Cinco décadas de Intel, el creador del primer cerebro electrónico

Federico Faggin, el ingeniero detrás del desarrollo del chip Intel 4004, posa con el diseño utilizado por la calculadora de la extinta compañía japonesa Busicom
Federico Faggin, el ingeniero detrás del desarrollo del chip Intel 4004, posa con el diseño utilizado por la calculadora de la extinta compañía japonesa Busicom Crédito: Gentileza Intel
Ariel Torres
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18 de julio de 2018  • 00:39

Pocas marcas están tan asociadas a la revolución digital como la de Intel . Apple, IBM, Microsoft y no muchas más. Pero la compañía fundada por Gordon Moore y Robert Noyce hace 50 años fue la que produjo el primer cerebro electrónico disponible comercialmente, y ese chip, esa prodigiosa pieza de silicio cuyas características hoy desafían la imaginación, sería la piedra fundacional de todo lo que vino después.

Medio siglo más tarde, los microprocesadores están dentro de prácticamente cualquier cosa que use electricidad, incluidos los automóviles, los relojes, los televisores, los equipos de diagnóstico médico, los puntos de venta y los hornos a microondas (la lista podría llenar varias resmas). Esta ubicuidad dio origen también a uno de los pecados capitales que cometió la compañía en 1995, y cuyas derivaciones llegan hasta hoy y podrían ser catastróficas.

A uno de sus fundadores se le debe un principio bien conocida de la informática, la Ley de Moore, cuyo enunciado fue publicado originalmente el 19 de abril de 1965 -esto es, más de tres años antes del nacimiento de Intel- en el número 35 de la célebre revista estadounidense Electronics. Revisada más tarde para ajustarla a los hechos, esta ley, más bien una observación empírica, predecía que el número de componentes en un circuito electrónico se duplicaría cada dos años; el período que se cita con más frecuencia -18 meses- se debe en realidad a otro ejecutivo de Intel, y se relaciona con el poder de cómputo.

Hasta ahora, la ley de Moore, pese a encontrarse con el obvio límite de la realidad física, se ha mostrado como una regla fiable para predecir el comportamiento de una de las industrias más disruptivas que ha conocido la civilización. No es poco.

Raro como pueda sonar, Intel nació con el objetivo de fabricar chips de memoria. En su momento, de hecho, el microprocesador, fue un proyecto lateral al que no se le dio la importancia que habría de tener. Esto, a pesar de que Noyce había sido el coinventor de los circuitos integrados. Tanto es así que el liderazgo para crear el primer cerebro electrónico, llamado Intel 4004, se le delegó a un genial ingeniero italiano, Federico Faggin, que trabajó junto con los estadounidenses Marcian Hoff y Stanley Mazor, y con el japonés Masatoshi Shima. El 4004 fue diseñado, en rigor, para una calculadora electrónica de la marca Busicom.

Faggin fundaría luego Zilog, la primera empresa dedicada exclusivamente a fabricar cerebros electrónicos. Su partida de Intel enfureció tanto a Andy Grove - el más genial de los directores ejecutivos de la compañía, aunque no sin claroscuros- que concedió el crédito de la invención del microprocesador a Hoff. Más adelante, el nombre de Faggin volvería, con toda justicia, a los anales de esta creación histórica.

Desde su asociación con IBM, que precede a la PC, pero que desató un frenesí inesperado cuando nació esta computadora, el 12 de agosto de 1981, Intel se expandió hasta límites que difícilmente soñaron sus fundadores. Poco a poco, pero a una velocidad nunca antes vista, sus chips empezaron a aparecer en todas las industrias y actividades.

Recuerdo un almuerzo con Craig Barrett y su mujer, Barbara McConnell, en Chile, en ocasión del lanzamiento del Pentium. En algún momento, Barbara contó lo que se sentía cuando un caza de combate F-16 ponía el acelerador al máximo. Costaba creer lo que decía, porque no es para nada sencillo conseguir un paseo en un F-16, pero la explicación era simple. Aparte de ser piloto de combate (fue la primera mujer en aterrizar un F-18) y de ser parte del directorio de Aerospace Corporation, Intel, cuyo marido dirigía, ya era un proveedor fundamental de las fuerzas armadas estadounidenses.

Esta presencia unánime, sin embargo, se ha vuelto un problema desde que, a principio de este año, cuando se descubrió que desde 1995, todos los cerebros electrónicos de la compañía (y de otras, que utilizan sus técnicas) sufren de al menos dos gravísimas vulnerabilidades, llamadas Spectre y Meltdown. La explicación de estas fallas es muy técnica y excede esta breve reseña, pero sus consecuencias son de un alcance tan vasto que desafía la imaginación. En pocas palabras, gran parte de las computadoras del planeta son potencialmente vulnerables; y el planeta depende de esas computadoras. Así de distópico como suena.

Conozco bien la cultura de la compañía, a la que vengo siguiendo desde la década de 1980, y este error no es casual. La carrera por seguir a la cabeza de la siempre ascendente curva de Moore era (sigue siendo) demasiado salvaje para remilgos. Por desgracia, la irresponsabilidad de diseño que condujo al Spectre y el Meltdown hoy involucra a gran parte de las actividades humanas. Es una historia abierta y de final imprevisible.

En rigor, la compañía tuvo varios problemas, como el célebre error de división en los primeros Pentium, pero el traspié más inexplicable ocurrió en algún momento de 2006. Intel fue la primera compañía que Steve Jobs contactó para comprarle el cerebro electrónico del iPhone, pero consideraron que el proyecto de Apple no les resultaría rentable. Un error de cálculo desastroso cometido por una compañía que desde la década de 1970 se había enfocado en el cálculo.

Intel perdió así la carrera de la movilidad, que además redujo drásticamente la venta de PC, y su relevancia hoy es mucho menor que 20 años atrás (otro tanto le ocurrió a Microsoft). Con todo, nada puede cambiar un hecho irrefutable. Fue la compañía que inventó el primer cerebro electrónico comercialmente disponible. Y eso es difícil de igualar.

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