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Contra todo, pero en favor de la inmadurez

El novelista de El tríptico de Carnaval , que llegará a Buenos Aires a fines del corriente mes para presentar su nuevo libro Viajes (Anagrama), evoca en esta nota la figura de Witold Gombrowicz y se refiere particularmente a Diario , que el gran autor polaco comenzó a escribir durante su exilio en la Argentina
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24 de octubre de 2001  

Desde sus primeras experiencias literarias, y aun quizás antes, Witold Gombrowicz intuyó que su actitud, su sitio, su obra se realizarían manteniéndose en contra de todo: contra los hábitos familiares, contra la literatura imperante, contra las glorias nacionales, contra las jóvenes promesas, contra la escena polaca, contra la deificación que sus connacionales hacían de la cultura europea, contra los mitos de la tierra, contra todo, y esa situación de protesta lo acompañó hasta el final, en Polonia, en Argentina, en Alemania y en Francia, los países donde residió. La vida lo dotó con un destino absolutamente ideal para perseverar en esa condición de inconforme, para afinar su personaje, volverlo extraordinario y aprovechar esa antipatía o desprecio hacia el mundo convencional, predeciblemente obtuso y correcto, para combatirlo y buscar lo nuevo, lo auténtico, lo joven, lo real: ésa fue su vocación, y al seguirla coherentemente, la convirtió en su gran triunfo.

Su obra: las novelas, los cuentos, las piezas teatrales y sobre todo los diarios son el producto destilado de sus manías, sus rechazos, sus peripecias voluntariamente absurdas, su inocencia.

Este personaje alucinante, Gombrowicz, nació en la propiedad palaciega de Maloszyce, en el seno de una familia de la vieja nobleza polaco-lituana. Su niñez y adolescencia están ornamentadas con todos los atributos que el rango y la fortuna pueden proporcionar: preceptores e institutrices que le enseñaron francés y rudimentos de otros idiomas, viajes anuales con su madre a Austria y Alemania, a ver médicos, sobre todoÉ El retrato que Gombrowicz hace de su madre en Testimonio , el libro de conversaciones con Dominique de Roux, es notable: "[Ella] era toda vivacidad, sensible, dotada de una excesiva imaginación, perezosa, indolente, demasiado nerviosa, llena de complejos, de fobias, de ilusionesÉ Artista lo soy por ella, de eso soy consciente. Mi madre pertenecía a ese tipo de personas que no saben verse tal como son. Es más, se veía absolutamente al revés de como era, y en eso había algo de provocación. ÔEn mis momentos de asueto, me gusta leer a Spencer y a Fichte´, afirmaba con total sinceridad, aunque las obras de esos filósofos colmasen los anaqueles inferiores de la biblioteca, flamantes, y con las páginas sin cortar. Mi madre era por naturaleza: impulsivamente ingenua, caprichosa, de cultura más bien mundana, anárquica, temerosa, glotona, amante de todas las comodidades. En cambio, imaginaba ser: razonable y lúcida, disciplinada, intelectual, organizada, valiente, frugal, ascética y hasta heroica. Ella fue quien me empujó al puro desatino, al absurdo, convertido más tarde en uno de los elementos más importantes de mi arte".

Aún poco antes de morir, Gombrowicz recordaba la influencia materna: "Mi hermano Jerzy y yo arrastrábamos a nuestra madre a discusiones absurdas, lo que supuso una de mis primeras iniciaciones al arte (y en la dialéctica). ¡Divino absurdo! En esa escuela aprendí a obcecarme heroicamente en el desatino, a obstinarme sólo en la estupidez, a celebrar piadosamente la majaderíaÉ ¡Oh forma! Las divinas idioteces de mi literatura (de las que no dejaré jamás de maravillarme), esa facultad de sumergirme en la sandez, es a mi madre a quien se la debo, los mejores colegios en su debido momento, las compañías refinadas, la debilidad pulmonar, que también proporcionaba prestigio y elegancia, las largas temporadas en las montañas para recuperar la salud; luego la universidad, la carrera de leyes, la consiguiente estancia en París después de los estudios, las malas compañías, el regreso a Varsovia".

En 1928, para poder seguir recibiendo la mensualidad que le pasaba su padre, Gombrowicz se comprometió a iniciar una práctica de trabajo en los tribunales de Varsovia como preparación para ejercer la carrera de abogado, asistía a los procesos de secretario del tribunal y redactaba las actas judiciales, "al no lograr distinguir a los asesinos de los jueces estrechaba yo la mano de los asesinos", comentaría más tarde.

El escritor ya había terminado, hacia 1828, cuatro cuentos que no se parecían a nada de lo que escribían en Polonia los literatos tradicionales ni los vanguardistas: "El bailarín del abogado Krakovski", "El diario de Stefan Czarniecki", "Crimen con premeditación" y "La virginidad", es decir, la mitad del material que después integró un libro portentoso titulado Memorias del período de la inmadurez , publicado en 1933, donde aparecen revelaciones e intuiciones decididamente personales. La mayoría de los críticos desdeñó esa obra desde el momento de su aparición, pero lo cierto es que visto en perspectiva, Gombrowicz aparece ya entonces no como una promesa sino como un escritor formado, dueño de un mundo propio, radicalmente original, destinado a transformar la literatura polaca. En esas Memorias del período de la inmadurez viven encapsuladas algunas de las obsesiones fundamentales de Gombrowicz, entre otras, una capital: la superioridad de la inmadurez sobre la madurez, de lo inferior sobre lo superior, de lo bajo sobre lo elevado. Los lectores inteligentes (pocos) fueron susceptibles a todo lo que de nuevo y prodigioso proponía el escritor; los demás, especialmente los críticos, se conformaron con hacer bromas sobre el título, excederse en el sarcasmo sobre la inmadurez que confesaba el joven autor, hacerle recomendaciones triviales y observaciones de tipo paternalista que para el ultrasensitivo Gombrowicz resultaban hirientes. Muchos años después, instalado en Francia, en pleno éxito internacional, Gombrowicz tuvo que releer esos relatos para una próxima edición y le sorprendió la juventud que irradiaban, la respiración del idioma, su gracia: "Es un artificio reverberante de fantasía, de invención, de humor, de ironía. Esos relatos vibran con cortos circuitos sorprendentes, con visiones inesperadas, bullen de humor y juegoÉ Hay que reconocer que en la escala de mis posibilidades este primer libro se encontraba ya a nivel de mis más afortunados éxitos".

