Las mil y una noches: belleza y creatividad en una antología de cuentos

Actores y titiriteros, en un resultado grandioso
Actores y titiriteros, en un resultado grandioso
Mónica Berman
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18 de julio de 2018  

Las mil y una noches / I ntérpretes: Mónica Felippa, Julieta Rivera López, Mimí Rodríguez, Marina Svartzman, Matías Carnaghi, Juan Castillo, Diego Ferrari, Jorge Sánchez / Diseño de títeres, vestuario y escenografía: Alejandro Mateo / Coreografía: Marina Svartzman / Música original y orquestación: Daniel García / Asistente de dirección: Andrés Manzoco / Puesta en escena y texto: Luis Rivera López / Producción: Libertablas, cooperativa de trabajo / Producción ejecutiva general: Sergio Rower / Dirección general: Gustavo Manzanal, Luis Rivera López / Sala: Centro Cultural 25 de Mayo, Triunvirato 4444 / Funciones: martes a domingos, a las 15 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

¿Cuántas veces puede contarse una misma historia? ¿Cuál es la capacidad que hay que tener para pensarla con la perspectiva de los tiempos que corren? Libertablas tiene 40 años, hace 20 puso en escena una versión de Las mil y una noches. Trabajar sobre el mismo imaginario, sin duda, es el doble de difícil. Porque supone desdecir algo de lo que se dijo para poder hablar de nuevo. Asumieron el desafío y les fue magníficamente bien.

Cuentos dentro de cuentos, esa es la consigna; por lo tanto, el relato estará enmarcado. Una ciudad con su ritmo vertiginoso hace que una muchacha olvide un viejo libro que alguien recogerá y se pondrá a leer.

Hay dos rasgos que recorren toda la propuesta, la impronta de lo artesanal y el cruce entre la ficción y lo "real". Y ambas cuestiones están emparentadas. La puerta que se abre de un universo a otro/s es sencilla de cruzar: paneles que se voltean, ropa que se pone y que se quita, prendas de vestir exclusivas para la cabeza, elementos centrales para mutar de un personaje a otro, en un gesto evidente y simple de manifestación del cambio. Los espectadores son testigos de las transformaciones, perciben el armado y el desarmado. Y esto sostiene la serie de los relatos que se enmarcan. La huella de lo artesanal en los materiales convive armoniosamente con las modificaciones constantes. Esto que es del orden de los recursos escénicos se articula con una propuesta de lo que se plantea: lo existente puede modificarse. Y así como se modifican los lugares y los protagonistas, también se modifican las ideas: "La ciencia no es una cosa para mujeres", hubiera dicho aquel rey, pero las leyes antiguas pueden modificarse. No es necesario recordar lo que hace Sherezade para entretener al sultán y salvarse (y salvar a las demás mujeres) de la muerte prometida. Pero en escena esto se hace todavía más potente. En uno de los cuentos se desviste el mecanismo, la escenografía se muestra como tal, los titiriteros surgen atrás de los títeres y se protesta por la interrupción.

Es una fiesta asistir a un espectáculo para niños en que se los respeta como espectadores, se confía en ellos, se puede articular un sistema entre lo que se cuenta y cómo se lo cuenta, sin explicaciones ociosas que los trate de ingenuos. Y no es la apuesta supertecnológica que suele imaginarse que impresiona a los chicos, pero la cueva de Aladín y el elefante mecánico son dos producciones de antología, entre otros bellísimos diseños del maestro Alejandro Mateo.

Con humor, con unos títeres preciosos y bien manipulados, con mucha inteligencia en la construcción de la puesta, en todos los sentidos posibles, a cargo de Gustavo Manzanal y Luis Rivera López, Libertablas demuestra que se puede crecer siempre y junto con sus espectadores, haciendo honor a lo mejor de los tiempos que corren.

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