Demasiado tarde para lágrimas

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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14 de julio de 2018  

Un poco tarde. SACE, la agencia italiana de crédito a la exportación, les confirmó anteayer a constructores argentinos lo que venían conversando desde hacía un año: está en condiciones de garantizar la financiación de la represa Chihuido, un megaproyecto largamente postergado sobre el río Neuquén. No alcanzará: un día antes, Gustavo Lopetegui, vicejefe de Gabinete, le había anticipado al consorcio, integrado por contratistas como Eduardo Eurnekian, Gustavo Weiss, la italiana Impregilo y la alemana Voith Hydro, que el ajuste al que la Casa Rosada se comprometió con el Fondo Monetario Internacional obliga a sepultar la obra, porque el fisco no está en condiciones de pagarla. El aval de SACE se suma al de Hermes, la agencia de exportaciones de Alemania, cuyas autoridades diplomáticas quedaron perplejas por esa mala noticia. Los tres ejecutivos de Voith Hydro, que habían viajado especialmente al país esperando reunirse con Macri, salieron molestos de la reunión.

El gobierno de Alemania hizo esfuerzos para que el desencuentro no se convirtiera en un incidente diplomático. Por eso optó por el silencio a pesar de que, hace un año, había sido la propia Angela Merkel quien habló del tema con Macri en su visita a Buenos Aires. "Seguramente él sabrá entender", les contestó Lopetegui cuando los viajeros le dijeron que debería explicárselo al ministro de Finanzas alemán. Lopetegui tiene fama de duro, pero franco. Su inflexibilidad anticipó esta vez un sinceramiento que terminó de comprenderse anoche, con la difusión del informe que el staff del Fondo le entregó a su directorio para aprobar el acuerdo con la Argentina: el ajuste es difícil de hacer pero el Gobierno está dispuesto a cumplirlo.

Será apenas el comienzo. La última corrida cambiaria, que en la Casa Rosada creen haber superado con la estabilidad cambiaria de las últimas dos semanas, socavó la confianza y, con ella, parte del plan maestro del modelo, que era la inversión. Fue un cimbronazo que empezó en abril y que Macri no vio venir en su real magnitud a pesar de que, en la región, muchos analistas advertían desde hacía tiempo que, para atenuar la presión inflacionaria en Estados Unidos, la Reserva Federal subiría las tasas de interés. Ese reacomodamiento hizo que los capitales fueran hacia activos más seguros y desencadenó lo esperado: fortaleció el dólar y devaluó las monedas de los países emergentes. Nada nuevo. Era el escenario que, ya en 2016, esgrimían en México los partidarios de renovar la línea de crédito flexible de 88.000 millones de dólares que ese país tiene con el Fondo.

La suba de tasas sorprendió entonces a la Argentina, uno de los mercados más expuestos por su necesidad de financiamiento, en pleno ejercicio del gradualismo. La tormenta obligó al macrismo a retroceder a su objetivo primigenio en el poder, aquel que el equipo económico había incluido en 2016 en su programa de crecimiento: "Bajar el costo del financiamiento", decía el primero de los ocho puntos del plan.

La Argentina tiene un inconveniente que cada cinco años la hace volver al mismo lugar: una estructura económica insuficiente para sostener su nivel de gasto. Esa inconsistencia la obliga a cobrar altos impuestos que, sumados al costo laboral, acobardan a inversores que, independientemente de su ideología, deciden apostar en otras partes del mundo. Apenas empezaba la gestión de Macri, el dueño de un grupo industrial argentino se cruzó en un acto con Andrés Ibarra, ministro de Modernización, y le dio un anticipo: "Si ustedes no despiden empleados públicos, vamos a terminar despidiendo nosotros".

Es lo que pasó. Reacio durante dos años a achicar el gasto, el Gobierno intenta ahora erosionar salarios. Así lo indica el informe del Fondo dado ayer a conocer, que consigna alzas no superiores al 8% anual nominal para agentes estatales. Es decir, una baja real importante si se piensa que la inflación no bajará del 30% según estimaciones de analistas y bancos. El texto tampoco descarta despidos: "Reducción de empleo público a través de una sostenida contracción de los empleados no prioritarios", dice.

El mal momento no tiene una sola interpretación dentro de Cambiemos. Es probable que la disidencia más obvia se oiga primero en la Unión Cívica Radical, desde donde vienen planteando que los ajustes afectan de lleno a la base de votantes del partido, que es la clase media. Pero también en la línea fundadora del Pro han trascendido objeciones. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo, proponen la necesidad de cabalgar las exigencias del Fondo con un ejercicio intenso de política y negociaciones con todos los sectores. Sin ajuste no hay campaña. Ambos administran territorios difíciles, aspiran a llegar algún día a la Casa Rosada y son conscientes de los costos. La certeza de Macri es la misma desde otra óptica: hay medidas de la nueva etapa que, aunque le resulten indigeribles a opositores en campaña, se deben tomar. A la gobernadora ya no le preocupa tanto disimular estas diferencias. Algunos de sus colaboradores lo advierten incluso en gestos como el del lunes pasado, cuando, después de oír del obispo más cercano a Bergoglio el pedido de que Macri vete la ley del aborto en el caso de que salga, aceptó sacarse una foto con un manifestante de pañuelo celeste, símbolo del rechazo al proyecto de despenalización.

Cualquiera de estas especulaciones se ve desde el gobierno nacional como muy lejana. Y será incluso abstracta si no logra superar ese escollo endémico nacional, que es una economía incapaz de sostenerse. Tarde o temprano el problema aparece: Menem lo resolvió con deuda; Duhalde, con una devaluación que carcomió 40% los salarios después de un default mientras las commodities subían y el dólar se debilitaba en el mundo; Néstor Kirchner, confiscando los fondos de pensión luego de ensayar sin éxito un aumento en las retenciones agropecuarias en 2008, y su sucesora, con inflación y cepo cambiario.

Macri pretende hacerlo con un plan ortodoxo que restaure la confianza. Ese objetivo, tan prioritario que se antepone a inversiones que redunden en gasto público, ubica al Presidente en una posición incómoda: después de dos años de gestión, está en el mismo punto en que partió el 10 de diciembre, cuando se proponía superar una herencia que prefirió no exhibir con vehemencia. ¿Será el momento de recalcular y echar culpas? La política nunca es lineal. Pasó tanto tiempo que, si a alguien se le ocurriera ahora, la idea llegaría como el aval italiano a Chihuido: demasiado tarde.

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