Salir de la cárcel: con la poesía, ayudan a mujeres a empezar una nueva vida

Gabriela Fernández junto a su hija, en una pausa del taller de escritura
Gabriela Fernández junto a su hija, en una pausa del taller de escritura Crédito: Victoria Mortimer
Yo No Fui tiene proyectos artísticos y laborales en tres penales; su objetivo es construir vínculos y contener
Victoria Mortimer
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16 de julio de 2018  

Es miércoles y 25 mujeres se encuentran reunidas en una casona del barrio de Flores. Con distintos recorridos, edades e historias, todas tienen algo en común: haber vivido la experiencia de estar privadas de su libertad, en un penal o bajo arresto domiciliario.

Esa mañana soleada, participan del taller de escritura y periodismo que dicta la organización social Yo No Fui, y entre libros y apuntes toman mate, juegan en el patio con sus hijos y comparten sus historias. Muchas son amigas.

Entre ellas está Gabriela Fernández, quien desde los 18 años entró y salió tres veces de la cárcel por robos. A los 29, no titubea al enumerar los dos acontecimientos que marcaron su vida y la llevaron a alejarse de las drogas y el delito: el nacimiento de su hija, Isabella, y escribir.

"En el taller no solo aprendo mucho, sino que también tengo una contención tremenda. Las chicas conocen mi historia y María Medrano [su fundadora] es como la madre de todas", cuenta Gabriela, y agrega: "Amo escribir, es como hablar con tu alma".

Yo No Fui ofrece proyectos artísticos y productivos dentro de cárceles de mujeres en todo el país, y afuera una vez que recuperan su libertad. Nació en 2002 como un taller de poesía que la abogada y poeta María Medrano comenzó a dictar en la Unidad 3 para mujeres del penal de Ezeiza.

María Medrano enseña a mujeres presas el arte de expresarse a través de la escritura

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Desde su fundación, uno de los objetivos principales es acompañar a las mujeres que están detenidas, fortaleciéndolas y generando vínculos para que una vez afuera puedan retomar su vida y generar cambios positivos.

"Nos preocupaba mucho contenerlas en el proceso de recuperación de la libertad, porque muchas nos decían que salir después de años de encierro y de haberse roto todos sus vínculos era lo peor: sin trabajo, más golpeadas y vulneradas", explica María. Sentían que era un momento demasiado importante en la vida de esas mujeres y ahí tenían que estar.

A medida que las que asistían dentro de la cárcel comenzaron a recuperar su libertad, empezaron a brindar talleres afuera también, al principio improvisadamente. "Hay muchas mujeres que por primera vez pueden decir y aceptar la violencia que sufren o sufrieron: al escuchar a otras, pueden empezar a soltar", destaca Medrano.

Actualmente, la organización cuenta con 15 talleres y trabaja en la Unidad 31 y en el Complejo IV de Ezeiza; la Unidad 13, de Santa Rosa, La Pampa, y la 47 de José León Suárez; todas ellas, de mujeres.

Además, funciona como una cooperativa de trabajo (que brinda servicios y elabora productos propios) y tiene un colectivo editorial (Tinta Revuelta) y otro fotográfico (Luz en la Piel).

El equipo está formado por un grupo de 28 docentes, trabajadores sociales, psicólogas, mujeres que pasaron por la experiencia de la cárcel y abogadas.

El arte como medio

"Empecé a consumir a los 18. Cuando quedé embarazada me quise internar para rehabilitarme, pero ningún centro me recibió. Me decían que estando en ese estado y en situación de calle no podían ayudarme", relata Gabriela, que actualmente vive con Isabella, de dos años, en el Bajo Flores.

Su vida fue todo menos fácil. Su padre la abandonó a los 4 años, dejándola sola con su nueva mujer, quien le pegaba y la abusaba sexualmente. "Recuerdo que cuando ella llegaba, automáticamente me dolía la panza", cuenta la joven, a quien luego, con 9 años, enviaron a vivir con su tío. "Estuve con él y su familia en Mar del Plata, hasta que empezó a mirarme de otra manera. Me tocaba y me hacía mirar pornografía", describe.

Un día, Gabriela se animó a contar en su escuela la pesadilla que atravesaba. La enviaron a un hogar, pero a los 14 se escapó y estuvo en situación de calle. "Allí era donde me sentía más segura. Hasta que una señora me encontró y me dijo que me iba a dar trabajo. Con su marido, me encerró en un cuarto durante cinco meses, me prostituyeron y me hacían consumir drogas", agrega.

En el instante en el que la dejaron salir a tomar aire, se escapó, pero nunca se animó a denunciarlos. "A mi tío lo denuncié y nunca se lo llevaron preso. Yo ya no confiaba más en nadie", confiesa.

Aunque el eje de Yo No Fui es la formación y la capacitación, su fundadora resalta que su trabajo se basa en el afecto y la construcción de vínculos sanos, con el objetivo de que las mujeres puedan sostener una vida digna.

"Lo que veo es un empoderamiento impresionante, hay una hermandad muy linda. Trabajamos mucho el autocuidado y cómo cuidarnos entre nosotras, porque muchas vienen con problemas de consumo, violencia de género y experiencias como haber pasado por un aborto, que como mujeres nos atraviesan el cuerpo", sostiene la fundadora de la organización.

Gabriela limpia casas por hora, porque desde que salió de la cárcel por última vez, hace tres años, no pudo conseguir un trabajo fijo. "No recibí ningún tipo de apoyo. A los 21, la primera vez que quedé en libertad, solo salía de joda y seguía delinquiendo, pero la última vez por suerte una amiga del penal me trajo al taller", cuenta.

María Medrano no trata a quienes participan de Yo No Fui como víctimas, sino que las impulsa a crecer desde el dolor. "Tenemos que dejar de victimizarnos y ponernos siempre en el lugar de la pobre mujer que llega a situaciones violentas. Hay que corrernos de ahí y empezar a construir de manera colectiva", señala.

Para Gabriela, ella tocó fondo cuando probó la droga por primera vez: "La usaba para descargar mucha bronca. Pero mi pasado ya no es algo que me derrumbe, antes me daba lo mismo estar viva que muerta, ahora no", asegura.

Gracias al apoyo de sus compañeras, Gabriela siente por primera vez que tiene el control de su vida. "Salir de la droga implica esmerarse, pero también saber recibir la ayuda del otro", concluye.

Reconocimiento

Tinta Revuelta, el colectivo editorial de Yo No Fui, resultó ganador del primer Concurso de Arte y Transformación Social que organizó el Fondo Nacional de las Artes en 2017, para premiar iniciativas artísticas que brinden respuestas creativas a problemáticas sociales.

Del 16 de agosto al 15 de octubre, el Fondo lanzará la segunda edición de este concurso, que abarcará tres líneas temáticas: infancia (programas que apunten a personas de hasta 13 años), juventud (entre 14 y 26 años) y adultos mayores (más de 65 años). Cada proyecto ganador recibirá 100.000 pesos.

La inscripción es online en www.fnartes.gob.ar

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