Croacia en la final del Mundial: con la fuerza de un toro y algo más

El festejo de Mario Mandzukic en un primerísimo plano
El festejo de Mario Mandzukic en un primerísimo plano Fuente: AFP - Crédito: Yuri Cortez
Sebastián Fest
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11 de julio de 2018  • 23:59

MOSCÚ, Rusia.- Un partido de fútbol va mucho más allá de si se juega bien o mal. En ciertos momentos, eso es incluso bastante poco importante. Lo dejaron clarísimo anoche en Moscú la sorprendente Croacia, que luchará por ser campeona del mundo, y la Inglaterra que se decepcionó a sí misma cuando parecía que por fin se hacía adulta. Croacia 2, Inglaterra 1. Los 90 minutos que no alcanzan para definir un ganador y las palabras que quizás sean insuficientes para explicar por qué sigue adelante Croacia y el domingo desafiará a Francia en la final. Lo explica, y nadie podrá acusarlo de falta de elocuencia, Davor Suker, aquel enorme jugador croata de los '90 que hoy preside la federación de fútbol de su país: "Mandzukic tiene los huevos como el toro que hay en las carreteras de Andalucía".

Resumen del partido Croacia - Inglaterra en el Mundial de Rusia 2018

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La testosterona suele ser una explicación para muchas cosas en el deporte y en la vida, y si Suker, tras tantos años viviendo en España, apeló a una imagen tan gráfica, es porque le sirve para hacer entender cómo un equipo que venía de dos definiciones por penales consecutivas y se encontró 1-0 abajo a los cinco minutos, terminó ganando y a puro festejo.

La explicación emotiva

Otra explicación podría ser la de Yuri López, el fotógrafo salvadoreño de la agencia de noticias AFP que estaba en el lugar indicado en el momento clave del partido. Minuto 109 -cuarto del segundo tiempo del suplementario-; ya había pasado el gran gol de tiro libre de Kieran Trippier; ya había empatado, a los 23 minutos del complemento, Ivan Perisic, anticipándose al defensor inglés Kyle Walker con la potencia de un caballo para tocar, de zurda y en el aire, la pelota al gol. Ya había pasado todo eso, Inglaterra hacía rato que no era la confiada y elegante Inglaterra de los primeros minutos y Croacia, agotada, tenía cada vez más fuerza. Más fuerza que esa que describe Suker.

Otra vez Perisic -enorme en toda la noche-, aunque esta vez peinando una pelota y de espalda al arco para dejarla en el camino de Mandzukic, que se escapó de los centrales ingleses en un pestañeo y cruzó, de zurda, la pelota al gol para el 2-1.

Así festejaba Croacia su clasificación a la final del Mundial - Fuente: Tv Pública

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Entonces llegó el festejo más loco del Mundial, desatado, eufórico, sin límites. La masa de jugadores croatas cayó sobre López, ese fotógrafo que en la noche del Luzhnikí fue tan héroe como ellos. "Nunca dejé de sacar fotos", explicó el salvadoreño, que sostenía la cámara aplastado por varios croatas y sacaba fotos sin dejar de sonreír. Por eso el sanguíneo Domagoj Vida le dio un beso, por eso Mandzukic le dio las mejores fotos de la noche y por eso, ante tanta euforia, Inglaterra comprendió que podrían faltar 11 minutos de juego, pero que ya no había nada que hacer.

La desolación inglesa

Todo un shock para ese país que inventó el fútbol, pero no gana un Mundial desde hace 52 años. Porque la historia pudo y debió, quizá, ser otra. Cuando Trippier clavó en el arco de Subasic un tiro libre de lujo que se explica en todo el trabajo del jugador de Tottenham -horas y horas de estudiar videos de tiros libres, con Andrea Pirlo y David Beckham como sus obsesivos ejemplos-, el "is coming home" tenía más sentido que nunca. El Mundial podía probablemente volver "a casa" (hay que concederles a los ingleses eso de que el fútbol tiene pasaporte inglés), y así lo sentían millones de hinchas en su país. La imagen de miles de personas celebrando en el Hyde Park de Londres en el final de una tarde a pleno sol. Gol de Trippier, los vasos que vuelan por el aire y la espuma que tiñe de blanco todo, porque Inglaterra estaba, medio siglo después de ese Mundial de 1966 que amarillea hace rato, en la final. Lo dijo un hincha inglés durante el partido: "Si somos campeones, mis hijos van a tener una vida distinta a la mía".

Si realmente es así, esos hijos tendrán que esperar cuatro años y cuatro meses hasta que llegue el Mundial de Qatar, que bien podría ser el de la revancha para Inglaterra. Hasta entonces tendrá tiempo de aclarar y aclararse qué le sucedió a sus jugadores ayer, porque empezaron el partido tratando bien la pelota y, conforme avanzaban, volvieron al pelotazo y los centros al área que durante tantos años tan poco les dieron. Podrán preguntarse qué le sucedió ayer, ¡precisamente ayer!, a Harry Kane, totalmente desconocido como goleador. Y no le echarán la culpa a Mick Jagger, espectador desde uno de los palcos.

Son preguntas de semifinalista y campeón mundial sub 20 y sub 17, vale aclararlo. Un estatus que neutraliza el comentario, en la mayoría de los casos jocoso, de que la Argentina solo perdió con los finalistas en su infausto Mundial ruso. Muy cierto, tanto como que solo recibió siete goles en esos dos partidos.

Ahora llega la final, un puñado de días hasta que el Luzhnikí vuelva a abrir sus puertas. Un dato es irrefutable: Croacia jugó un partido más que Francia, para ellos, el Mundial, si se gana, será tras ocho partidos: siete más tres alargues de 30 minutos. Pero Zlatko Dalic, el técnico croata, no le teme a esa desventaja. Ayer ya deslizó un dato importantísimo: cada vez que le hizo señas a uno de sus jugadores de que saliera del campo de juego porque iba a ser reemplazado, el jugador se negó. Ninguno quería dejar de jugar. No todos los equipos cuentan con esa ventaja.

Pero Francia es mucha Francia. Tiene en Didier Deschamps a un gran técnico y cuenta con una conjunción de jóvenes experimentados que hacen lo que haya que hacer para lograr el objetivo. "Francia jugó el antifútbol", se quejó ayer el arquero belga Thibaut Courtois. Más lejos fue Eden Hazard: "Prefiero perder como esta Bélgica que ganar como esta Francia".

¿Seguro, Hazard? En todo caso, a esta altura es ya una cuestión abstracta. Francia está en la final, Croacia es la desafiante y se trata del qué, no del cómo: a ninguna de las dos se le pasa por la cabeza otra cosa que no sea alzar la copa.

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