Pity Álvarez: el colapso anunciado de una estrella de rock de su tiempo

Pablo Plotkin
Pablo Plotkin PARA LA NACION
Pity Álvarez en 2015
Pity Álvarez en 2015 Crédito: Gentileza Leo Carrenzo/El Observador
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12 de julio de 2018  • 14:42

Ahora que está prófugo como sospechoso de un homicidio, probablemente tiene poco sentido revisar la historia artística de Pity Álvarez, pero esta noticia parecía ya escrita: en poco más de dos décadas, Pity pasó de ser uno de los compositores de canciones más astutos del rock nacional a una amenaza pública siempre a punto de consumarse.

En los años 90, al frente de Viejas Locas, Álvarez lideró la avanzada de la segunda generación stone. Si los Ratones Paranoicos habían presentado una traducción porteña, cosmopolita y punkie del sonido y la estética de Sus Majestades Satánicas, Viejas Locas llegaba para releer ese imaginario desde los barrios obreros del sur de Buenos Aires. La patria "rolinga" salía a la superficie y, al borde de la primera visita de Jagger & Richards, el Pity fue el ángel con la cara sucia que le dio potencia radial a una subcultura 100% argentina.

Nacido en 1972 y formado en el secundario industrial Don Orione, de Piedrabuena, Pity es también hijo de una clase media venida a menos, un rasgo constitutivo de su identidad. En su perfil conviven el pragmatismo técnico del melodista natural -de la escuela de Andrés Calamaro- con el de un buscador intuitivo de respuestas existenciales, característica que se expresa en canciones como "Casi sin pensar", de su segunda banda, Intoxicados. Su talento como cronista suburbano quedó registrado, por ejemplo, en la aguafuerte proletaria "Homero", casi una versión pop de una película de Leonardo Favio, y en el rap porteño "Una vela", mientras que su costado más luminoso y místico aparece en canciones como "Está saliendo el sol".

De alguna manera, Pity también es uno de los últimos miembros del linaje lumpen del rock argentino, que comienza con la leyenda fundacional de Tanguito. Solo que el Pity sobrevivió para seguir grabando, construir una carrera y ver cómo su público se multiplicaba mientras trataba de lidiar con sus adicciones, con las bandas que se le desarmaban, las internaciones, las consecuencias de una paternidad problemática, las denuncias por violencia machista y los escándalos repetidos con armas de fuego, sin contar la estafa que protagonizó algunos meses atrás en su anunciado regreso a Tucumán.

El homicidio que se le adjudica es un colapso trágico, aunque no sorprendente, de la aceleración paranoica que lo movió en la última década. Su música quedará para siempre ligada a esa historia violenta, un detalle que a esta hora a casi nadie le importa.

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