Creo en un solo Dios: estremecedor relato sobre una tierra de conflicto

Pablo Gorlero
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19 de julio de 2018  

Muy buena / Autor: Stefano Massini / Traducción: Patricia Zangaro / Intérpretes: Noemí Morelli, Estela Garelli y Antonia Bengoechea / Escenografía y vestuario: Julieta Ascar / Luces: Félix "Chango" Monti y Magdalena Ripa Alsina / Producción: Rosalía Celentano y Norberto Alocén / Asistente de dirección: José Araujo / Dirección y puesta en escena: Edgardo "Negro" Millán / Funciones: jueves, a las 20.30 / Sala: Payró, San Martín 766 / Duración: 60 minutos.

Tres mujeres en distintos sectores de un espacio escénico cubierto de telas, despojadamente hermoso. Son muy distintas, en edades, pensamientos, orígenes. Shirin Akhras es una estudiante palestina; Eden Golan, una profesora de historia israelí, y Mini Wilkinson, una militar norteamericana. A través de monólogos irán contando los hechos ocurridos entre el 29 de marzo de 2002 y la noche del 8 de abril de 2003.

Pero, atención. Creo en un solo dios aborda mucho más que el conflicto palestino-israelí. Habla de la intolerancia, del odio desmedido, del distinto valor de la vida que pueden tener algunas personas de estos pueblos. Habla de causas y consecuencias a través de tres seres en extremo diferentes.

La estructura dramática de la pieza de Stefano Massini es inusual y, de algún modo, se relaciona con el arco estructural de la obra de Brian Field Ver y no ver, actualmente en cartel. Los tres personajes no interactúan nunca, pero sí plantan presencia. A través de una serie de monólogos que alternan, el espectador irá descubriendo las personalidades de estas mujeres, sus historias y también sus objetivos. Nunca se conocerán personalmente, pero habrá un hecho que les cambiará sus destinos para siempre.

La puesta en escena de Edgardo Millán es poética por donde se la mire, hay armonía, sincronía, equilibrio, emoción e intensidad. A su vez, ahondó en el trabajo interpretativo de cada una de estas tres actrices impecables. Esa labor de dirección actoral se descubre en cada decir, en la sutileza de gestos, en la intencionalidad, en monólogos donde nada sobra ni falta. Justos, sin golpes bajos, sincronizados para llegar a un final estremecedor que será algo más que un sacudón en el plexo al espectador.

Tanto Noemí Morelli como Estela Garelli y la jovencísima Antonia Bengoechea realizan magníficas composiciones donde se mezcla lo crudo con lo sensible, el ideal con el despropósito, como tres seres que, sin duda, modifican al espectador.

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