Érase alguna vez la intimidad

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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22 de julio de 2018  

Crédito: Enríquez

"Jade ha muerto a las 3,55 de la madrugada. La familia y los amigos deseamos finalmente un poco de privacidad". Este lacónico mensaje informaba, el 22 de marzo de 2009, de la muerte de Jane Goody, en Essex, Inglaterra. Goody es quizás el más patético ícono del ocaso de la intimidad en el siglo veintiuno. Había participado de Gran Hermano, de donde fue expulsada por sus permanentes inconductas (eso sí es el colmo), y cuando, a los 27 años, se le diagnosticó un cáncer de útero terminal, decidió vender su intimidad, como si Gran Hermano no fuera un mercado de intimidades, a todos los medios que se ofrecieran a pagarle. Consiguió tales sponsors, y tanto los mínimos detalles de su vida como los de su muerte fueron seguidos por millones de esas personas que, con sus propias vidas vacías, se dedican a husmear en medios y redes sociales las existencias ajenas, al tiempo que exponen las propias. El pedido de los familiares de Jade Goody no dejaba de ser contradictorio. O tardío.

La intimidad, el concepto de individuo, el valor de la privacidad, son logros de la evolución humana. No existían hasta que afloraron hacia el siglo dieciocho con la Ilustración, poderoso movimiento que abarcó la filosofía, la ciencia, la política y la cultura y privilegió a la razón en donde primaban el oscurantismo y la superstición. Nociones como libertad, derechos, república o igualdad vienen de allí. Y también el trazado de una clara línea entre lo público y lo privado.

Solo donde hay privacidad e intimidad la sociabilidad cobra valor, señala el sociólogo Richard Sennett en su enriquecedor tratado El declive del hombre público. Cuanto más protegida está la intimidad mayor riqueza tiene la sociabilidad, porque esta nace de la necesidad del encuentro. El péndulo que va del retiro al contacto marca el ritmo de la vida. Cuando al respirar aspiramos, hay retiro. Cuando exhalamos, hay contacto. La noche es retiro, el día es contacto. Las mareas se retiran y luego vuelven a contactar con la playa. Sístole y diástole representan, en el corazón, ambos momentos. Cuando solo uno de estos polos se establece, deviene la disfuncionalidad. Ni el puro aislamiento ni la pura exhibición de sí mismo son buenas para la salud espiritual, emocional y psíquica.

Sin embargo, la exposición permanente se ha convertido en una especie de adicción. Como si millones de personas no estuvieran seguras de su propia existencia a menos que la exhiban de manera impúdica y compulsiva. Todo a cambio de un "me gusta", que debe ser numeroso e inmediato para no despertar crisis de ansiedad. Las mismas impudicia y compulsión se aplican, en simultáneo, a escudriñar las vidas de otros exhibicionistas que padecen los mismos síndromes.

Como Goody, que justificaba la venta pública de su vida con el argumento de que así aseguraba el futuro de sus hijos, hoy quien lo desee puede convertirse en producto, por vía del intimicidio, en las redes sociales caso a cambio de la migaja del like. Pero, en realidad, el Gran Hermano Algoritmo lo hará objeto de intrusiva y abusiva publicidad dirigida a sus gustos y hábitos y lo manipulará silenciosamente durante los momentos de navegación que él, o ella, suponen de libre elección.

Cuando se eliminan las barreras de la intimidad, dice Sennett, es cuando las "relaciones son menos sociables, más dolorosas y más fraticidas". No es casual que la violencia verbal y la agresividad en las redes crezcan junto con el exhibicionismo y la autodestrucción de la intimidad. Preservar la intimidad es también enriquecer la identidad, porque esta se consolida en la medida en que más nos respetamos a nosotros mismos y más nos dedicamos a conocernos antes que a exhibirnos.

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