político: democracia directa y no representativa y valorización de los "pequeños" contra los "grandes". Un esquema con todas esas ambivalencias desemboca obligatoriamente en la designación de chivos expiatorios y en un orden geopolítico preciso: proteccionismo en vez de libre comercio, unilateralismo en vez de multilateralismo.

Dicho esto, es necesario saber si la noción de populismo abarca o no otras nociones como la de extrema derecha o extrema izquierda.

"En este punto, la cuestión no solo es filosófica, sino política. Porque es evidente el interés de muchos de poner en la misma bolsa -para deslegitimar- a un López Obrador y a un Erdogan", opina Raynaud.

Según el politólogo Pierre Rosanvallon, si bien la noción de populismo es operante, eso no quiere decir que haya un solo populismo.

"El populismo de extrema izquierda y de extrema derecha son diferentes: su relación con la idea de nación no es la misma y los chivos expiatorios que escogen tampoco lo son", escribe Rosanvallon.

Generalización

De la misma forma, también se podría decir que los demás partidos del espectro político tampoco escapan al populismo.

Thomas Wieder, corresponsal del diario Le Monde en Berlín, forma parte de aquellos que consideran que el "macronismo" (el partido La República en Marcha del presidente francés, Emmanuel Macron) tiene un componente populista.

"En su forma de denigrar a los cuerpos intermedios, de ignorar y culpar a los medios, en su relación complicada con el parlamentarismo. En ciertos aspectos, el macronismo es un liberal-populismo", afirma Wieder. Para decirlo de otro modo, un liberalismo que se sirve de algunas armas del populismo para combatir mejor a otros populismos, como la extrema derecha de Le Pen o la extrema izquierda de Mélenchon.

Yendo más lejos, incluso se podría decir que, en este mundo de las redes sociales, habitado por muchedumbres sentimentales, casi ningún dirigente político se salva de utilizar una cierta dosis de demagogia para gobernar.

Desde ese punto de vista, el populismo puede ser definido como una suerte de patología comprensible de la "democracia de opinión", cuyo desarrollo acompaña como si fuera su propia sombra.ß

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