El gran desafío de un Beethoven monumental

Vieu, un director dúctil
Vieu, un director dúctil Fuente: Archivo - Crédito: Laura Szenkierman
Pablo Kohan
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10 de julio de 2018  • 17:17

Vieu, un director dúctil
Vieu, un director dúctil Fuente: Archivo - Crédito: Laura Szenkierman

Missa solemnis, op.123, de Beethoven. Solistas: Daniela Tabernig, soprano; María Luisa Merino Ronda, mezzosoprano; Ricardo González Dorrego, tenor, y Hernán Iturralde. Coro Nacional de Jóvenes, Coro Polifónico Nacional y Órquesta Sinfónica Nacional. Director: Carlos Vieu. Sala Sinfónica del CCK.Nuestra calificación: Muy bueno.

La interpretación de una obra tan monumental como la Missa solemnis es una decisión que implica riesgos. No sólo están las cuestiones técnicas como la desmesura de su extensión y las infinitas complejidades que Beethoven sembró, en particular, para el coro, sino que además, hay que saber extraer los misterios y las bellezas que atraviesan a esta obra colosal, sin lugar a dudas y definitivamente, una de las creaciones cumbre del repertorio sinfónico coral. Bajo la mano maestra de un director que sabía exactamente qué hacer a lo largo de sus más de ochenta minutos, los cuatro solistas vocales, los músicos de la orquesta y, en especial, los más de cien coreutas, cumplieron, largamente, con el cometido: la Missa solemnis de Beethoven sonó maravillosamente bien.

La Misa solemne tiene ciertas peculiaridades que la hacen diferente. Lejos de haber sido concebida para un oficio religioso, Beethoven "leyó" el texto del Ordinario de la Misa aplicando, según sus propios criterios, intensidades y dramatismos poco apropiados para una obra litúrgica. Además, desde su lícita libertad creativa, hizo convivir, virtuosamente, fugas imponentes con extensos pasajes de alto lirismo. También la utilización del orgánico es muy original y ninguno de los cuatro solistas tiene algún aria o algún momento de lucimiento sino que su canto se entrelaza y forma parte indivisible del entramado coral y sinfónico. El equilibrio a lograr y la tensión musical y artística a mantener a lo largo de toda la obra es tarea ciclópea. Y Carlos Vieu, el gran hacedor del milagro, lo tuvo absolutamente en claro desde la introducción orquestal hasta el acorde final. Entre uno y otro extremo, contó con una orquesta más que concentrada, con unos solistas absolutamente compenetrados con sus partes y con un coro (en realidad, dos coros en uno) que superó, ampliamente, todas las expectativas.

Cada una de las fugas, con todos sus laberintos, como así cada uno de los pasajes acórdicos y, en general, las infinitas texturas que aparecen en los cinco movimientos, que sólo una mente superior como la de Beethoven pudo imaginar, fueron resueltas por el coro de modo consumado. La única objeción que se podría formular es la demasía de voces y alguna tendencia ocasional a la exageración del volumen. En los tiempos de Beethoven, ningún coro, y mucho menos para la realización de una misa, superaba las cinco decenas de cantantes. Al lado del centenar de voces, hubo momentos en los cuales los solistas quedaban un tanto opacados, un balance que en poco los favoreció, más aún, si tenemos en cuenta que los solistas alternan, dialogan y se integran constantemente con el coro. No obstante, el trabajo de los cuatro, Daniela Tabernig, María Luisa Merino Ronda, Ricardo González Dorrego y Hernán Iturralde, fue altamente encomiable. Como así también el extensísimo pasaje para violín solo del "Benedictus" que Xavier Inchausti llevó adelante con tanta eficiencia como arte.

La ovación del final fue estruendosa y la felicidad, y tal vez también la admiración, atravesaba los rostros del público que colmó La ballena azul. Con todo, las sonrisas más amplias eran las que ofrecían quienes estaban sobre el escenario. Todos, conducidos por las sapiencias, las ductilidades, las certezas y las eficiencias de Carlos Vieu, habían superado, holgadamente, el gran desafío.

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