Los padres y las vacaciones de invierno

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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14 de julio de 2018  • 00:23

Al llegar las vacaciones de invierno, lo primero que tenemos que hacer los padres es organizar quién cuida a los chicos mientras trabajamos, lo que no siempre resulta fácil. Pero además de un día para el otro nos encontramos con nuestras casas "tomadas": juguetes tirados por todos lados, desorden, ruidos a la noche cuando querríamos dormir, camas sin tender al mediodía, pedidos de todo tipo ("compráme", "lleváme", "¿puedo invitar?", "¿hacemos una torta?", "¿jugamos?", etc.). ¡Cómo cuesta acostumbrarse! a ese caos ,y a tener tan poco tiempo para nosotros mismos y nuestras actividades habituales. Porque para los adultos estas vacaciones no son tales, trabajamos, vamos al supermercado, cocinamos, lavamos, ordenamos, y sumado a eso -que es lo de todos los días- tenemos que entretener y/o llevar y traer chicos a sus diferentes programas.

El problema es que son sólo dos semanas, y si no nos acomodamos suficientemente rápido a la nueva situación, cuando se terminen vamos a habernos pasado catorce días retándolos, quejándonos, resoplando, incluso deseando que se terminen. Y vamos a perdernos el placer de disfrutar a nuestros hijos, que están de buen humor porque durmieron bien, no tienen tarea, notas que esconder ni presiones académicas. Y vamos a perdernos su presencia y sus sus cuentos porque no dan ganas de estar o de conversar con progenitores gruñones.

En el intento de acomodarnos a la situación vayamos lo más que nos sea posible a favor de la corriente: al igual que en el rafting en ríos de montaña, hay muchas cosas que no podremos hacer desaparecer del todo, como el desorden, las demandas, las peleas entre nuestros hijos, la suciedad de la casa y de la ropa (incluida la nuestra), las caras de aburridos, la lucha para que no vean tanta tele o no usen tanto los jueguitos. No hablo de aceptar cualquier cosa, sino de flexibilizarnos para tolerar casas menos impecables, más desorganizadas y ruidosas.

Una vez aceptado cierto nivel de caos y alcanzada la entrega de nuestro espacio y tiempo tendremos que aprender a regular el uso de nuestra energía (y nuestro dinero) para no agotarnos ni enojarnos. Es la única forma que se me ocurre de llegar al final de las vacaciones y seguir sonriendo. Los chicos piden y piden, nada es suficiente para ellos, y está bien que pidan, ¡pero nosotros podemos decir que no! Es imposible satisfacer todas sus demandas, aceptar todas su ideas, hacer programas todos los días, comprar todo lo que quieren, ver todos los espectáculos que les interesan.

Cuando nos excedemos en nuestra entrega perdemos el humor, queremos que los chicos nos agradezcan y que nos devuelvan en función de nuestro "sacrificio", y el resultado no es bueno para nadie. Decir que no en casa, tener una discusión subida de tono en privado, es mucho más sencillo que tenerla en el shopping delante de un montón de gente, o de sus amigos. Los chicos prometen el oro y el moro con tal de que digamos que sí a algún programa que nos parece chino, y una vez que lograron nuestro sí olvidan sus promesas. Por eso digamos más veces que no y digamos que sí sólo si tenemos energía y tiempo disponibles.

Y no olvidemos conservar una reserva de energía para ir contra la corriente cuando lo que los chicos nos proponen atenta contra la salud, la moral, o la seguridad tanto de ellos como nuestra. O contra la posibilidad de llegar cómodos a fin de mes.

Nosotros somos los adultos y tomamos las decisiones, no les sirve a nuestros hijos que hagamos lo que ellos quieren y después estemos enojados, estresados, llenos de reclamos y necesitados de su reconocimiento y agradecimiento. A menudo digo que no funciona ceder y después enloquecer. Pero tampoco podemos pretender pasar las vacaciones sin hacer ningún cambio en nuestras rutinas, sin bajar algunas expectativas, y sobre todo ¡sin disfrutar algunos ratos de ocio con nuestros hijos!

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