De madres e hijas

Diana Fernández Irusta
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17 de julio de 2018  

Cuatro mujeres en un micro; tres generaciones -madre, hijas, abuela-, la misma sangre. Cuatro mujeres en un micro y una palabra que las nombra, las envuelve, lo dice todo: desmadre. Porque desde antes de realizar el documental que, entre otras cosas, la subió en un micro rumbo a Paraná junto a su madre y sus hijas, la cineasta Sabrina Farji sabía que lo iba a llamar así. Y Desmadre se terminó llamando la película que se estrenó hace unas semanas y que también puede verse en la plataforma Cine.Ar Play.

Farji quería indagar en un terreno sinuoso, el del vínculo entre madres e hijas. Convocó a su propia madre y a sus dos hijas adolescentes y las invitó a ser parte de una filmación en la que estarían ellas, el amor, la furia, el agotamiento, la exasperación, los recuerdos. Y la certeza de que ese lazo invisible que las anuda, nutre y desespera está ahí para quedarse. Poderoso, imperfecto, por momentos imposible de ser dicho.

"Hay muchas cosas que no soporto de mi mamá. Si me pongo a listarlas, sería terrible", dice, lapidaria y tremenda, Zoe, la hija mayor. La misma que se preguntará, varias veces y sin tapujos, si realmente lo pensaron bien, si en serio están seguras de dejar grabados -así, de una vez y para la posteridad- tanta palabra y tanto gesto íntimo. Pero es también ella la que más de una vez reirá como si no existieran ni las broncas ni los hartazgos. La misma que, previo acuerdo con la madre, empuñará una de las cámaras que irán conformando ese mosaico de encuentros y desencuentros que es, finalmente, Desmadre.

Las cuatro viajan a Paraná, ciudad donde nació la abuela. Visitan el teatro donde cantó de chica, conocen la que fuera su casa de infancia, emprenden una más bien ríspida jornada de pesca. Caminan rumbo al río, y en esas caminatas revelan mucho de lo que son. Van todas a destiempo, unas por delante de las otras; se llaman para acompasarse, lo intentan, se irritan, vuelven a distanciarse.

Sin llegar a ser frenético, el ritmo de la película es ligero; pese a ahondar en una zona de turbulencias especialmente compleja, lo que se muestra nunca ingresa en el tono de la angustia. Lo que ocurre allí es luminoso, incluso a despecho de las discusiones constantes y como a repetición. Hay vida, hay humor, hay energía.

"Te aclaro que yo no creo en el amor incondicional de madres e hijas", le comenta Farji a la periodista Moira Soto en la última edición de la revista digital Damiselas en apuros. Sin embargo, en su película no circula otra cosa más que amor entre esas cuatro que anudan y desanudan conflictos frente a cámara.

Por momentos, las voces se les embarullan. Entonces, en un pasaje especialmente intenso, mientras descansan en un banco a la vera del Paraná, surge el tema -ese tema-: la maternidad como principio, vientre, decisión, azar. Y la hija mayor lanza el dato: su madre, además de traerlas a ella y su hermana al mundo, tuvo dos embarazos que no pudieron ser. La abuela mira a su hija: "¿Cuándo? ¿Me lo habías contado?"; la hermana menor mira a la mayor: "¿Qué estás queriendo decir?". Y asistimos, como quien se asoma por una ventana no tan estrecha, a un intercambio íntimo y la vez ruidoso. Algo parece haber sido dicho por primera vez; las cuatro hablan casi al mismo tiempo, y la feminidad, ese punto donde cuerpo y palabra convergen, es también el espacio de una confianza única. Qué más intransferible que el pulso levemente sísmico que tan a menudo marca nuestros cuerpos. Y qué más empático que la escucha de otra mujer ante ciertas turbulencias.

Si hay algo que le agradecí a Desmadre es la falta de solemnidad. En algún momento de la película alguien dice que el vínculo entre madres e hijas es conflictivo y hermoso, tan conflictivo y hermoso como cualquier otro vínculo. Y en ese dicho risueño descansa algo así como un envión de oxígeno, de ternura, de simple aceptación de esto que somos.

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