La Revolución Francesa y el avance de la mujer

Eugenia Botta
Eugenia Botta PARA LA NACION
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11 de julio de 2018  • 01:36

La Revolución Francesa fue un conflicto social y político que cambió el rumbo de Francia y del mundo. Esencialmente, fue el éxito de un conjunto de nuevas ideas, algunas nacidas en la Ilustración, como la libertad, la razón y la igualdad, y el cuestionamiento del derecho divino de los reyes.

Estas ideas "ilustradas" no fueron la causa inmediata ni única de la Revolución. También influyó una monarquía rígida, una aristocracia egoísta, una burguesía pujante y educada, y clases populares urbanas y campesinas empobrecidas y maltratadas por la suba de precios e impuestos, y por la desigualdad social exacerbada por el enorme gasto público. Las cosechas no acompañaron y aumentó la crisis económica y agrícola. Una debacle financiera.

Acompañando la evolución del pensamiento político, Francia, por otra parte, había apoyado a Estados Unidos en su emancipación: del otro lado del Atlántico un país joven demostraba que la democracia era el camino.

Las ideas de la Ilustración junto a las más nuevas de Voltaire, Rousseau, Diderot o Montesquieu (separación de los poderes, fraternidad) encontraron terreno fértil en esas circunstancias y se materializaron en manifestaciones mixtas donde hombres y mujeres lucharon por la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Estos principios, libertad, igualdad y fraternidad inspiran a Marianne: la primera asociación civil en el mundo cuyo perfil distintivo es que une a mujeres profesionales, relevantes en su sector, con fuertes vínculos con Francia y Argentina. Desde 2010 y con pares en Uruguay y Ecuador, esta asociación de casi 130 mujeres que hoy represento en mi país junto a Laurence Loyer, fomenta la visibilidad femenina. Por ello y para ello creemos con firmeza en el valor de lo mixto.

La francesa fue desde la perspectiva de género una revolución también femenina: como nunca en la historia las mujeres ocuparon la calle. Estuvieron ahí previo a la insurrección, con un rol protagónico en el puntapié inicial. El 5 de octubre de 1789 ellas iniciaron la marcha a Versalles.

Pero la visibilidad y el protagonismo tardarían, y cuánto, en llegar: las organizaciones revolucionarias las excluyeron de las deliberaciones, de la guardia nacional, de los comités políticos. No satisfechas, tomaron la palabra en las tribunas, crearon clubes femeninos de lectura y debate de leyes y periódicos. Triste paradoja, se prohibieron esos clubes, su presencia en actividades políticas fue amenazada de arresto y, en mayo de 1795, la Convención les impidió asistir a las Asambleas. La exclusión de la mujer en la vida política vio su pico con el Código Napoleónico de 1804.

La Revolución Francesa pareció beneficiar solamente a los hombres... pero ¿fue realmente así? A más de 200 años, sabemos que abrió a las mujeres una puerta que condujo al sufragismo y hoy ese espíritu fomenta la igualdad salarial y los cupos, las licencias de paternidad y otras aristas; todo lo necesario para que desaparezca la brecha entre géneros hasta lograr que, por derecho, las mujeres sean visibles y estén ahí donde se toman las decisiones.

Falta la otra cara revolucionaria, la que garantizará el éxito de todos sumando efectivamente a las mujeres. Falta una revolución de hombres comprometidos con el mundo mixto, que valoren y consideren necesario participar en espacios donde estén ellas, que sumen buenas prácticas en sus empresas y ámbitos profesionales, públicos, académicos, y sociales. Hombres que no necesiten números de productividad para justificar la incorporación de mujeres junto a ellos, ni que cuestionen en qué se destaca ella por ser mujer para ocupar ese lugar. Hombres revolucionarios para un mundo mixto.

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