¿El populismo está más vivo que nunca?

Loris Zanatta
Loris Zanatta PARA LA NACION
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13 de julio de 2018  • 00:00

Hace apenas tres años, cuando Mauricio Macri derrotó a los peronistas en Argentina y el chavismo perdió las elecciones legislativas en Venezuela, muchos pensaron que el populismo estaba refluyendo en América Latina. Hoy, con Macri en dificultad y el triunfo de López Obrador en México, el contra-orden suena aquí y allá: estábamos equivocados, el populismo está más vivo que nunca. Mientras tanto, sin embargo, Maduro permanece al borde del abismo, donde se le unió su compañero, Daniel Ortega. Colombia y Chile han elegido gobiernos conservadores. ¿Entonces? El aparente caos debería inducir a todos a ser cautelosos. Tomemos el caso de López Obrador: triunfó la "izquierda", tituló medio mundo. Sí: porque el populismo latinoamericano es "de izquierda"; y todos a aplaudir al Papa que abraza su emblema, Evo Morales.

¿Será verdad? ¿Por qué, entonces, se alía Obrador con un partido evangélico de derecha? ¿Y por qué un partido de derecha y uno de izquierda fueron aliados en su contra? ¿Por qué sucede lo mismo en Venezuela y otras mil veces ocurrió en la historia de América Latina? En realidad, México no "gira a la izquierda", sino que regresa a la tradición populista, nacionalista y antiliberal que ha dominado su historia y de la que nunca se alejó mucho; y el reformismo liberal-democrático toma la enésima paliza. Muchos la pifiarán con el nuevo presidente como ya la pifiaron con Chávez, con los sandinistas, con Castro.

América Latina nunca va de la mano en una sola dirección, o al mismo tiempo. ¿Por qué debería? Son todos países diferentes y el de la Patria Grande es un mito político que produce tanta retórica y pocos hechos. ¿En qué se basa el mito? Los que le cantan loas parecen olvidarlo a menudo, pero salta a los ojos: la raíz histórica de la Patria Grande no puede ser otra cosa que el pasado común, el que dejó lengua y religión,una "cultura", para decirlo con una palabra que abarca todo. Ese pasado es el pasado hispano; y el corazón del pasado hispano es la cristiandad, no tanto entendida como fe, sino precisamente como "cultura". No es poco: el pasado no es una compulsión a repetir, pero es el material con el que se forja el futuro. Bueno: el populismo latinoamericano tiene sus raíces en ese pasado; y siempre a ese pasado se debe la fragilidad crónica de la planta liberal en América Latina. Así se explica también la fascinación de que todavía goza el populismo latinoamericano en España y en esa parte de Italia que durante tanto tiempo fue España; el delgado hilo que une el peronismo, Podemos, Movimento 5 Stelle y muchos otros.

Pero, ¿en qué consiste este populismo latino? Basta con revisar los discursos de sus líderes históricos -desde Perón hasta Chávez pasando por Castro- y prestar atención a su lenguaje: no hay rastro de un léxico o un imaginario de "izquierda", si con esa palabra se alude al evento que sancionó su origen, la revolución francesa. En cambio, todo se refiere al universo semántico e ideal de la cristiandad hispánica: se destacan las referencias obsesivas a "sacrificio", "disciplina", "muerte", "sangre", "fe"; a la cruz para predicar, a la espada para convertir. Su ideal nunca fue el de una sociedad próspera, equitativa y libre, sino el de una comunidad de fe, una reducción jesuítica unida por la obediencia a un Dios, a un líder. La palabra "pueblo" es el arquitrabe del populismo latinoamericano; ese pueblo, comunidad sin individuos, está a años luz de la naturaleza secular de la izquierda nacida del vientre iluminista; en cambio, refleja la tradición confesional y autoritaria de la Contrarreforma. Por lo tanto, el populismo no es, en el mundo hispano y latino, nada "progresista"; la tradición secular y liberal lo es mucho más.

No sorprende que lo primero que se le ocurrió a López Obrador al ser elegido, fuera pedirle ayuda al Papa para solucionar los problemas de México: tamaña empresa, que todos esperamos dé mejores frutos que en Venezuela o Nicaragua. Esto no impide que sea el alter ego de Donald Trump: uno fortalecerá al otro. La narración es la misma en ambos casos, como en todo populismo: había una vez un pueblo unido, virtuoso e inocente. Pero algo -la historia, los mercados, la modernidad- o alguien -las élites, los inmigrantes- lo ha enfermado y corrompido. El redentor le hará expiar el pecado, lo purificará, lo guiará a la tierra prometida. Reducido al hueso, el populismo es esto: en términos históricos es una nostalgia de unanimidad, el sueño de regenerar una unidad primordial, una comunidad perdida; en términos espirituales, es la ilusión de sacudirse de encima el pecado original que condena el hombre a la imperfección y la caducidad.

En los Estados Unidos, el populismo no piensa en un orden político opuesto al constitucionalismo liberal, ya que es lo único que existe en su pasado. En América Latina sí que lo piensa y lo busca: en su pasado no hay iluminismo o liberalismo, sino con cuentagotas y en en las capas sociales superiores; en cambio está la cristiandad hispana que era su enemigo feroz y que continúa siendolo a través del populismo. ¿En qué sentido? Al igual que en la cristiandad antigua, el populismo latino no concibe a la comunidad política como un pacto racional y pluralista entre diferentes sujetos, sino como una comunidad natural unida por la fe; una fe que hoy se llama ideología: peronismo, castrismo, chavismo. Encima de las instituciones políticas, se encuentra una figura mítica, el pueblo, que es depositario de esa fe.

Pero, ¿quién es el pueblo? El pueblo son "los pobres", "los humildes", como si las dos cosas fueran una sola, inocentes y puros portadores de esa "cultura" ancestral, de saludable e incorrupta moral evangélica; tal es el pueblo del populismo, ante quien el disidente de hoy es el hereje del ayer; marrano aquel, gusano este. Por eso el populismo es tan incluyente; por eso se inspira en la parábola evangélica de los panes y los peces y termina en su nombre por reproducir la pobreza del pueblo de que se alimenta. Pero por la misma razón, el populismo latino es tan autoritario: porque su idea mítica de pueblo no admite el pluralismo; su mundo es binario: pueblo y oligarquía, apocalípsis y redención, bien y mal; la guerra religiosa reemplaza la dialéctica política. Por eso López Obrador se sintió en deber de tranquilizar a los mexicanos: no crearé una dictadura, les dijo; no debería hacer falta decirlo. ¿El populismo latino es de izquierda? ¿De derecha? No, es el todo y el todo aspira a ser. La historia de América Latina sigue su camino de siempre: a cada tibio intento democrático liberal, le sigue un fuerte retroceso populista. México es la norma, no la excepción.

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