¿Comenzó la guerra comercial?

Luis Palma Cané
Luis Palma Cané PARA LA NACION
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16 de julio de 2018  • 10:33

Desde comienzos de año, el presidente Trump ha vuelto a insistir en muchas de sus erróneas promesas de campaña; destacándose, entre ellas, su afán proteccionista encarnado en su famosa frase "America First". Lo que hasta ahora - más allá de las tarifas impuestas al aluminio y al acero a principios de marzo- habían sido simples amenazas de imponer aranceles a las importaciones chinas (que provocan un déficit comercial al país del norte del orden de los 325 mil millones de dólares) se han convertido, a partir del 6 de julio pasado, en una cruda realidad.

En efecto, a partir de dicha fecha, EE.UU. -alegando "prácticas desleales" por parte de su contraparte y razones de "seguridad nacional"- puso en vigencia aranceles del 25% a más de 800 productos de importación de China, los cuales alcanzan un valor anual de 34 mil millones de dólares (tecnologías de información, industria aeroespacial, robótica, ingeniería artificial y maquinaria). La respuesta de las autoridades chinas fue inmediata y de la misma intensidad: imposición de igual arancel a 545 productos de importación por un valor también de 34 mil millones de dólares: soja, cerdo, acero, automóviles y motos.

De esta manera, la guerra quedó fácticamente declarada. Para que no hubiera dudas, el mismo 6 de julio, un portavoz del gobierno chino declaró en rueda de prensa que "Estados Unidos ha violado las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y ha iniciado la mayor guerra comercial de la historia económica mundial". Finalmente, agregó: "China no se doblará ante las amenazas y chantaje (de EE.UU.) y seguirá firme en su determinación de defender el libre comercio y el sistema multilateral".

No todo terminó aquí. En efecto, de acuerdo a su estilo autoritario y confrontativo, el Presidente Trump ha redoblado su apuesta: declaró que están en estudio nuevos aranceles de rápida aplicación sobre 16 mil millones adicionales de importaciones chinas. Es más, casi simultáneamente, afirmó que "de ser necesario" aumentaría los productos sujetos a protección arancelaria en 200 mil millones de dólares, llevando el total a 250 mil millones de dólares (nada menos que un 55% del total de importaciones chinas).

Más grave aún, como lo demuestra la historia económica, la confrontación comercial ha comenzado a propagarse. En efecto, Rusia e India ya han impuesto aranceles del 25% al 40% a la importación de determinados productos estadounidenses; por su parte, la Comunidad Europea declaró que la guerra comercial ya había comenzado y que era imperioso que el conjunto de las 27 naciones que la conforman actuara "unido", en salvaguardia de sus intereses comerciales. Seguramente, pronto aparecerán nuevos "participantes".

Queda claro, entonces, que se ha iniciado un peligroso camino que -de no evitarse a tiempo- provocará no sólo turbulencias financieras sino también caídas en el comercio mundial, con su correspondiente impacto negativo sobre el crecimiento global.

Ahora bien, si la teoría y la experiencia demuestran fehacientemente que en una guerra comercial no hay ganadores sino perdedores en distintos grados, ¿ por qué Trump ha iniciado este choque con China, que -como se ha visto- amenaza con expandirse? Todo indica que de acuerdo a su agresivo estilo, y a pesar de los riesgos que corre, lo ha hecho con un doble objetivo: negociar desde una posición ventajosa un acuerdo para -según fuentes de la Casa Blanca- poder reducir en una primera etapa el déficit en no menos de 200 mil millones de dólares y, al mismo tiempo, limitar la expansión tecnológica del gigante asiático.

Sin embargo, como se podrá advertir, la jugada es extremadamente peligrosa. En efecto, de no cortarse el proceso a la brevedad, China podría no sólo devaluar su moneda (ya lo ha hecho en un 3%) sino también comenzar a desprenderse de su stock de bonos del Tesoro de los EE UU (1,3 billones), provocando una fuerte caída de su valor con la consiguiente suba de las tasas de interés. Tampoco debieran descartarse nuevos alineamientos geopolíticos de los actuales aliados de EE UU, en busca de acuerdos comerciales con China y Rusia, entre otras economías hoy enfrentadas a Occidente. A este respecto, basta mencionar que el 8 de julio pasado Alemania y Chuna han firmado un acuerdo comercial del orden de los 25 mil millones de dólares, "en defensa del comercio mundial multilateral".

Dada la situación descripta, lo único cierto es que cuanto más se tarde en desarmar los ataques y las correspondientes represalias, más alta será la probabilidad de que la actual situación termine en una guerra comercial global con todas las consecuencias negativas que ello implicaría: suba generalizada de aranceles, restricciones al comercio internacional (incluyendo cadenas globales de valor), devaluaciones masivas, enfriamiento de la economía global, presiones inflacionarias y aumento de las volatilidades financieras, entre otras. Resulta imperioso, entonces, que las partes se reúnan a la brevedad posible en una mesa de negociaciones, único medio pacífico para salir de la peligrosa encrucijada actual.

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