Me interesa esa opinión de Gombrowicz sobre su libro inicial, republicado muchos años después con el título de Bakakai , porque a mi juicio es uno de los tres libros que resistirán el cruel paso del tiempo al que toda obra está sujeta, y formarán parte de la pequeña lista de clásicos que cada siglo salva. Los otros son Ferdydurke , y sobre todo, el prodigioso Diario que comenzó a escribir en Buenos Aires.

Ferdydurke apareció en 1937, cuatro años después de la pobre aparición de las Memorias del período de la inmadurez . Las inteligencias más lúcidas de Polonia advirtieron que en su país y con su lengua había nacido un clásico. Quienes habían zaherido al joven narrador por su supuesta inmadurez literaria encontraron en ese libro una respuesta contundente. Ferdydurke es la novela de la inmadurez. En ella todo lo que parecía seguro, firme, respetable en el mundo de los hombres es barrido a golpes, resquebrajado, ridiculizado, hasta terminar siendo risible, grotesco, lamentable, y el fenómeno desacralizador que logra esos resultados es precisamente la inmadurez, la energía de los que se resisten a crecer, el golpe que lo inferior asesta a lo superior, el triunfo de lo vulgar, la subcultura y la impureza sobre la exquisitez, la cultura y la pureza.

¿No se ha visto ya en muchas novelas anteriores esa lucha de fuerzas antagónicas? ¿Cuál es, entonces, la novedad? ¿De qué deberíamos deslumbrarnos? La respuesta la conocemos pocos capítulos después de haber iniciado la lectura. El autor de Ferdydurke , para lograr esa devastación del mundo canónico, ese vendaval salvaje que azota todos y cada uno de los islotes que considerábamos seguros y termina por alegremente desmantelarlos, transforma "la forma" en un instrumento narrativo activo, y su gran acierto, una de las contribuciones mayores del autor al género narrativo, es encontrar esa forma no en los reinos de la cultura, de la razón y de la madurez, sino por el contrario, inventarla y construirla desde la inmadurez, lo que significa escribir un libro delirante, disparatado, poblado de situaciones inusitadas, absurdas, imprevisibles, estrepitosas, esperpénticas.

¡Cuidado! Hay que detenerse y prevenir al lector para no confundirlo. Gombrowicz no es un autor fantástico sino un realista radical; él lo sostuvo toda su vida. Un hiperrealista que se propone corroer todo lo que es falso en el mundo de los hombres para llegar, después de traspasar capas y capas de construcciones culturales falsas y obsoletas, hasta lo real, es decir, lo verdaderamente humano.

En el prólogo que escribió a la primera edición del libro en Argentina, Gombrowicz señala: "Los dos problemas capitales de Ferdydurke son: la Inmadurez y la Forma. Es un hecho que los hombres se ven obligados a ocultar la inmadurez y por eso su fachada sólo muestra lo que está maduro. Esa madurez exterior es una mera ficción. Si no se logra unir esos mundos, la cultura será siempre para el hombre un instrumento de engaño".

Uno de los ejes sobre el que se sostienen las novelas del escritor polaco a partir de Ferdydurke es la creación del hombre por el hombre, posibilitada por el hecho de que tanto sus sentimientos como sus ideas le son impuestos desde el exterior. Alguien está seguro de que un acto cualquiera ha nacido de su mente aunque lo cierto es que, sin él saberlo, le ha sido impuesto por los otros. Los seres humanos se empujan mutuamente, se buscan y una vez que entran en contacto se excitan recíprocamente, y de ese contacto surge una forma nunca permanente, puesto que a cada momento se abre a nuevas posibilidades. "Quizás lo que me propongo en mis escritos -dice- es sencillamente debilitar todas las construcciones de la moral premeditada a fin de que nuestro reflejo moral inmediato, el más espontáneo, pueda manifestarse."

En 1939 Gombrowicz viajó a Buenos Aires; apenas desembarcado estalló la guerra, lo que le impuso una permanencia de veinticuatro años en Argentina. Allí encontró su verdadero destino, fue el herético absoluto, un salvaje, y encarnó del todo lo que antes sólo había imaginado: el trato con "la inferioridad", "lo bajo", "la inmadurez". Fueron tiempos terribles y magníficos, una experiencia única. Durante los diez primeros años no pudo escribir una sola línea; luego despierta, vuelve a la novela, al teatro, pero, sobre todo, descubre el género donde se manifiesta toda su grandeza: el Diario, la obra mayor de su vida.

En 1963 volvió a Europa. Antes de morir, en Vence, en 1969, lo alcanzó la celebridad.

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