Fútbol claustrofóbico

Ezequiel Fernández Moores
Vladimir Putin y el símbolo del oso ruso
Vladimir Putin y el símbolo del oso ruso Crédito: Sebastián Domenech
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18 de julio de 2018  • 00:06

El oso como símbolo ruso, cuentan los historiadores, fue invención británica en plena rusofobia del siglo 17. Si el imperio británico era el bravo león, la expansión rusa era el oso, animal típico de las tierras ocupadas, pero vago y bárbaro. Los rusos, suele suceder, reconvirtieron a su oso y hasta lo hicieron mascota deportiva. Imposible olvidar a Misha, el osito de los Juegos Olímpicos de Moscú 80, mucho más agradable que el oso con garras amenazantes de la Guerra Fría. En rigor, las garras del oso luego comunista y que ya daba miedo, habían debutado en panfletos británicos del siglo 19. Dos siglos después, la Rusia versión Copa Mundial de la FIFA nos regaló este último mes al simpático lobito Zavibaka. Pero sigue habiendo un oso con garras que sí nos amenaza. Lo llaman el "fútbol claustrofóbico". La muerte de lo que alguna vez pudo ser el fútbol arte.

Cuando cayó el Muro, el mundo saludó a la nueva Rusia. "Vamos a hacerles el peor de los servicios: los vamos a privar del enemigo", llegó a decirle a Occidente Gueorgui Arbatov, consejero diplomático de Mijail Gorbachov, "el Gandhi ruso", el presidente de la glasnost, la era de la transparencia. Hoy, en la Rusia de Vladimir Putin, el comunismo parece pieza de museo. "¿A quién debe ir a ver una persona que quiera afiliarse al Partido Comunista?", es una de las bromas. "Al siquiatra". Otra dice que "comunista es aquel que ha leído a Marx y anticomunista es aquel que lo ha comprendido". Como sea, la Rusia de Putin, supuesta amiga de Donald Trump y del Brexit, sigue alimentando demonios en Occidente. Su selección mundialista, en cambio, no tiene afortunadamente tanta influencia. Es el equipo del gigantesco centrodelantero, imposible falso nueve, de 1,94m y 89kg, Artem Dzhuva ("Dzhuvadona", le decía un comentarista por algunas actitudes maradonianas), símbolo de una selección que emocionó por su entrega, pero que asustó por su fútbol.

Tampoco podía exigírsele más. Rusia venía de derrota tras derrota y jugó el Mundial solo gracias a su rol de anfitrión. Bastante hizo. Estuvo a un penal de eliminar a la Croacia finalista. ¿No habríamos podido, en cambio, pedirle algo más que pragmatismo a la Francia campeona de los exquisitos Kylian Mbappé, Antoine Griezmann y Paul Pogba? ¿Puede renunciar el fútbol a la felicidad de la belleza? ¿Reducirse a lo meramente utilitario? Difícil discutirle al campeón. "En el fútbol -me respondió una vez el Maestro Oscar Tabárez- tiene razón el que gana". Siempre es bueno leer a Jorge Valdano. Durante el Mundial escribió en The Guardian. En su última columna recordó primero lo que significó la eliminación de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo en un mismo día. Héroes individuales. Y luego las eliminaciones de España y Alemania, campeones de 2010 y 2014, héroes colectivos del fútbol de posesión. Fútbol en crisis.

"En Rusia -escribió Valdano- la virtud se convirtió en vicio" y el tiki-taka se convirtió "en caricatura de sí mismo". Ignoró el arco rival como un escritor que domina perfecto el lenguaje, pero olvida lo que quiere decir. Para peor, ante el primer fallo, después de la primera imprecisión, nació la desconfianza. Y el riesgo que significó siempre asumir la iniciativa, adueñarse de la pelota, terminó siendo derrotado por el miedo a la pérdida de esa pelota y a sufrir un gol de contraataque. La victoria del miedo por sobre el riesgo derivó en aburrimiento. "En tiki tiki, no tiki taka". Con el arte obligado a la pura eficacia, el espectáculo pasó a ser entonces la épica. Los islandeses vikingos, el heroísmo ruso o el nacionalismo croata. Y el aplauso a la roca francesa, que fue una especie de Argentina 1986, sin Diego Maradona, claro, pero siempre con control absoluto del juego. "La belleza del hormigón", como citó alguna vez el colega Andrés Burgo. Europa sigue contratando a nuestros cracks por la calidad de su juego. Acá les exigimos ante todo que corran, no que jueguen.

Valdano lo define como el triunfo del fútbol "claustrofóbico". Agravado porque, con las áreas ahora vigiladas por las cámaras del VAR, muchos equipos duplican el esfuerzo para frenar el juego antes, interrumpiendo con faltas "tácticas" que por supuesto deben realizarse afuera de la "zona militarizada". El fútbol, controlado por los gerentes, aún cuando la dirigencia contrata a exfutbolistas para disimular la corbata, rinde culto a la eficacia. Parecido a la política. La pelota sirvió a Putin para rearmar relatos. Allí están hoy corresponsales y medios importantes explicándose, tras el Mundial tan elogiado por los viajeros en las redes sociales, qué hicieron ellos de mal para que el mundo creyera que Rusia era el infierno. Primero el alemán Die Welt y luego The Guardian. "Me pregunto si no debería haber hecho un trabajo mejor para explicar este país", escribió Shawn Walker en el diario británico. Al día siguiente del Mundial, Putin se reunió con Trump en Helsinki. El oso y el águila. La pelota distrae, pero no detiene guerras. Ojalá fuera todo tan sencillo. Porque, según avisa un viejo dicho abjasio, "cuando hasta el agua de pronto comienza a arder, ¿cómo la apagas?"

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