La etimología de la existencia

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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11 de julio de 2018  

En su célebre discurso para la promoción 2005 de la Universidad de Stanford, Steve Jobs pone sobre el atril una idea fundamental. La llama unir los puntos. Es decir, el concepto de que casi todas las cosas que hacemos y que nos pasan solo cobran sentido mucho más adelante en la vida.

En su disertación narra tres historias personales. La primera versa sobre su decisión de abandonar la universidad, porque sentía que estaba desperdiciando el dinero que sus padres habían pasado ahorrando durante toda una vida. No obstante, permaneció en el campus varios meses más, durante los que resolvió renunciar a las disciplinas que no le interesaban y concurrir a las que le gustaban. La Universidad de Reed ofrecía por entonces uno de los mejores cursos de caligrafía de Estados Unidos, y allí fue el Jobs adolescente a sumergirse en algo que ni él ni nadie podría haber anticipado que llegaría a servirle, pero que lo apasionaba.

Una década después, el destino lo encontraría diseñando la Mac, y gracias a que había decidido abandonar la universidad, seguido su instinto y asistido como oyente al curso del maestro calígrafo Robert Palladino, la Mac nació con múltiples familias tipográficas y fuentes con espaciado proporcional. "Solo mirando hacia atrás podés unir los puntos", sostenía Jobs.

Pero todos tenemos la fantasía del control. Mi mejor consejo es desconfiar de ese espejismo. Si seguís tus pasiones, más tarde o más temprano, los puntos se unen y todas las piezas caen en su lugar.

Cuando era pequeño, tal vez porque me habían expatriado de mi mundo rural y silvestre, descubrí que había muchas disciplinas que estudiaban la vida, y que cada ser vivo tenía su propio nombre científico. Por ejemplo, Tanichthys albonubes, Quercus robur o Lycosa pampeana. El primero es el de un precioso pececito de acuario; el segundo, el del roble común; el tercero, el de la araña lobo de pastizal (que aquí llaman tarántula, pero nada que ver).

Hasta los gatos, por los que ya tenía una marcada debilidad, poseían su propia y única identificación: Felis catus. Todavía más, nosotros, a pesar de esa pedante pretensión de ser algo más que hijos de la naturaleza, teníamos género y especie: Homo sapiens. Así que, sin que nadie me obligara, fascinado, me puse a aprender todos esos nombres latinos y griegos; decenas al principio; luego, cientos.

Desde hierbas insignificantes hasta los gigantes del bosque o del mar, había descubierto que mis amigos salvajes tenían mucho más que una denominación común y mutable. Tenían nombre y apellido, como las personas; y todos formábamos parte del vasto árbol filogenético. Éramos parientes.

Si trataba de unir los puntos mirando hacia adelante, podía verme convertido en biólogo. Sin embargo, el sentido de este aprendizaje aparecería por el lado más imprevisible. La memoria se puede ejercitar. Eso de que memorizar no sirve para nada es un cuento. Hay asuntos en los que realmente es indispensable. Por ejemplo, las lenguas clásicas.

El latín, en el colegio, y luego el griego, en la universidad, mostraron ser verdaderos tiranos de la memoria. Porque la etimología, como la vida, siempre se entiende mirando atrás. Al revés no funciona.

Así, cuando había que aprenderse diccionarios enteros de latín o el exorbitante paradigma verbal griego, aquella destreza insólita para un chico -la de saberse los nombres de los árboles, los peces, las flores del jardín, los pájaros, los insectos y hasta el humilde musguito de los muros sombríos- vino en mi auxilio.

En una deliciosa vuelta de tuerca, el latín y el griego me ayudaron a comprender todos esos nombres raros que había aprendido en mi infancia sin entenderlos, como un loro ( Amazona amazonica). Jobs estaba en lo cierto. Ante la innumerable variedad de posibilidades de la existencia, la única guía segura es la que parece menos confiable. Tu corazonada punzante, tu pasión.

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