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Svante Arrhenius y las revoluciones irresponsables

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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14 de julio de 2018  

En 1896, el premio Nobel Svante Arrehnius advirtió sobre el efecto nocivo que los gases de invernadero -que la Revolución Industrial estaba produciendo a tasas cada vez mayores- podrían causar sobre la atmósfera. No le prestaron ninguna atención. La modernidad estaba muy buena y producía mucha riqueza; no había lugar para darle importancia a una teoría tan disparatada. Tardamos 91 años en probar que el pobre Arrhenius tenía razón. Pero para entonces el problema era todo nuestro. Es todo nuestro.

Pensaba, luego de leer esta historia, en que no hemos sido responsables con nuestras revoluciones tecnológicas. Y en los motivos de esta conducta. Porque no es que la Revolución Industrial estuvo mal; nos estábamos multiplicando a una velocidad que, sin ella, no habríamos podido subsistir. Lo que estuvo mal fue no prestarle atención a Arrhenius.

¿Más ejemplos? La escritura, pongamos por caso. Fue quizá el avance más disruptivo de todos. Conseguimos asentar de forma más o menos permanente nuestra destreza única y exclusiva, el lenguaje humano. De allí habrían de derivarse la matemática y la lógica, cuyas hijas serían las ciencias. Cierto, la de la ciencia es una historia de refutaciones, pero, con toda honestidad, prefiero los antibióticos a las sanguijuelas. Dicho esto con todo respeto por las sanguijuelas.

Muy bien, inventamos la escritura 5000 años atrás, ¿y qué hicimos? ¿De inmediato creamos la escuela primaria gratuita y obligatoria e impartimos la alfabetización entre todos los niños? ¿Permitimos la libre circulación de las ideas y fomentamos la ilustración? No. Por el contrario, mantuvimos el desarrollo recluido a un pequeño círculo durante 45 siglos. Por eso tardamos tanto tiempo en pasar de la brujería, la superstición y las sanguijuelas a los antibióticos y las vacunas.

Fuimos irresponsables con la escritura, tanto como lo seríamos mucho después con la energía atómica. Nunca dijimos: "Esto está realmente muy bueno, científicamente hablando. Ahora, el temita de la radiación, qué sé yo, habría que estudiarlo bien y poner todos los reparos posibles. Y esa cuestión de que podemos fabricar explosivos millones de veces más potentes que el TNT, dejémoslo de lado, ¿dale?" Por el contrario, tuvimos Hiroshima, Nagasaki y Chernobyl. De hecho, tan irresponsables somos con este asunto que todavía existe un arsenal nuclear global que podría erradicar a la especie humana del planeta en un santiamén.

Uno podría argumentar que somos una especie todavía joven, en términos históricos, pero ese razonamiento siempre me sonó falaz. No sé si lo es. Pero me suena falaz porque, ¿con qué otra civilización podemos comparamos? Respuesta simple: con ninguna. Queda super lindo en una película de ciencia ficción que una especie alienígena nos de una palmadita en la espalda y nos explique que nuestros errores (horrores, en muchos casos) se deben a que "sois una especie muy joven".

Puede que sí. Puede que no. Me parece una excusa y nada más. Si me presionan un poco, diría que lo más sano que podemos hacer es salir de la zona de confort del "somos una especie adolescente" y preguntarnos si acaso somos una especie viable. Hemos hecho grandes cosas, y las revoluciones tecnológicas son un orgullo, pero, salvo excepciones, nos comportamos irresponsablemente. Sí, incluso la de las computadoras e Internet.

No me gusta decir esto (otra vez), pero cuando un puñado de hackers y de defensores de los derechos civiles advirtieron sobre los varios frentes de tormenta que vislumbraban en el horizonte, ganó (de nuevo) el entusiasmo y no se les prestó atención. Hoy nos está cayendo un granizo catastrófico en campos como el de la privacidad, la seguridad informática, la vigilancia estatal y la libertad de expresión. Por no mencionar el uso que los Estados totalitarios le están dando hoy a las nuevas tecnologías.

El átomo y el pedernal

La pregunta parece ser por qué hemos sido sistemáticamente irresponsables con nuestras revoluciones tecnológicas. Tengo la impresión de que en un punto es un rasgo humano. Humano no significa de ningún modo, en este contexto, único, inevitable o inmutable. Al menos hasta ahora, la única humanidad que conocemos, la nuestra, ha adoptado con un entusiasmo ciego los avances técnicos. Creo también, como dije antes, que por el momento esto ha sido inevitable, y es por un motivo. Si hace 2,6 millones de años hubiéramos sido cautos al adoptar el pedernal, muy probablemente nos habríamos extinguido.

Ese pecado original se perpetuó incluso cuando empezamos a desarrollar tecnologías que podían afectar la ecología, los derechos civiles o la supervivencia de la humanidad. A partir de los mismos conocimientos que dieron origen a tratamientos para el cáncer y métodos de diagnóstico por imágenes creamos bombas atómicas. La misma tecnología que nos permite ejercer la libertad de expresión de una forma mucho más plena que en 1948 hace posible que un derecho fundamental, como la privacidad, se haya lesionado de manera gravísima.

Lo digo de nuevo: no tenemos con qué compararnos. Inventar sin pedir permiso nos sacó de las cavernas y nos llevó a otros planetas. Un comité evaluador habría sido, en cada revolución técnica, desastroso; mucho más dañino que nuestra irresponsabilidad. Pero tal vez sería bueno que la próxima vez (Internet de las Cosas, inteligencia artificial, robótica, ingeniería genética, el viaje en el tiempo, lo que sea) presten oídos a los Arrhenius de cada era. Porque ahora la taba se ha dado vuelta y ya no son nuestros enemigos naturales los que podrían ponernos al borde de la extinción. Somos nosotros mismos.

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