"Quería cambiarlos, pero ningún jugador quería salir": el orgullo del técnico croata tras la histórica clasificación a la final del Mundial Rusia 2018

Fuente: AP
Sebastián Fest
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11 de julio de 2018  • 23:59

MOSCÚ - Había que ver ayer en la medianoche de Moscú a los hijos de Ivan Perisic y Domagoj Vida corriendo por el estadio Luzhniki, porque en ellos se resumía buena parte de lo que es la Croacia que el domingo jugará por el título mundial. Tres, cinco años, diminutos y vivaces yendo y viniendo por el césped en el que sus padres acababan de jugar el partido de sus vidas. Iban y venían con la pelota sobre el mismo césped en el que se habían jugado 120 minutos de una dramática semifinal. Cuando metían un gol, los miles de hinchas croatas celebraban como si el partido siguiera y los nenes levantaban sus brazos correspondiendo a la hinchada.

Era todo una locura, porque además, por los altavoces del estadio, sonaba Oasis con "Don't look back in anger", que era mucho más apropiado como mensaje para sus compatriotas británicos que para esos extasiados croatas. Aunque, digan lo que digan los hermanos Gallagher, sería muy comprensible que los ingleses miren el partido que perdieron con enojo, rabia, decepción y toda la paleta de sensaciones que genera desperdiciar el salto a la final de un Mundial cuando se está ganando ante un equipo agotado físicamente.

Resumen del partido Croacia - Inglaterra en el Mundial de Rusia 2018

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El problema de los ingleses es que el agotamiento de Croacia era físico, pero no mental. A medida que avanzaba el partido, los balcánicos iban sumando confianza y los ingleses, en vez de crecer desde la ventaja del golazo tempranero de Kieran Trippier, se fueron empequeñeciendo. Puro fútbol de una selección, la croata, que crece desde la desventaja. Por eso Mario Mandzukic le dio un beso a un fotógrafo como disculpa por aplastarlo en su loco festejo tras anotar el gol, por eso Sime Vrsaljko se montó sobre la espalda de Zlatko Dalic, su técnico, y le dio varios puñetazos de felicidad pura para abrazarlo después.

Croacia, la enloquecida Croacia, es el país más chico en jugar una final del Mundial. Sólo Uruguay supera ese récord. Croacia, la enloquecida Croacia, es ese país que probablemente tendrá que declarar feriado nacional los 11 de julio, porque en ese día de 1998 le ganó a Holanda para ser tercera en el Mundial de Francia y porque en ese día de 2018 se quitó del camino a Inglaterra para saltar a una final inesperada para muchos. No para el presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, que como vecino de Croacia (es esloveno), conoce muy bien el fútbol de Luka Modric y compañía.

"Atención con Croacia, va a ser la revelación del Mundial", le dijo siete meses atrás a LA NACION. Dicho y hecho, y muy coherente con lo que Dalic había advertido antes del torneo: "Es hora de que dejemos de vivir del recuerdo de Francia 98".

Modric recuerda perfectamente ese Mundial, porque tenía 12 años cuando Davor Suker -hoy presidente de la federación- lo jugó como parte de una gran generación de jugadores de la Croacia de independencia flamante. A sus 32 años, el mediocampista del Real Madrid tiene la oportunidad que se le escapó al belga Eden Hazard con su eliminación en semifinales, ser elegido mejor jugador del torneo. Pero qué le importa eso a Modric cuando forma parte de un equipo que está a un paso de algo tan grande como ser campeón del mundo. Sí, aunque Croacia haya disputado tres alargues consecutivos y Francia ninguno, el físico no es lo más importante.

Dalic sonrió esta noche cuando le preguntaron quién es el mago que recupera físicamente a sus jugadores. "Es una muy buena pregunta", dijo el técnico. "Pero no hay magia, son ellos. Quería cambiarlos, sustituirlos, ¡pero nadie quería salir! Esos son mis jugadores".

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